En el mes del amor y la amistad: Recordando a mi mascota

Yiya en familia. Foto ODG

Por Óscar Domínguez Giraldo

Siempre la recordamos en septiembre.  Fue un  “ser humano” excepcional que durante 15 años se desplazó a nuestro lado en cuatro patas dando cátedra  de lealtad, alegría,  nobleza y fidelidad sin arrugas. Un buen día abrió el paraguas y viajó a la eternidad por la vía rápida de la eutanasia. (Después llegó Nacho, nuestro chihuahua, que también llenó de alegría nuestras cuatro paredes. Lo que escribo sobre Yiya, de feliz memoria, como se dice de los papas, es válido para Nachito)

Como las metáforas no son del dueño sino del que las necesita, digamos que valió la pena vivir solo por compartir con Yiya su calidad y calidez caninas. Paz sobre la tumba de nuestra  French Poodle. Gracias a quienes nos envían flores virtuales en su memoria. Las penas con flores son menos.

Pirateando al poeta, digamos que cuando estábamos con ella, estábamos todos. Viéndola vivir,  llegamos a la conclusión de que Diógenes había anticipando su biografía cuando acuñó su famosa frase: “Mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”.

Conociéndola,  entendimos el porqué Sócrates juraba sobre su perro. Razón tenía Schopenhauer y le sobraba para afilar su esceptisimo cuando afirmó: “No querría vivir si no hubiera perros”.

Yiya, alegría y orgullo de la familia Domínguez Duque

Siempre estaba  presentándonos respetuosos y alegres pliegos de peticiones agitando su cola, tempranamente “decapitada” por razones de sospechosa coquetería.

Por el mismo monótono e insulso alimento concentrado de siempre fue acompañante, nodriza, politóloga, gerontóloga, siquiatra, asesora de imagen, celador que nunca dormía. En la amistad fue un Renault 4 amigo fiel.  Nos miraba con la ternura eterna del centenario perro de la Víctor.

Nos hizo pasar muchas vergüenzas delante de las visitas porque saludaba oliendo al forastero en  partes pudendas. La mitad de la visita se nos iba en explicar que en ninguna universidad, menos en casa, Yiya había aprendido semejantes mañas.

Nos tenía como sus domadas mascotas, no al revés. Al otro lado de la cadena estábamos nosotros, no ella. En casa se hacía lo que nosotros le obedecíamos. Tenía una debilidad especial por los árboles porque en el Chanel depositado en ellos  podía descifrar  el mensaje que le dejaban sus fugaces conquistas.

La perturbadora vecina del 417 solo me saludaba cuando me veía en compañía de Yiya. Cuando me veía solo me castigaba con el látigo del desdén

Cuando le llegaban los hervores sexuales practicaba una democracia sexual sin restricciones. No le interesaba el quién y el dónde, sino el qué y el cómo. A la hora de hacer el amor, le arrancaba al primer chandoso que le ladrara en la nuca. Por eso tenía la edad de los perros del barrio que suspiraban por ella.

Para defender su territorio le ladraba lo mismo a la luna, como los perros del poeta Silva, que a un carro, ojalá último  modelo para estar a tono con su aristocracia. Si bien los antiguos  recomendaban hablar solo lo bueno de los muertos, hay que decir que no podía ver a ningún transeúnte de salario mínimo porque le ladraba furiosa. En arribismo se le fue la mano.

A diferencia de los gatos que viven en permanente martes 13, Yiya vivió siempre en domingo. O sea, todos los días lucía radiante. Nos contagiaba de su desbordado optimismo y de paso nos ahorraba visitas al siquiatra. Era su forma de aportar a la economía doméstica.

Tenía la alegría por cárcel salvo cuando le latía  que el paseo del día la excluía a ella. Entonces ponía cara de ternero degollado. Con ese truco nos obligó a reversar muchas decisiones.

Empezó a morir cuando renunció a la curiosidad y a evadir el asedio canino. Se volvió retrechera con la calle que siempre  fue su norte, sur, oriente y occidente. Le llovieron achaques sin cuento. Una junta de veterinarios orientada por Angee, su amorosa Freud de siempre, concluyó que el mejor regalo que le podíamos hacer era una muerte juguetona. Solo Gloria la acompañó cuando le aplicaron la vacuna. Lloramos lágrimas de carne y alma cuando nos dijo adiós con su mirada. No acepto ninguna reencarnación que no incluya a Yiya. (Líneas sometidas a latonería y pintura) 

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