En el aniversario del asesinato de Andrés Escobar

Andrés Escobar, derecha, en compañía de colegas suyos del Atlético Nacional. A partir de la izquierda, el Bendito Fajardo, Barrabás Gómez, Alexis García, Luis Fernando Suárez y un directivo del equipo, creo.

Hoy hace 29 años fue asesinado el futbolista Andrés Escobar. Les comparto las líneas que escribí en su memoria
El gol a media asta

Por Óscar Domínguez G.

Hola, soy el gol y como tal, sigo achilado, vale decir, achicopalado, derrumbado. Vuelto hilachas. Desde julio 2 de 1994 cuando un eficiente pistolero mató “una flor (Andrés Escobar) pero no la primavera”, ni siquiera me provoca salir al sol ni al aire que son mi ámbito.

Soy el gol y estoy de luto, a media asta, a partir de aquel día.

Desde hace tiempos nos estamos acostumbrando en Locombia a que un luto mata al anterior. Y así, de luto en luto, vamos caminando hacia la amnesia final.

Los que asesinaron a Andrés no hicieron sino corroborar que el hombre mata lo que más ama.

Había consenso alrededor de Andrés como jugador y como caballero. Esas dos condiciones iban de la mano. Juntas pero sí revueltas. Algo que no se da silvestre aquí.

Era un gentleman, y no sólo desde cuando se graduó de Sir Andrés al hacerles un gol a los inventores del fútbol, los ingleses, en su manga sagrada de Wimbledon.

Matar a un futbolista como Andrés es como matar una paloma. Es hacerle un autogol a la vida. Algo murió con el fútbol a partir de la muerte del zaguero zurdo del Nacional y de la Selección.

Minúsculo consuelo el de las autoridades que se alegran al “comprobar” que no lo mató ninguna mafia. Como si el daño ocasionado no hubiera sido desmesurado.

Siempre era domingo cuando el balón llegaba a la siniestra pierna de “Calidad” Escobar. A esa izquierda le tocaba hacer el trabajo de los dos pies, porque la derecha sólo le servía para bajarse del bus.

Era de la cofradía de otros zurdos iluminados como Hristo (Cristo) Stoichkov, el búlgaro, o del rumano Haghi, el Drácula de 1994 que condujo el demoledor ataque cárpato contra los nuestros en el primer partido que perdimos en Usa.

Con la muerte de Andrés casi provoca blasfemar con el gaucho Atahualpa Yupanki: “Dios por aquí no pasó”.

Claro que nos alegra saber que en el cielo, Dios lo tiene a su izquierda, para que haga juego con su pierna útil. O la derecha: se supone que Dios no tiene presa mala.

En los estadios le gastaron a Andrés dos minutos de silencio. Lástima que la experiencia nos enseñe que en Colombia “la solidaridad dura lo que dura un minuto de silencio” (lo dijo Carlos Mauro Hoyos, el Procurador asesinado por la mafia). Y los minutos de silencios duran menos de sesenta segundos.

Los que somos goles de profesión nos resistimos a pensar que el espectáculo (el circo) tiene que continuar. Me declaro en huelga perpetua de alegría.

Porque eso se supone que eso es el fútbol: una dosis colectiva de regocijo y de paz escrita con los pies.

Como diría el maestro Echandía: “Colombia, país de cafres, y espero no estar calumniando a los cafres”, que al menos son dueños de la razón de la sinrazón.

Después de la partida de Andrés el último gol que salga del estadio que apague la luz. (Publicado en El Colombiano)

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