
Enrique Santos Calderón
Desde que en 1957 el pacto del Frente Nacional puso fin a la violencia bipartidista que durante décadas desangró a Colombia, nunca he pensado que el Ejército Nacional pueda ser desbordado por tantas fuerzas armadas irregulares que aquí han pululado.
Casi ocurre en los años cincuenta, cuando las guerrillas liberales de Guadalupe Salcedo y Dumar Aljure desestabilizaron al régimen del presidente conservador Laureano Gómez y las Fuerzas Armadas, que habían sufrido duros golpes, optaron por derrocar al impopular gobernante y lanzar la consigna de “paz, justicia y libertad”, que un país saturado de violencia política acogió con fervor.
Fue el golpe de Estado del 13 de junio de 1953, el único de los últimos ochenta años, que derivó en la dictadura militar del general Rojas Pinilla y, cuatro años después, en un apabullante movimiento cívico nacional que dio al traste con el régimen rojista y reconcilió a liberales y conservadores en un frente nacional, donde los militares entendieron que su misión era la defensa de las instituciones democráticas por las que el pueblo había votado. El plebiscito sin precedentes que en el 57 consagró este nuevo orden obtuvo una participación ciudadana de más del ochenta por ciento, la más alta en la historia del país.
Vino una etapa de estabilidad en la que fue decisivo el papel de las Fuerzas Armadas como guardianas de una Constitución que, sin embargo, ya tenía enemigos. Subsistían rescoldos del viejo bandolerismo, la alternación obligada en el poder entre conservadores y liberales generó movimientos rebeldes como el MRL de Alfonso López Michelsen, mientras la guerrilla marxista inspirada por la revolución cubana comenzaba a actuar. Ejército y Policía estaban en la primera línea de los acontecimientos y fueron claves las directrices del presidente Alberto Lleras para que las FF. AA. mantuvieran su disciplina y se alejaran de la política.
Este preámbulo sobre un tema que tal vez no todos recuerdan bien me lo suscita el estado actual de nuestro eterno conflicto armado. Que no resolvió del todo el histórico acuerdo de paz de 2016. “La culebra sigue viva”, como dice Álvaro Uribe, que tampoco logró descabezarla. Cabe recordar que a finales de los noventa las Farc llegaron a tomarse grandes bases militares como Miraflores y Las Delicias, capitales departamentales como Mitú y pretendieron cercar a Bogotá. Luego vino la contraofensiva del Estado, que desbarató el proyecto de la subversión y condujo a su desmovilización y desarme. Pero no al final del conflicto.
Preocupan hoy las bajas que sigue sufriendo la fuerza pública y las noticias sobre las afugias presupuestales del Ejército. Pero, en particular, el aumento de los ataques tecnificados de las bandas armadas, con su uso creciente de drones explosivos, que les sirven para contrarrestar la ventaja militar del gobierno. En el último año ha habido más de cien ataques con drones que tienen incluso cámaras térmicas que detectan el calor corporal. El último, el 20 de julio en Norte de Santander, mató a tres soldados y dejó a ocho heridos.
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El Ejército ha denunciado que estas prácticas infringen el derecho internacional humanitario porque ponen en peligro a la población civil. Pero ¿esto de qué sirve? Resulta casi ingenuo, cuando se está ante un enemigo que se sabe que utiliza cualquier método de guerra y vive del secuestro, el más cruel delito contra la dignidad humana (las disidencias secuestraron en el Cauca a siete mujeres, en otra muestra de la entereza revolucionaria del “comandante Mordisco”). Lo que se requiere son respuestas eficaces y un trabajo de inteligencia que anticipe estos ataques y neutralice el preocupante acceso de la guerrilla a nuevas tecnologías bélicas.
Estamos ante una realidad distinta. Ya no son los proyectiles y morteros hechizos que lanzaron las Farc contra el Capitolio el día de la posesión de Uribe en 2002, que cayeron sobre calles vecinas y mataron a 17 personas y dejaron a 67 gravemente heridas. Hoy el enemigo dispone de drones de gran precisión que de alguna manera nivelan el campo de batalla. La pregunta es cómo los adquiere, si los fabrica él mismo y cómo se piensa enfrentar este nuevo reto.
Lo que es claro es que la subversión armada contra el Gobierno sigue activa y el hecho de que este sea de izquierda no ha tenido ningún efecto de fondo. Por lo pronto Petro dio por terminado el proceso de paz con el ELN, que nunca demostró voluntad real de dejar la lucha armada, con lo cual la “paz total” queda aún más descuadernada. Con el sol a sus espaldas, falta ver cómo lidiará con los demás grupos armados. Situación de pronóstico reservado.
P.S.1: En su persistente crítica a los medios, Petro salió ahora con que “la prensa es constructora de violencia porque es propiedad del gran capital”. Una frase descompuesta que parece más propia de su pastorcito Saade, pero también enfatizó que radio y televisión son concesionarios del Estado y “sus contratos pueden ser liquidados si violan el derecho a la información y la verdad”. Al buen entendedor…
P.S.2: “Las personas de Gaza son cadáveres ambulantes”, dijo la ONU. Las imágenes de madres y niños famélicos quedarán grabadas en la conciencia de un mundo que no ha sido capaz de poner fin a lo que cada día se asemeja más al progresivo exterminio de un pueblo. Francia dio un paso importante al anunciar que reconocerá la legitimidad del Estado palestino. Es el primer país del G-7 que lo hace y ojalá no el único.
P.S.3: Mañana se conocerá el veredicto sobre el juicio a Álvaro Uribe. ¿Quién no está pendiente?
