Estos políticos llegaron al poder montados en el rechazo al ‘establishment’ y operan desde el conflicto como modo de existencia

Una nueva camada de derechistas ha desplazado del poder en varios países de América no solo a los gobiernos de izquierda que la antecedieron, sino también a los partidos tradicionales de la derecha. Son muy diferentes entre sí, pero comparten una misma receta para alcanzar el poder y un muy parecido proyecto político.
Cualquier análisis de esta camada debe comenzar por Donald Trump, el patrón: un referente en lo ideológico y de personalidad. Opera desde el convencimiento de que llamar la atención, así sea de manera hostil, es siempre ganancia. Su genio no es intelectual sino performativo: sabe exactamente qué decir para escandalizar, dominar el ciclo de noticias y hacer que sus adversarios reaccionen en su terreno. En su primera conferencia de prensa tras asumir la presidencia, discutió durante diez minutos el tamaño de la multitud que llegó a celebrarlo, contradiciendo las fotos satelitales. Esa disposición a defender lo indefendible con aplomo total define su estilo. Su relación con la verdad es instrumental: no miente porque ignore los hechos, sino porque considera que la verdad es aquello que logra imponerse. Trump no cede, no se disculpa, no retrocede, y cuando lo hace, jamás lo reconoce. Su peor insulto es looser. Desprecia la debilidad. Le aterra la vejez. Es de gustos ostentosos y paladar sencillo: posee una torre dorada en Manhattan y come hamburguesas de McDonald’s. Es transaccional hasta en los afectos.
Jair Bolsonaro fue el primero de esta ola que llegó al poder en América Latina (2019), y en muchos sentidos es el menos sofisticado del grupo. Excapitán del ejército brasileño, lleva consigo la cultura cuartelera: la camaradería viril, la desconfianza al intelectual, el respeto a la jerarquía y las armas. Su tosquedad es auténtica, no performativa. Cuando dijo que prefería tener un hijo muerto a uno gay, o cuando le dijo a una diputada que no la violaría porque “no merecía” ser violada, no estaba calculando el escándalo: simplemente verbalizaba lo que pensaba en ese momento. Bolsonaro dispara desde el instinto. La anécdota más reveladora de su carácter quizás sea su reacción al resultado electoral de 2022: no reconoció la derrota, se encerró en el palacio por dos días, lloró ante sus seguidores militares y, finalmente, dejó el país para instalarse en Florida —yendo a vivir, literalmente, en la sombra de Trump. Tuvo el impulso del golpe, pero no llegó a consumarlo. La intentona le costó una condena que lo mantiene preso. Su hijo mayor, Flavio, también defensor de la dictadura militar brasileña –una época de “seguridad, salud y educación de calidad”, asegura- es hoy candidato a la presidencia. Su triunfo implicaría un importantísimo paso en la consolidación regional de esta órbita política.
Nayib Bukele inventó un arquetipo nuevo: el autoritario que no parece autoritario. Joven, con gorra hacia atrás, activo en redes, irónico —en su perfil de Twitter se describió durante un tiempo como el “dictador más cool del mundo”—, abandonó su militancia en el Frente Farabundo Martí para constituir una tercera fuerza arrolladora en El Salvador, donde desde hace medio siglo que Arena y el FMLN se pelean por el poder. Se define como pragmático, y sin embargo, ha concentrado más poder que cualquiera de sus contemporáneos: negoció con los jefes de las maras, destituyó a la Corte Suprema, encarceló a decenas de miles de personas en condiciones cuestionadas por organismos internacionales y logró reelegirse cambiando la Constitución que él mismo había promovido. Resolver de maneras muy cuestionables la espantosa criminalidad de las pandillas lo ha vuelto el líder del orden y la seguridad en el continente. Rey de las cárceles inclementes, es el presidente más popular de América Latina. En febrero de 2020, molesto porque el Parlamento no aprobaba un préstamo para su plan de seguridad, Bukele entró al Congreso acompañado de militares armados, se sentó en la silla del presidente de la Asamblea, miró a los legisladores presentes con una mezcla de amenaza y desdén, luego cerró los ojos y oró en silencio varios minutos. Después se levantó y se fue. Pasó de defensor de la libertad de expresión a cuestionarla y perseguirla, de estar a favor del aborto a condenarlo, de antichino a prochino, de ensalzar al Che Guevara a despotricar contra el socialismo. Bukele es el que más conscientemente ha estudiado el poder como espectáculo. Trump lo hace por instinto; Bukele lo hace por diseño. Es el más estratégico y quizás por eso el más peligroso institucionalmente: desmantela la democracia con la imagen de quien la está mejorando.
