Por Elizabeth Mora-Mass
Cuando a mi esposo le diagnosticaron cáncer, lo primero que la consejera le recomendó fue “seguir junto con la dieta alimenticia, la dieta del perdón”.
La consejera no era ninguna monja, ni era miembro de ninguna iglesia, sino que era miembro de un equipo médico del entonces North Shore Jewish Hospital, una de las instituciones más reputadas de Estados Unidos en cuestiones de salud.
Con toda paciencia explicó que, “cuando guardamos rencor, no solo se aumenta la presión sanguínea, lo cual incrementa la posibilidad de desarrollar enfermedades coronarias, sino que también el hígado y otras partes del cuerpo generan químicos que dañan el organismo y que aumentan el crecimiento de las células cancerígenas y aceleran su partida de este mundo”.
A regañadientes mi esposo aceptó perdonar a varias personas y reconciliarse con ellas, entre las cuales se contaban algunos familiares cercanos. Desde aquel fatídico diagnóstico, mi esposo vivió 26 años y, si bien, la enfermedad iba y venía un par de veces, él se sentía en paz consigo mismo y con todas las demás personas.
La ansiedad, el desasosiego, las ganas de venganza y la presión sanguínea se normalizaron y el cáncer estuvo en remisión, por mucho tiempo.
A voz en coro los expertos afirman que el perdón no es una simple manera para liberar de culpa a quien lo ofendió a usted, sino que el perdón es un mecanismo que lo libera de la amargura que le dejó determinada acción de una persona en su corazón y que lo ha llenado de rencor, causándole una gran desazón, ira contenida y rencor.
Esos sentimientos negativos son demasiado fuertes en su esencia y le causan un gran daño a quien los siente.

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En este momento, el perdón es un tema de investigaciones científicas en todas las instituciones que investigan enfermedades mortales como el cáncer.
Los científicos han comprobado que el no perdonar tiene efectos devastadores sobre nuestra salud física, emocional y espiritual.
En este momento vivo una de las etapas más duras de mi vida, pero decidí por mi cuenta hacer la Dieta del Perdón.
Por tal motivo, solo estoy escribiendo hechos positivos. Estoy regresando al amor de aquellos que siempre han estado conmigo y recuerdo con gratitud y cariño a quienes ya no están pero que en su momento me mostraron su amor y su entrega.
Aunque soy una mujer madura, mis compañeros de clase de computación–la inmensa mayoría de ellos jóvenes, menores de 30 años, se ríen a carcajadas cuando yo digo que “soy una anciana”.

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Yo misma estoy viendo como mi Ser Superior, ese que me sacó de líos con Pablo Escobar, Henry Pérez, el Mono Jojoy, el Chepe Santacruz Londoño, el general Rito Alejo del Río, los Padrotes de Tenancingo, los Latin Kings y demás caracteres con quienes mi profesión de periodista me obligó a enfrentar, a veces sin imaginar que alguna de mis notas les pisara los callos, de tal manera que aullaron contra mí.
A pesar de la pesadilla que vivo, volví a sentir esa experiencia maravillosa que ha sido mi vida. Me vuelvo sentir “completa”, como cuando conquisté Manhattan.
Volví a dormir como un lirón y la artritis ya no me duele tanto.
!Vivan el perdón!
