Por Carlos Alberto Ospina M.
En tiempos de agravio generalizado, radicalismo, subvaloración, soledad, falta de empatía y crisis del espíritu, la sociedad parece perder el rumbo. La insatisfacción se ha convertido en la banda sonora de la cotidianidad.
El amplio acceso a la información no garantiza sabiduría para comprendernos o sentirnos libres a pesar de hablar de derechos y autonomía. Basta con observar cómo la ira encuentra terreno fértil en ciertos corazones vacíos y de qué manera unas ideologías prometen identidad a quienes han perdido el sentido de pertenencia por todo. De semejante manera, los discursos de odio ofrecen una ilusión de impulso a aquellos que se sienten vulnerables.
Nadie escucha y todos gritan. El ser humano necesita significado con la misma urgencia que requiere alimento. Cuando no encuentra un propósito, se inventa enemigos. En el momento en el que pierde la ilusión, abraza el resentimiento. En el caso de que deje de amar, el individuo se encuentra sumido en el desamparo.
Pese al escepticismo, la cuestión romántica y el calificativo de debilidad sentimental, el amor sigue siendo la fuerza más revolucionaria que existe, puesto que es una forma de mirar el mundo, una decisión consciente de reconocer la dignidad del otro y una afirmación de la vida. En definitiva, es la apuesta más audaz para vencer el ruido, la rabia, la prisa, la confrontación y la incertidumbre.
Es la razón para unir lo que estaba separado, iluminar los pensamientos sombríos y exaltar la condición humana. Acaso también es el último refugio de la libertad y de la posibilidad de redención colectiva.
El amor y la felicidad están mucho más fusionados de lo que solemos creer, dado que el afecto interrumpe el monólogo constante en el que vivimos aislados. Muestra evidente es que el individuo encerrado en sí mismo permanece en una órbita solitaria, donde se juzga y se siente insuficiente. Aquí y allá, el amor detiene la monotonía de ese movimiento circular para abrir la ventana y dejar entrar el aire de la vinculación, que no es otra cosa que un modo de armonía con los demás y con el mundo.
El amor no es una simple emoción dispersa. Es tratar de descubrir la plenitud a medida que encontramos un lugar dentro de algo más grande que nuestro propio ego solitario, porque el cariño es la estructura que hace emerger el bienestar del individuo.

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