Gabo, gracias por el último guiño ajedrecístico.

El ajedrez en la obra postuma de Gabriel García Marquez "En agosto nos vemos".

Por Oscar Dominguez Giraldo

Como los borrachitos que niegan la cuenta, los aficionados al ajedrez no tenemos con qué pagarle a García Márquez el guiño que le hizo al jurásico juego en su novela póstuma. Lo de jurásico juego no es paja. El poeta latino Ovidio  ( 43 a.C – 17 d.C) les recomienda a las mujeres utilizar el ajedrez como arma para engatusar al “bobo sapiens”.

Le pongo tarea a Inteligencia Artificial: inventar otro juego que dure dos mil años. Le hago esta rebajona: que sean 300 años no más…

También don Gabo vivía agradecido con esa ciencia que parece un juego, según Capablanca. Al fin y al cabo el camino hacia el Nobel empezó con la frase: “El Belga ya no volverá a jugar ajedrez”.

La pronunció un domingo al abandonar con su alcahueta abuelo la casa donde habían visto el cadáver del suicida europeo que había pasado a peor vida gracias a una sobredosis de cianuro después de ver la película Sin novedad en el frente.

El Belga y el coronel disputaban partidas de ajedrez “mudas e interminables”  en presencia del niño que en el fondo debió celebrar el suicidio del rival de su alcahuete pariente. De  regreso a casa, el coronel contó el comentario de su nieto como una genialidad.

Hoy me doy cuenta, sin embargo,  de que aquella frase tan simple fue mi primer éxito literario”, escribió Gabo en su autobiografía.

La familia del coronel no sólo aplaudió la metáfora, sino que a medida que la repetía ante familiares  y visitantes, le iba sumando arandelas. Las versiones fueron tantas y tan disímiles que “terminaban por ser distintas de la original”, cuenta el fabulista.  Esa capacidad de distorsionar la realidad, sería básica en su formación de narrador.

“En agosto nos vemos” García Márquez le hace este guiño alajedrez: “No se sabía que jugara ajedrez hasta la noche en que lo desafió Paul Badura Skoda después de un concierto glorioso y empataron once partidas hasta las nueve de la mañana siguiente”. Si el Nobel me hubiera consultado le habría sugerido que repartiera triunfos y derrotas. Las tablas son la muerte del ajedrez.

Puede que Doménico Amaris, el esposo de la protagonista Ana Magdalena Bach, no supiera que su mujer iba en agosto, un mes con piel de viento, a llevarle flores a su madre al cementerio, y  a desastrarse de canitas al aire. La  Bach sabía con García Márquez que uno nace con los polvos contados y decidió ponerse al día.

Pero si el cornudo  Doménico jugó contra Badura no era ningún pintado en la pared.  Como cuenta Gabo en una crónica que escribió para El Espectador (“La larga noche de ajedrez de Paul Badura Skoda”), el pianista perdió con Boris de Greiff, trebejista de élite, hijo de León, quien le enseño a Gabo el abc del juego en el Café el Automático de Bogotá, subiendo a Monserrate por el lado izquierdo. Jugaron en casa de Fernando Gómez Agudelo, el hombre que trajo la televisión al país por encargo de Rojas Pinilla. El maestro Otto, tío de Boris, era el “alcaponía” la música. En la revancha que jugaron años después Badura Skoda ganó una.

En reciprocidad, “Manos brujas” Badura Skoda le regaló a García Márquez la sonata Hammerklavier, de Beethoven, con esta dedicatoria: “En recuerdo de la noche más larga, le envío la sonata más larga”.

En sí, la novela póstuma del mentiroso de Aracataca da la sensación de lo ya leído, no es caviar. Dejémoslo en pargo rojo, también rico. Pero este novel aplastateclas  solo quería darle gracias al Nobel por el guiño.

Parodiando mínimamente el titulo de un cuento de Gabo “yo solo vine” a darle las gracias al Nobel por el guiño el día mundial del juego que nos nivela por lo alto a los que lo practicamos.

Foto

lona, mi nieta, jugando a las muñecas con el ajedrez del Abu (odg)

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