La pelota queda en la cancha de Petro

Gustavo Petro, presidente de Colombia / EFE/ PRESIDENCIA DE COLOMBIA

NICHOLAS DALE LEAL

Hay quienes dicen que considerar que la política democrática es una cuestión de adaptación, es cinismo. Tal vez. Pero si bien los ideales y las convicciones de los diferentes colores políticos en teoría representan a distintos sectores de la ciudadanía, a menos de que haya una victoria apabullante de por medio, gobernar en nuestros sistemas parlamentarios implica estar dispuesto a negociar sobre esos ideales, a construir consensos y acuerdos.

Y ahora, pasados unos días de las elecciones regionales que a todas luces han supuesto un revés para el Pacto Histórico, la coalición por la que fue elegido presidente Gustavo Petro, y un empujón importante para las fuerzas políticas más tradicionales, los resultados pueden afectar los balances de poder, más allá de las lecturas que ven todo como un termómetro del apoyo del país al presidente.‌

Es innegable que desde el domingo en la noche cambió la realidad política de Colombia; la pregunta sigue siendo cuánto y cómo. Ya se han hecho muchos análisis al respecto: del voto castigo a los gobernantes, encabezados por Petro, al retorno del estatus quo; de las fluctuaciones pendulares en los poderes locales a la muerte política de algunos candidatos.

Sin embargo, por ahora, poco se ha ahondado en cómo, inevitablemente, se relacionarán los nuevos poderes regionales con el gobierno central.‌

Es una relación necesaria para ambos lados. Los nuevos gobernadores y alcaldes necesitan recursos para sus proyectos regionales o locales, desde un sistema de riego en una zona rural, una ampliación de un hospital o una escuela, un nuevo centro deportivo o una línea de metro.

Ya que la mayoría de gobiernos locales tienen pocos recursos propios, con excepciones como Bogotá, Medellín o Antioquia, para sacar adelante esas propuestas dependen en gran medida de los proyectos del Gobierno nacional.

Así que, por más de que muchos candidatos hayan ganado con un discurso explícitamente antipetrista, prácticamente todos han dejado claro que tienden la mano para buscar cómo colaborar. Cómo y cuándo está todavía por verse, especialmente en regiones en las que los electores rechazaron a los candidatos del Pacto Histórico y eligieron a políticos con claras posiciones de derecha, desde Arauca hasta el Tolima, pasando por Bucaramanga o Ibagué.‌

Del otro lado, el que está en la Casa de Nariño y en la endeble coalición de Gobierno en el Congreso, la posición es todavía menos clara, aunque también hay incentivos evidentes. Muchos congresistas tienen relaciones directas con alcaldes y gobernadores electos: algunos son jefes de los líderes regionales, o, al revés, los nuevos mandatarios tienen representantes propios en el Congreso. Por lo tanto, la manera en que se relacione el Gobierno con los ganadores del domingo repercutirá directamente en el rumbo de sus ambiciosos proyectos legislativos, desde la reforma a la salud hasta la anunciada reforma a la justicia.‌

Sobre la mesa está, de nuevo, por ejemplo, su relación con el Partido de la U, que se llevó una importantísima victoria en el Valle del Cauca, con el retorno de su líder Dilian Francisca Toro como gobernadora, y otras siete gobernaciones propias en departamentos como Putumayo, Córdoba o Meta. O con el centenario partido Conservador, que se hizo con las gobernaciones de Tolima (Adriana Matiz), Bolívar (Yamil Arana), Santander (Juvenal Díaz) y Norte de Santander (William Villamziar) con candidatos propios; e hizo lo propio con cientos de alcaldías en todo el país.‌

Petro, que empezó gobernando con una coalición amplia que incluía a esos dos partidos, los expulsó en marzo, en su primera crisis de gabinete, cuando las bancadas de esos dos partidos pusieron grandes obstáculos a la reforma a la salud.

La diferencia en su capacidad de maniobra en el Congreso ha quedado patente desde entonces: con ellos, en su primer semestre en el poder logró sacar adelante una potente reforma tributaria en tiempo récord; después, sus tres reformas al sistema de seguridad social no han hecho más que encallar, mientras él se ha enfocado en apagar incendios en otros lados o en opinar sobre asuntos internacionales.‌

Ante una nueva disyuntiva, la pelota está en la cancha del presidente. ¿Cómo se enfrentará a ella? ¿Se acercará a esos renovados liderazgos regionales para intentar construir ese esquivo acuerdo nacional del que ha hablado en los últimos meses, como un eco de la primera versión de su Gobierno? ¿O mantendrá un discurso contra de los políticos tradicionales, opuestos al cambio que propone?  
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