
Por Óscar Domínguez Giraldo
Creo que nací dos veces: la primera, cuando puse mi primer conejo y me volé sin pagar la cuenta por los nueve meses que viví en el hotel mamá Genoveva; nací por segunda vez cuando descubrí a los dos o tres años que formaba parte de este mundo. Despierto en la huerta de mi casa y lo primero que veo es un espantapájaros.
Lo primero ocurrió en Montebello; lo segundo en Versalles, corregimiento de Santa Bárbara. A pesar de que nací a “temprana edad” me la he llevado bien con la niñez y con la vejez de la que un adagio polaco dice que no le salió bien a Dios.
Pongo a funcionar mi espejo retrovisor a ver si puedo aportarle algo a estas historias de niños. Recuerdo que quería saber por dónde se metía la gente que hablaba por la radio; también me extrañaba que pistoleros que morían en una película aparecieran vivos en otra. Ah: quería crecer rápido para parecerme a Tony Curtis. Dios me parecía un señor más bien raro. Pero no nos metamos en honduras ni en tegucigalpas teológicas. Mejor cedo los trastos a niños recientes antes de que me caiga una excomunión reservada a 20 papas:
Un día, al salir del preescolar, Guadalupe, de 3 años, dijo: «Mamá, imagínate que en mi salón había una lagartija muerta y luego se desmurió y caminó».
Abrí una botella de lejía delante de mi sobrino. Me preguntó cómo lo había hecho porque él no pudo: “Es porque tiene un sello de seguridad para niños”, le expliqué. Mi sobrino miró la botella asombrado y me dijo: “¿Cómo sabía que yo era un niño?”. (Revista Selecciones).
“Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera grande. Escribí que feliz. Me dijeron que yo no entendía la pregunta. Les dije que no entendían la vida”. (John Lennon).
Mi hijo se pasaba la semana preguntándome si era domingo. Y es que cada domingo yo llevaba a mi hijo a un concierto gratuito de música clásica… (Eduardo Halfon, escritor guatemalteco).
Martina, de 8 años, al ver desolados a sus padres y a su hermanito cuando Francia perdió en el campeonato mundial de fútbol les dijo: “Cálmense, sólo es un juego”.
Amelia, mi nieta de 6 años, le dice a su mamá: Mami, me quiero cortar el pelo pero que no quede como tú.
En una ocasión, llevé a mi hijo de 8 años a ver unos talentos locales interpretar papeles memorables de las diversas obras de Shakespeare. Tras observar atentamente a los actores durante una hora, mi hijo me dio un codazo y preguntó: “¿Cuál de ellos es Shakespeare?”. (Revista Selecciones).
La misma Guadalupe de la primera historia recibió un pequeño castigo de sus padres que le explicaron que cada acto tiene consecuencias. Pero ella lloraba a moco tendido mientras gritaba: «Papá, por favor, quítame las consecuencias, quítame las consecuencias».
A las anteriores historias le agrego el sueño que tuvo mi nieta Ilona con sus abuelos:
Fui al parque y mis abuelos no estaban ahí. Luego vi dos pájaros que se veían como ellos. Después les dije ¿ustedes se comieron a mis abuelos? Ellos dijeron que no, que ellos eran mis abuelos y que un pájaro malo los había convertido en pájaros. Yo me fui a buscar al pájaro para que los convirtiera en humanos. Lo encontré y dijo que no y me convirtió en un pájaro también.

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