Una votación en el este de Alemania da un nuevo impulso a los partidos de extrema derecha que esperan ganar elecciones en toda Europa el próximo año, según analistas.

Por Mark Landler
Reportando desde París
Cuando un partido de extrema derecha obtuvo una victoria aplastante en un pequeño estado del este de Alemania el domingo, sus repercusiones pudieron sentirse desde Downing Street en Londres hasta el Palacio del Elíseo en París. Rara vez el resultado de una elección regional se ha visto como un presagio de tal magnitud para el destino de la democracia en Europa.
Este no era cualquier país europeo; era Alemania, un país que ha aislado de manera implacable a los partidos políticos de extrema derecha desde la calamidad del nazismo. Y no fue solo un caso atípico extraño, sino más bien el paso más reciente en una marcha constante de una década que ha acercado a la extrema derecha cada vez más al centro del poder en Europa.
Con elecciones programadas en toda Europa el próximo año, el sorprendente éxito del partido, Alternativa para Alemania (AfD), podría presagiar más victorias para la extrema derecha, según analistas, así como ofrecer un modelo de cómo estas pueden orquestarse. Su mensaje populista y antiinmigrante se hace eco del de los líderes nacionalistas en el Reino Unido, Francia, Italia y España, países donde los votantes albergan muchas de las mismas quejas que los alemanes.
Los votantes franceses elegirán a un nuevo presidente la próxima primavera. Habrá elecciones en España a más tardar en agosto, y en Italia a finales del próximo año. Los candidatos de extrema derecha están en auge en todos estos países, y amenazan a los gobernantes en el cargo, a quienes se culpa de los problemas sistémicos en sus economías nacionales.
“La Europa desarrollada atraviesa por una forma de fracaso estatal sofisticado”, dijo Mujtaba Rahman, un analista especializado en Europa en Eurasia Group, una consultora de riesgo político. “Los gobiernos son incapaces de abordar las preocupaciones sobre el costo de vida. No pueden cumplirle a sus votantes”.
En Alemania, el aumento de los precios y el alto desempleo ayudaron al partido de extrema derecha, conocido por sus siglas en alemán, AfD, a obtener más del doble de los votos que recibió el partido gobernante de centroderecha del canciller Friedrich Merz.
El resultado dejó al descubierto una división entre los europeos que ven a la extrema derecha como una amenaza para la democracia, y un número creciente que la ve como la salvadora de la democracia. Los primeros advierten que la extrema derecha desmantelará los controles y equilibrios, al tiempo que tratará a las minorías como ciudadanos de segunda clase. Los segundos la ven como un baluarte contra una élite desconectada de la realidad que ha erosionado su identidad nacional y puesto en peligro sus medios de subsistencia.
Dado que el AfD pareció quedarse a un paso de la mayoría absoluta, según los resultados casi definitivos, es posible que no llegue a gobernar Sajonia-Anhalt, el estado donde se celebraron las elecciones. Los partidos rivales han prometido que no formarían un gobierno de coalición con el AfD, cuyos líderes han utilizado consignas nazis y minimizado el Holocausto. La inteligencia alemana designa a el AfD como un grupo extremista “sospechoso”, en parte porque el grupo retrata a los alemanes de origen inmigrante como ciudadanos de segunda clase.
Aun así, el resultado podría paralizar a Merz si los miembros de su partido lo culpan de la derrota, en un momento en que el liderazgo de Alemania en Europa ya flaqueaba. La posición de Merz se ha deteriorado tanto que los analistas políticos hablan abiertamente de su destitución, un escenario que alguna vez fue inverosímil en la política alemana.
“Es una gran preocupación en Europa”, dijo Rahman, quien anteriormente trabajó para el servicio civil de la Unión Europea. “Una Alemania débil, con un canciller que fracasa y que se ve obligado a lidiar con problemas internos, es malo y, en última instancia, restará a la capacidad de Europa para enfrentar sus desafíos”.
Las preocupaciones entre los centristas sobre Francia, donde el presidente Emmanuel Macron dejará el cargo la próxima primavera, no son menos agudas. Marine Le Pen, la candidata del principal partido de extrema derecha de Francia, Agrupación Nacional, tiene una ventaja imponente en las encuestas de la primera vuelta, e incluso ha terminado primera en los recientes emparejamientos de la segunda vuelta. Eso la acerca más al poder que en cualquier otro momento de los 14 años que ha pasado en busca de la presidencia.
