Por Eduardo Aristizábal Peláez.
La democracia colombiana llega hoy 31 de mayo a un nuevo examen de madurez. La jornada electoral no es solo un trámite institucional, es un espejo de nuestra historia reciente y de las tensiones que atraviesan la vida política del país.
De los dos partidos tradicionales que durante más de un siglo marcaron el rumbo nacional, Liberal y Conservador, hemos pasado a un escenario con más de treinta y seis organizaciones políticas. Sin embargo, muchas de ellas no se sostienen en principios doctrinarios ni en filosofías colectivas, sino en el respaldo a personas concretas, líderes coyunturales o campañas de ocasión. La política, que debería ser un proyecto de ideas, se ha convertido con frecuencia en un mercado de personalismos.
En esta elección, los favoritos muestran diferencias claras en tres aspectos esenciales:
Experiencia política: algunos candidatos llegan con trayectorias largas en la administración pública, otros con recorridos más recientes o desde escenarios distintos a la política tradicional.
Educación y formación: los perfiles académicos y profesionales son diversos, lo que refleja distintas maneras de concebir el liderazgo y la gestión del Estado.
Estilo de campaña: mientras unos han apostado por mensajes sobrios y programáticos, otros han recurrido a estrategias publicitarias más emocionales, apelando a la cercanía inmediata con el ciudadano.
Tres nombres concentran la atención de la ciudadanía: Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia. Tres voces distintas que, desde sus fortalezas y debilidades, encarnan proyectos divergentes de país.
Iván Cepeda llega con la legitimidad de una trayectoria parlamentaria marcada por la defensa de los derechos humanos y la justicia social. Su voz representa la continuidad de la paz y la búsqueda de equidad, carga con el peso de la polarización.
Abelardo de la Espriella, abogado de verbo encendido, se presenta como el adalid del orden y la seguridad. Sin embargo, su falta de experiencia en la administración pública y su estilo confrontativo despiertan dudas sobre la gobernabilidad que podría ofrecer.
Paloma Valencia, encarna la derecha institucional que busca reorganizarse, perfil tecnocrático, pero su campaña ha perdido vigor frente al ascenso de discursos más emocionales, y corre el riesgo de quedar relegada en la disputa.
Las encuestas, aunque no son garantía de resultados definitivos, ofrecen un panorama que parece lógico bajo un análisis frío: reflejan tendencias construidas en meses de campaña y en años de transformaciones sociales. No obstante, la única verdad legítima será la que surja de las urnas y sea certificada por las autoridades electorales.
Hoy, más que nunca, el país necesita recordar que la política no puede reducirse a la exaltación de individuos. La democracia se fortalece cuando las ideas, los principios y los proyectos colectivos prevalecen sobre el personalismo. El reto es recuperar la filosofía de los partidos como espacios de debate serio, de formación ciudadana y de construcción de futuro.
Que esta elección sea un llamado a la reflexión. Colombia no puede seguir transitando de coyuntura en coyuntura, de figura en figura, sin cimentar un horizonte común. La democracia se honra cuando las diferencias se tramitan con respeto, cuando las campañas se sostienen en propuestas y cuando los resultados se aceptan con serenidad.
Y que cada ciudadano recuerde que el voto es un acto de libertad y de conciencia, se vota por convicción, nunca por obligación, y mucho menos por ventajas personales. El voto de este domingo no solo elegirá a un presidente, pondrá a prueba nuestra capacidad de reconstruir la confianza en la política como proyecto colectivo y ético.

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