Por Óscar Domínguez Giraldo
Unos van a la ceca. Los musulmanes prefieren La Meca. Un cristiano es capaz de hipotecar su alma con tal de visitar Tierra Santa. Los hindúes añoran un duchazo en el Ganges. De paso por Londres, quise conocer la casa donde nació Charles Chaplin el 16 de abril de 1889, hace 137 años y millones y millones de sonrisas.
En Londres no me preocupé por conocer a ninguno de los ociosos herederos a la corona británica; tampoco me desveló poner mi reloj con el Big Ben que está con el reloj de pared de la eternidad.
Decliné un té a las cinco en punto de la tarde con la Reina Isabel. Me abstuve de montarles la perseguidora a los Rolling Stones en el bohemio barrio de Soho. Nada de fotos en el 10 de Down Street, residencia del primer ministro.
Mi ilusión era conocer la buhardilla del 3 Pownall Terrace, o el primer piso del 287 de Kennington Road, donde transcurrió la infancia de Chaplin. Ian, el rollizo y rosado taxista irlandés nos bajó de la nube: Kennington era olvido puro.
Pero del ahogado el sombrero Derby que formó parte de la indumentaria de Charlie. No conocí la casa donde ejerció con niño pero tuve la ocasión de saludar a esa leyenda apellidada Chaplin en su sancta sanctorum del humor en el MOMI, el museo de la imagen que tantas localidades ha agotado en Londres, la ciudad diez como una mujer perfecta. (“Quien se aburre de Londres se aburre de la vida”, dijo el divertido doctor Johnson).
En el MOMI está el abecedario de la imagen desde cuando la mujer inventó accidentalmente el espejo mirándose a un lago donde buscaba lo que no se le había perdido: su eterno femenino. Mujer, coquetería te llamaría, digamos casi copiándonos de Shakespeare.
En el MOMI está Chaplin demostrando la existencia de la alegría a través de su humor en blanco y negro. Chaplin nos enseñó que entre la tristeza y la alegría no hay más distancia que una lágrima.
«Mis primeros años», su autobiografía, no arranca sonrisas. Tal vez porque creció en condición de pobreza absoluta. El humor lo dejó para sus películas. Él y a su hermano Sidney sobrevivieron gracias a la ternura de Hannah, su madre de «expresión suave y ojos azul violeta». Ella lo encaminó por el mundo de las tablas llevándolo a sus representaciones como actriz.

Escultura de Chaplin en el remodelado Procinal-cine arte de Las Américas. (odg)
Quizá en esa temprana vida de privaciones está la explicación de la universalidad de su genio. Esta dualidad la reflejó certeramente Chaplin en cintas como «Luces de la ciudad». Cuando vi en el MOMI sus pantalones baggy, sus zapatos grandes de vagabundo, el bastón de caña y «el bigote que no me ocultaba la expresión», y que luego copiarían en todo el mundo, -incluido Carlitos, mi festivo abuelo paterno – concluí que si el hábito no hace al monje, el traje hizo a Carlino, para los italianos. En su personaje expresó su concepto del «hombre corriente, de cualquier hombre, de mí mismo».
Sicólogo del mundo, en su obra autobiográfica revela la receta de su oficio: «Haber tenido los ojos abiertos y la mente dispuesta para captar todos los hechos y sucesos utilizados en mi labor, y al mismo tiempo haber estudiado la naturaleza humana, pues sin su conocimiento habría sido imposible mi trabajo».
Carlitos nace en toda sonrisa. Vive en cada lágrima. En su día de cumpleaños no sobra repetir lo que dijo alguien: Chaplin era todos los domingos del año. Feliz eternidad, señor Chaplin. Usted desplazó al Corazón de Jesús de la sala de mi casa. (Líneas pasadas por latonería y pintura).

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