Por Eduardo Aristizábal Peláez.
En la historia política, pocas paradojas resultan tan inquietantes como la súbita irrupción de la fe en quienes, durante años, se declararon ajenos a ella. Hoy, en Colombia, la figura de Abelardo de la Espriella, abogado, comerciante, sibarita y ahora aspirante a la Presidencia, encarna esa tensión. Tras una vida pública marcada por el ateísmo, se presenta bajo el manto de una conversión motivada por el dolor íntimo de la pérdida de una tía querida. Y lo hace en clave política, convocando a actos de música religiosa donde la Virgen María ocupa el centro de la propaganda electoral.
No es un fenómeno aislado. La instrumentalización de la religión en la política ha sido recurrente en el mundo. Constantino, en el siglo IV, abrazó el cristianismo tras la visión de la cruz en el cielo, y con ello cimentó la unión entre poder imperial y fe. En la Europa moderna, monarcas como Enrique VIII manipularon la religión para legitimar decisiones políticas y personales. En América Latina, líderes de distintas épocas han apelado a símbolos religiosos para ganar legitimidad entre pueblos profundamente creyentes. Incluso en democracias contemporáneas, figuras como George W. Bush o Jair Bolsonaro han recurrido a la retórica religiosa para movilizar electorados y justificar proyectos políticos.
La paradoja es clara: la fe súbita, nacida del dolor o de la conveniencia, se convierte en herramienta pragmática. Lo íntimo se expone como espectáculo público, y lo sagrado se mezcla con lo electoral. El riesgo es doble, banalizar la espiritualidad y reducir la política a un teatro de símbolos que oculta los verdaderos debates sobre justicia, equidad y dignidad.
La pregunta que se impone es si la fe, cuando se convierte en recurso político, pierde su esencia. Porque la religión, en su sentido más profundo, es búsqueda de trascendencia y consuelo, mientras que la política, en su sentido más noble, es construcción de lo común. Cuando ambas se confunden, la ciudadanía corre el riesgo de ser convocada no por proyectos de nación, sino por emociones manipuladas.
La historia enseña que las conversiones súbitas pueden transformar imperios, pero también pueden ser trampas de poder. Lo edificante, entonces, es recordar que ni la cruz ni la urna deben usarse como disfraces, sino como caminos auténticos hacia la justicia y la dignidad. En tiempos de incertidumbre, la ética pública debe ser la brújula, que la fe sea respetada como experiencia íntima y que la política se ejerza como servicio honesto a la comunidad.

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