La tiranía de la mayoría

Abelardo De la Espriella en Narino, Colombia, el 27 de junio, CONTACTO VÍA EUROPA PRESS (CONTACTO VÍA EUROPA PRESS)

El espectáculo de irresponsabilidad comenzó con los trinos delirantes de Petro, pero rápidamente cedió el protagonismo a las palabras delirantes con que llegan los del círculo más íntimo de Abelardo De la Espriella

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

Si los últimos días son una indicación de lo que serán los próximos cuatro años –y yo creo que lo son–, los colombianos deberíamos preocuparnos seriamente: somos un país fracturado, y sería de una inocencia imperdonable creer que nuestros irresponsables de ambos lados no van a explotar aún más esa fractura. Yo creo que lo harán hasta cansarse, hasta llevar al país al borde del colapso de la convivencia. Y repito: lo harán desde ambos lados. En medio de este desorden, cometeríamos un error si dejáramos –por miedo o por hartazgo o por no ofender a alguien– de decir ciertas cosas. 

El espectáculo de irresponsabilidad comenzó con los trinos delirantes de Petro, que hacen temer por su salud mental –sus desvaríos sobre el verdadero ganador de las elecciones, la lengua inglesa, las obras de Shakespeare, la cantidad de amigos negros que tiene, Hemingway y los jaguares y los tigres– pero rápidamente cedió el protagonismo a las palabras delirantes con que llegan los del círculo más íntimo de Abelardo De la Espriella. Pues así es: la entrevista que dio Carlos Alonso Lucio a la revista Cambio es un delirio, y no sólo por el discurso de esperanza y la fe y el arca de Noé, sino porque es muy real –aunque velada– la amenaza de desmantelar un mundo de conquistas sociales que ha mejorado la vida de muchos. Todo es un delirio: es un delirio la ruptura del famoso empalme, que nos trajo un ambiente de republiqueta que no recuerdo haber visto en este país tan orgulloso de su institucionalidad; pero es otro delirio ver a Lucio tratando de disimular la guerra contra el laicismo que será el próximo gobierno, y argumentando, como han hecho todos los reaccionarios del mundo, que lo hará en nombre de lo que quieren las mayorías. 

“Yo sí creo que la sociedad colombiana tiene que recuperar el concepto de las mayorías en la democracia”, dijo. “Porque una democracia no puede ser minoritarista”.

Se refería a la adopción por parte de parejas del mismo sexo. Días antes, Viviane Morales –la próxima ministra de Educación– había lanzado al mundo su opinión al respecto: en la “patria milagro” (nunca dejaré de usar las comillas), los niños volverán a ser criados por papá y mamá. Lucio finge que no se mete en el tema, pero evidentemente acaba metiéndose, y lo hace para defender una de las equivocaciones más nefastas que se pueden dar en democracia: la idea de que todo se puede someter a referendo, y lo que opine la mayoría debe ser la ley que se les aplique a todos. De manera más puntual, lo que sostiene Lucio y lo que sostendrá Viviane Morales es esto: puesto que la mayoría de los colombianos –según ellos– no quiere que las parejas del mismo sexo puedan adoptar niños, la ley colombiana debería prohibirlo. 

El argumento es viejo como el mundo (Aristóteles hablaba de la “tiranía de la mayoría”, y eso que no conocía las redes sociales). Pero es, sobre todo, profundamente peligroso: en distintos momentos de la historia, las mayorías se han opuesto al derecho de las mujeres a votar, al derecho de los negros a votar, al derecho de los indios a votar; han apoyado la pena de muerte, la elección de Hitler, la segregación racial de los tiempos de Jim Crow en Estados Unidos; han creído que la tierra es plana, que el asbesto no hace daño y que Trump es digno de su cargo. Lucio señala en la entrevista que el 97% de Colombia es católica, y lo hace como argumento para que los “sentimientos” de los católicos se vean reflejados en la ley y en el Estado. La cifra me parece más que dudosa, pero no importa: para muchos –y esos muchos estarán en el siguiente gobierno–, los sentimientos de los católicos, como son mayoría, deben prevalecer sobre los derechos del resto. 

Y no es así. Una verdadera democracia liberal combina el derecho de las mayorías con la protección de los derechos de las minorías: de las parejas del mismo sexo a adoptar, por ejemplo, o de las mujeres a abortar en ciertos casos. Aquí la palabra clave es derechos: en cierto sentido, los derechos se inventaron para que las minorías no sean aplastadas siempre por las mayorías. A Lucio –y a todos los que llegan con él a montar una guerra hipócrita e insidiosa contra los derechos que no les gustan– le sugeriría que leyera a John Stuart Mill, que nos dejó dicho algo importante: la verdad ética no se define por votación. ¿Por qué? Porque las mayorías, sobre todo en cuestiones de valores, suelen opinar desde la emoción irracional, el prejuicio, el miedo al diferente o la obediencia ciega a los dictados de la tribu. Respaldados por la mayoría, se nos sale con frecuencia el intolerante o el matón que todos llevamos dentro; o bien: metidos en la mayoría, solemos opinar con ella, no vaya a ser que nos quedemos por fuera de la protección del grupo. Y así se cometen errores con demasiada frecuencia. 

Con Lucio en el próximo gobierno, con una ministra que pondrá su religión privada en el centro de la educación pública, con un canciller que vive en un mundo irracional y paranoico de teorías de la conspiración, yo comienzo a prever cuatro años de defender lo que ya habíamos conquistado. Pues eso haré desde este espacio, aunque tenga que repetir lo evidente: que una democracia sólo vale por la defensa de los que no tienen a las mayorías de su lado. Lo sabía Jesús, que se pasó la vida sosteniendo opiniones minoritarias. Y sabemos cómo le fue: frente a la pregunta que Poncio Pilatos le hizo a una multitud, la mayoría votó por salvar a Barrabás.

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