
Por Óscar Domínguez
Ahora resulta que voy a ser abuelo. Es la primera vez que utilizo esta palabra. O que la invento. Con Eva, mi costilla, nos ha tocado nombrarlo todo desde el episodio aquel de la manzana en que perdimos la cotidianidad. Nada que reprocharle por haber caído en la tentación.
Confieso que me habría gustado ser abuelo de los hijos de Abelito, pero el hombre propone y Dios dispone como dice el primer adagio que pusimos en marcha. Les sugerí a él y a su mujer que si es hombrecito, al primer hijo no lo pongan Adán, como yo, para no crearles el complejo de que todo comienza con uno.
No diré el nombre de la mujer de Caín para proteger su biografía. Nuera y suegros nos hemos entendido. Lo cierto es que su barriguita ha empezado a crecer como le sucedió a Eva.
Juntamos lo que ignorábamos en materia de sexo, le adicionamos ganas, y “hubimos” dos niños. No estuvo nada mal cuando descubrimos el erotismo. Entendimos que Dios aprieta pero no ahorca. Ennieteceremos. No hay ningún manual para ser abuelos. Tampoco lo había para ser padres.
Algo nos dice por dentro que la pasaremos rico cuando nazca el primer nieto. Soñé que los nietos son la verdadera reencarnación. Sobre todo desde que Abel inventó la poesía con esta madrugadora metáfora: “La mamá es la piel de uno”. ¡Estos niños de hoy en día!
No somos muchos en este acabadero de ropa llamado tierra pero nos las apañaremos. Nos volveremos niños para jugar con los nietos. Esperamos no aburrirlos con las historias que les contaremos. Nos parece bien empezarlas todas igual: Érase una vez… Nos funcionó con los hijos que en minutos dormían como angelitos.
Jugaremos a las escondidas y correremos dándole la vuelta al palo de manzanas. O a otros árboles , porque este nos devuelve hasta el primer tetero. Felizmente, hay animales. Son excelente compañía. Veo a mi primer nieto llamando al perrito “guau-guau” y al gato “miau-miau”. Con estos y otros pasatiempos mejoraremos la raza. Es la idea.
Si fallamos como padres en la educación de nuestros hijos tendremos la oportunidad de mejorar como abuelos. No recuerdo haber sido un buen taita. Eva lo hizo todo de maravilla. En mis ausencias – un viejo tic del “homo sapiens”- ella hacía las veces de mamá y papá. Los chicos salieron ganando.
Los hombres estamos en obra negra. Y el mundo está tierno como nalga de bebé. Menos mal existen las Evas… y los abuelos. Modestia, apártate.

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