Hoja debida: Mis oficios

Óscar Domínguez Giraldo Premio CPB Guillermo Cano "Al mérito periodístico"

Por Óscar Domínguez G.

Mi primer oficio, el de niño, lo ejercí a fondo. Hice méritos para ganarme el apodo de “anticristo de la calle” remoquete que les dan en Brasil a los chinches. No tengo quejas de las demás etapas vividas, incluida la actual de mueble viejo o “viejenial”.

Con ocasión del día del trabajo, recordé otros destinos ejercidos para buscarle la caída al billete. El segundo oficio fue el de mensajero para financiarme el matinal del domingo y el alquiler de revistas de tiras cómicas. Les compraba el pan y las arepas a las señoras de la cuadra (Carrera 50A x 92) de Aranjuez, en Medellín.

Cuando hice primero elemental en La Estrella vendía El Colombiano y El Correo. Mi condición de voceador de prensa me convirtió en periodista por ósmosis. El oficio me entró por el sobaco.

En la escuela vendía delicias gastronómicas caseras llamadas cofio y minisicuí.

A finales de los sesenta me fajé como patinador o mensajero de redacción en Todelar-Bogotá donde me gradué como lector y cortador de cables de las agencias Upi, Ap, France Press. 

El feo durmiente y sus chihuahuas (Foto Andrea Domínguez Duque).

Mi prontuario incluye destinos como los de tendero, pinche de cocina, proxeneta de novios fugados, paseador de perros (hoy, en pleno ocaso,  lo soy de Nacho, nuestro chihuahua).

Fui tahúr sin mucho pedigrí, me desempeñé como barman m menos diestro como el de la película Casablanca; fracasé como vendedor de camisas de segunda en Fredonia. 

Desplumé marranos como jugador de ajedrez en el Club Maracaibo, de Medellín. No hice quedar mal el puesto de interior derecho – el diez actual- en  mi período de futbolista. (Le llevo dos años al Atlético Nacional, del que ahora soy hincha tibio).

Nunca fui maestro de nada; he sido aprendiz de todo. Tampoco me he desempeñado como coach ontológico transaccional (¿¡), youtuber o influenciador.

Fui portero alternos en teatros de barrio, acólito en la Iglesia de El Poblado,  no lo he hecho nada mal como peatón, contribuyente, constituyente, celador.

Me lucí como barrendero en la biblioteca del seminario La Linda, cerca de Manizales, donde descubrí el Índice de libros prohibidos.

Vendí mecato en el Parque de Berrío cuando el dueño se iba a aligerar el riñón. He sido viajero; que no falte en mi prontuario laboral el destino de vendedor de  tiquetes para bus y autoferro a La Pintada. Mi padre era el dueño y  jefe. 

Además de iluso, romántico e ingenuo de profesión, he sido acreedor, deudor y fiador de amigos que olvidaron pagar el arriendo.

En algún periódico vespertino redactaba el horóscopo en las incapacidades del titular. El zodíaco nunca me rectificó.

Estoy muy bien casado. No podría decir lo mismo de mi mujer, Glorialuz, hija de Fabiola Ochoa, de Aguadas, Caldas, y de José de la Cruz Eleázar Duque, de Marinilla.

Me he ganado denarios como corrector de textos; un mal prólogo mío desprestigia algún buen libro;  el  mundo me ignora como poetastro de versos precarios que de pronto cometo. Mercenario sin escrúpulos  redacté textos políticos para electores que le dijeron no a “mi” candidata.

He escrito cartas de amor para novias ajenas. Y para las propias, porque la caridad empieza por casa. Durante veinte minutos trabajé en una librería agáchese del centro de Bogotá, Parque Santander.

Fui destituido como lector de cuentos de mis nietas. Era el primero en dormirme.  Nunca les leí a mis nietos australianos porque mi inglés es miserable.  Ennietezco a paso de tortuga.

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