Javier Milei es intelectualmente el más ambicioso del grupo y psicológicamente el más peculiar. Economista de carrera, habla de Hayek y Mises con la pasión de un converso religioso. Cuando dice que “el Estado es una organización criminal”, no lo dice para provocar: lo cree con la intensidad de quien encontró una verdad. Detesta la justicia social y eliminaría del léxico la palabra solidaridad. Tiene cinco mastines ingleses llamados Conan, Murray, Milton, Robert y Lucas —en honor a economistas liberales— y los llama “mis hijitos de cuatro patas”. Cuando ganó las primarias en 2023, su primer agradecimiento público fue para ellos. Clona a uno de sus perros fallecidos con tecnología genética. Dice recibir mensajes del cosmos. Declara públicamente que prefiere tener relaciones sexuales con más de una mujer y que le llaman Vaca Mala porque tarda en dar leche. La motosierra de sus mítines —con heavy metal de fondo, el pelo desgreñado, los ojos desorbitados— es una expresión genuina de su temperamento delirante. Vocifera desde los escenarios poseído de una furia incontrolable. A sus contradictores les llama “zurdos de mierda”. Fue parte de una banda tributo de los Rolling Stones. Respondió a una periodista que lo contradijo: “sos una burra y hablás de cosas que no sabés”. Luego procedió a explicarte durante veinte minutos por qué tenía razón en no entender. Es el único de este grupo que podría considerarse, en algún sentido, un verdadero ideólogo.
José Antonio Kast es de otra laya. Su familia llegó a Chile desde Alemania tras la caída del III Reich, pero no tardó en hacer propia la tradición conservadora católica chilena. Schoenstattiano devoto de la virgen y pinochetista sin fisuras. Quisiera indultar a los militares presos por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura por considerarlos la carne de cañón de una gran obra, pero hasta aquí se ha contenido con pragmatismo. No viste de colores, no se despeina, hace chistes fomes, no dice garabatos. Jamás haría referencia a alguna de sus partes pudendas, como otros de esta lista. Intransigente, aunque todavía tiene un gobierno por delante para demostrar cuánto; poca facilidad de palabra y ninguna cercanía con la cultura o el arte. Despreció de mil maneras la inteligencia y capacidad del gobierno de Gabriel Boric, por lo que se esperaba que llegara con un equipo descollante, pero resultó todo lo contrario. Más que su tenacidad refundacional, ha llamado la atención el muy mediocre desempeño de su equipo. Es un murmullo que recorre su propio sector político. La promesa de seguridad que lo llevó a la presidencia demostró estar montada en una nube de humo. Su popularidad, en menos de dos meses, cayó del 58% que sacó en la segunda vuelta a cerca de un 40% de aprobación según diversas encuestas. Es auténticamente sobrio. A pesar de su intensa rubiez, no brilla.
Daniel Noboa tiene treinta y tantos años, viene de una de las familias más ricas de Ecuador y gobierna con una mezcla de pragmatismo tecnocrático y dureza que sorprendió a quienes esperaban un joven moderado. Su respuesta al crimen organizado —declarar “guerra interna” a las pandillas, transmitir operaciones militares casi en tiempo real— le ganó popularidad masiva y críticas internacionales por violaciones derechos humanos, no obstante, 2025 fue el año con más crímenes del que tenga memoria su país. Los asesinatos aumentaron en un 32% durante su primer año de gobierno. No parece disfrutar del espectáculo como los otros. Usa las redes con habilidad. Es el más gerencial del grupo, el que más se parece a un CEO y menos a un caudillo. Cuando se le pregunta por Trump o Milei, responde con cortesía pero sin entusiasmo. Ha pretendido parecer Bukele, pero sabe que no lo es. No espera ser el niño rebelde de la sala: mal que mal, gobierna un país verdaderamente en crisis.