Un gobierno de extrema derecha en París, dijo Rahman, desestabilizaría a la Unión Europea de una manera en que ninguna otra elección nacional lo ha hecho, dado el tamaño, el arsenal nuclear y el papel fundador de Francia en el proyecto europeo. También podría poner fin al llamado cordon sanitaire o cordón sanitario, bajo el cual los partidos tradicionales de Francia, al igual que en Alemania, se han negado a formar coaliciones de gobierno con la extrema derecha.
“En ambos países, el frente antifascista que había prevalecido desde el final de la Segunda Guerra Mundial parece a punto de colapsar”, dijo Philippe Marlière, profesor de política francesa y europea en el University College London.
En España, los analistas dijeron que el partido de extrema derecha Vox podría abrirse paso en el próximo gobierno de coalición, mientras el actual gobierno liderado por los socialistas está manchado por escándalos de corrupción y una crisis de inmigración. En El Reino Unido, el gobernante Partido Laborista destituyó a su impopular primer ministro, Keir Starmer, en julio para intentar recuperar impulso contra un partido de extrema derecha en rápido ascenso, Reform UK.
Aun así, el ascenso de la extrema derecha no es inexorable. El éxito de Reform ha sido bruscamente interrumpido por una serie de escándalos financieros que involucran a su agitador líder, Nigel Farage. Eso le ha dado al gobierno laborista, bajo un nuevo primer ministro, Andy Burnham, un respiro inesperado.
En abril, el líder de extrema derecha de Hungría, el primer ministro Viktor Orban, fue destituido del poder después de 16 años, víctima de la percepción generalizada de que su gobierno era corrupto, que desatendía a la economía y había librado batallas innecesarias con la Unión Europea. La derrota de su partido Fidesz dio esperanzas a los políticos tradicionales de que la extrema derecha también es vulnerable.
La medida en que esos políticos tradicionales “deban preocuparse” por el éxito del AfD, dijo Timothy Bale, profesor de política en la Universidad Queen Mary de Londres, “dependerá de si, en caso de llegar al cargo, se comporta de manera relativamente normal, y de si es capaz o no de administrar las cosas de manera competente”.
La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, cuyo partido populista tiene raíces neofascistas, ofrece un manual a otros líderes con ideas afines. Después de haber modulado su tono en temas como Ucrania y la Unión Europea, recientemente celebró que su gobierno se convirtió en el de mayor duración continua en la historia de la República Italiana.
Meloni está en una buena posición para prolongar esa racha cuando se enfrente a los votantes el próximo verano. Pero el creciente perfil de un rival aún más a su derecha, Roberto Vannacci, la ha llevado a endurecer sus posturas en temas como la inmigración. Meloni colmó de críticas al primer ministro de España, Pedro Sánchez, tras una repentina afluencia de migrantes desde Marruecos hacia un territorio español a finales de julio.
Farage corre el riesgo de ser superado de manera similar en el Reino Unido. Rupert Lowe, un miembro descontento de su partido, desertó para iniciar un grupo aún más derechista que le está restando votos a Farage. Ante esta competencia y los crecientes cuestionamientos en torno a las finanzas del Partido Reformista, Bale afirmó que era difícil imaginar cómo Farage lograría reunir los votos suficientes para formar gobierno.
En Francia, el camino de Le Pen hacia el poder es más plausible. Sus números en las encuestas son más del doble que los del principal candidato de centro, Edouard Philippe, o del principal candidato de extrema izquierda, Jean-Luc Mélenchon.
La gran pregunta en Francia es si Philippe o alguien más será capaz de reunir suficiente apoyo de la centroderecha y de la izquierda para perfilarse como el candidato tradicional de consenso. En una segunda vuelta, tal candidato tendría la oportunidad de derrotar a Le Pen, según los analistas.
Pero si el centro de Francia sigue fracturado como ahora, eso le daría a Mélenchon una oportunidad de pasar a la segunda vuelta, y probablemente enfrentarse a Le Pen. En ese escenario —uno que la clase política dirigente de Francia ve como una pesadilla— Le Pen sería la clara ganadora.
Al igual que otros líderes de extrema derecha en Europa, Le Pen ha mantenido su distancia del presidente Donald Trump. Pero ella y otros candidatos populistas podrían verse afectados por él de todos modos, según analistas. Trump aún es muy impopular en Europa y también está perdiendo popularidad rápidamente en Estados Unidos.
La lección que los asediados centristas europeos esperan que los votantes saquen de la agitación en Estados Unidos, dijo Rahman, es que “si experimentas con partidos no tradicionales, corres el riesgo de cometer errores”.
Mark Landler es el jefe de la corresponsalía en París del Times. Cubre Francia, así como la política exterior estadounidense en Europa, Asia y Medio Oriente. Es periodista desde hace más de tres décadas.

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