El aviso de los acampados en Sol en la madrugada: “No habrá más Maricármenes”

Velada en nombre de Maricarmen Abascal, en Madrid, este jueves. Foto: BERNAT ARMANGUE (AP)

El traumático desahucio de la mujer de 87 años que falleció ayer fue el último que la sociedad española toleró antes de proyectar una revuelta. “Gracias por cambiar España”, escribe una mujer frente a la que fue su casa durante 70 años

MANUEL JABOIS

Madrid –

La fulminante noticia de la muerte de Maricarmen Abascal se acogió primero como broma de mal gusto por parte de muchos en Sol, y cuando empezó a coger vuelo y se iluminaron los móviles dentro y fuera de las tiendas de campaña, llegó la consternación seguida de la furia. Mientras tanto, tal y como los pájaros anticipan las catástrofes climáticas, ya estaba la policía tomando posiciones alertada de lo que podía significar esta muerte. Las sirenas nunca traen buenas noticias.

“¡La han asesinado!” fue la rápida conclusión principal. “Me dijeron ‘ha muerto Maricarmen’ y respondí sin pensar: déjate de hostias. No te lo crees hasta que piensas que por qué no te lo vas a creer, si era una mujer mayor, hospitalizada, desahuciada de su casa. No ha podido ni volver a ella”, dice Rober, un chico que está encendiendo una vela mínima en la acampada de Sol. “Tened cuidado, joder”, se queja un compañero suyo: la gente se amontona tanto en algunas zonas que alguno termina pisando velas. 

La noticia cayó a plomo mientras muchos activistas trabajaban dentro del campamento en el mantenimiento de esta comunidad improvisada. Y cayó de tal forma que durante unos segundos se produjo un silencio extraño. Ese silencio se rompió con gritos y organización de marchas y vigilias; a las 22.30, volvió de nuevo la calma y la resistencia pacífica pero obstinada contra el folclore turístico. “Estoy seguro de que estos ―por los curiosos― se enteraron de la muerte de Maricarmen y se vinieron por aquí a echar fotos como en el zoo”, se queja Xabi, de Santiago.

Homenaje a Maricarmen en los alrededores de la Puerta del Sol de Madrid, este miércoles. CLAUDIO ÁLVAREZ

Pasadas las diez había gente sentada en el suelo o sobre cajas, corros de chavales dentro iluminados por velas, muchachos que seguían trabajando en la supervivencia de la acampada asegurando lonas que los protejan del frío y la lluvia. Se hacen nuevos carteles de protesta actualizados con la muerte de Maricarmen. Y alrededor de esta gigantesca acampada en el centro de Madrid, decenas de personas se sientan delante de velas que rodean casi toda la Puerta de Sol. 

La imagen impresiona por su parálisis: es como si el tiempo se hubiese detenido en torno a esas pequeñas llamas: ni gritos, ni coros, sólo una profunda y casi palpable conmoción. Pocos metros arriba de la Carrera de San Jerónimo, una manifestación se planta delante del Congreso justo hasta donde les deja avanzar la policía, agitando banderas rojas y coreando lemas: “Que no, que no, que no hay otra manera”, “vergüenza me daría, desalojar a una familia” o “vergüenza me daría, ser un policía”. Los agentes hacen guardia frente a los furgones mientras a su alrededor revolotean cámaras y reporteros. 

El abanico de edad de la concentración es amplio: no sólo hay veinteañeros. Muchos mayores, gente removida por dentro, impactada. César, de Pontevedra, comenta que su madre está preocupada: no hay una Maricarmen, pueden ser muchas. El hijo la tranquiliza al teléfono. “Desalojan a otra mujer mayor después de esto y arde España, algo avanzamos”. Un hombre mayor, de más de 60 años y con polo gris, mira la muchedumbre con los ojos brillantes. “Hay que estar vivos”, dice, aunque él no grita. Muchas luces azules intermitentes y sirenas rompen la noche y el tráfico a estas horas. Un taxista se quejará sobre la medianoche: “Cuando no es una cosa es otra”.

Marcha en homenaje a Maricarmen tras su fallecimiento, este jueves.CLAUDIO ÁLVAREZ

Poco después de que se conociese la noticia, en la calle Sainz de Baranda de Madrid, a la altura del portal del edificio del que fue desahuciada Maricarmen en camilla, varias personas encienden velas alrededor de un árbol y dejan mensajes y carteles escritos a mano. “Gracias por cambiar España”, dice una. Mucha gente quiso acercarse a dejar testimonio de lo que ha pasado en estos vertiginosos quince días en los que una mujer de 87 años ha reventado el mapa social y político de España. Sin hacer nada, sin levantar banderas ni discursos, sin proponerse ser imagen o símbolo de nada. Víctima de un desahucio en teoría como tantos. Pero no. Es curioso tratar de averiguar, más allá de las vergonzosas, casi inhumanas circunstancias (edad, salud), por qué Maricarmen fue la última mujer de la que la sociedad española toleró, resistiéndose, su desahucio antes de proyectar una revuelta. 

No parece que tuviese tanto que ver con ella como con una gente al límite, harta de un mercado inmobiliario que atenta contra el futuro de millones de jóvenes y pone entre la espada y la pared a familias con ingresos absorbidos por el hogar. Gustavo, 37 años, vecino de Madrid, cree que a Maricarmen le tocó ser la gota que colmó el vaso de la paciencia de mucha gente. La imagen de una anciana de 87 años de salud precaria sacada por la fuerza de la casa en la que vivió desde los 17 años era lo que a mucha gente le faltaba por ver. Se desdibujaron límites impenetrables. Eran los jóvenes los que protestaban por el imposible acceso a la vivienda, pero fue una anciana la que reventó las calles.

Se ha hecho un pequeño altar en Sol, frente a la Comunidad, en el que echar flores y encender velas junto al rostro de Maricarmen. Lloran algunos jóvenes. “Prefiero no decirte mi nombre”, dice un chico con la cara llena de piercings. “Pero di en tu periódico que no habrá más Maricármenes”. Pasa ya la medianoche y el centro de la ciudad sigue en estado de agitación. Hay pocas pruebas mejores, y ninguna más desoladora, del precario equilibrio social que preguntarle a alguien hace dos semanas por una vecina de vida tranquila de la calle Sainz de Baranda de Madrid. “¿Quién?”, contestaría. Por eso esto no es una cosa de hace quince días, sino de mucho más de quince años.

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