Abelardo de la Espriella es el más nuevo y el más incierto. Abogado mediático conocido en Colombia por defender a clientes impresentables —entre ellos Alex Saab, presunto testaferro de Maduro, y el paramilitar Salvatore Mancuso, de quien dijo públicamente “es mi amigo y luchó una batalla que todos los costeños deberíamos haber dado”—, construyó durante años una marca personal basada en el provocador que dice lo que los demás callan. No viene de los partidos establecidos, fundó su propio movimiento (Defensores de la Patria) en 2024 y acaba de ganar la presidencia con menos de un punto de ventaja sobre el senador Iván Cepeda. Durante la campaña hizo gala de su “paquete”. Mostró en una entrevista digital una foto que realzaba el tamaño de su pene, lo que según él le había ayudado a conquistar “unos votos bien bacanos del electorado femenino”. Su estilo se parece a Milei en la agresividad. Habló de “destripar a la izquierda” en un país que lleva décadas matándose entre grupos. La noche del triunfo, festejó en Barranquilla arriba de un escenario para grandes espectáculos, con una pantalla gigante a sus espaldas, cascadas y geiseres de luces, e himnos de evidente inspiración futbolera. Apareció adentro de una cápsula de vidrio blindado vistiendo la remera de su selección, mientras acontecía el Mundial. Cerró cada una de sus primeras arengas con una fanfarria musical. Promete una Patria Milagro, producto de una alianza entre Dios y el pueblo. Ha demandado a periodistas, se ha peleado en televisión y parece entender por “alta cultura” algo parecido a la ostentación, lo que lo emparenta con Trump.
Todos llegaron al poder montados en el rechazo al establishment, todos operan desde el conflicto como modo de existencia, todos tienen una relación peculiar con la verdad (que usan como herramienta, no como norte) y todos entienden que en la era digital la personalidad es el mensaje. Sustituyeron a los tradicionales representantes de la derecha por considerarlos cobardes, dinosaurios, casta, los mismos de siempre o los corruptos. Hacen de la contraparte un enemigo nefasto que merece ser destruido y al que incluso deshumanizan en el lenguaje. Comunistas, narcotraficantes, estatistas, migrantes, delincuentes, mandriles, terroristas, sinvergüenzas, son todos lo mismo. Coinciden en llegar a reconstruir países que consideran en el suelo, aunque datos en varios de ellos lo vuelvan muy discutible. Han sustituido la lucha de clases por la batalla cultural. Ella no solo implica la vuelta a los valores tradicionales amenazados por el wokismo y sustituir la mentalidad socializante por la fe en el libre mercado y la desregulación, sino también un menosprecio por la reflexión compleja, la filosofía y el arte. El pueblo al que dicen darle voz no está para esas sofisticaciones. Ellos representan los impulsos menos domesticados. Como la izquierda se ha encargado demasiadas veces de desilusionar con discursos virtuosos y maximalistas mientras repiten los vicios que critican, la ola que ellos promueven convirtió cualquier idea civilizatoria en una cantinela vacía.
Sus perfiles personales, sin embargo, difieren enormemente. Kast se escandalizaría escuchando las aventuras sexuales y los sueños extravagantes de varios de sus compañeros de pandilla, y a ellos él debe resultarles pesadillezcamente aburrido. Trump es un narciso de caricatura, Milei ni intenta ocultar sus desequilibrios, Bukele se viste como un sátrapa persa, De la Espriella exuda arribismo y espectacularidad. Son todos, sin embargo, enfáticos y reconocen el liderazgo de Estados Unidos. Combaten la amenaza socialista. Defienden la causa sionista. Promueven el orden y se consideran el sostén de militares y policías ninguneados por sus antecesores. Quisieran encarnar un giro político profundo, un cambio de mentalidad, algo que se acerca a la fundación de un nuevo régimen. No son admiradores de la democracia, intentan corroerla por dentro, pero, salvo Bukele, ninguno ha llegado todavía a ponerla en jaque. Bolsonaro intentó un golpe, pero no llegó a realizarse. Está por verse si en la siguiente vuelta son reelectos y se proyectan, o constituyen una fase más en este juego de reemplazos en que se ha convertido la política americana. De ser así, cabe preguntarse a quiénes le corresponde tomar la posta en la próxima vuelta. Nada indica que el péndulo volverá a donde mismo.

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