Por Óscar Domínguez Giraldo
Edgar Rice Bourroughs, creador de Tarzán, nacido el 1º de septiembre de 1875, era un loco de remate. Nació en la ciudad donde nacen, crecen, se reproducen y no mueren los vientos: Chicago. En 1929, dos meses antes de dar a la imprenta su libro «Tarzán de los Monos», su obra cumbre, E.R.B. tuvo que empeñar su reloj con hora y todo porque tenía embolatado el almuerzo. De esa novela saldría la historieta por entregas que millones en la aldea global hemos disfrutado desde piernipeludos.
Little Edgar, como le decían sus tías -y no hay una sola tía mala gente, ni siquiera en USA-, cambió de trabajo 42 veces en 12 años. En esto se parecía a esos ejecutivos que no duran más de un año en sus cargos para no burocratizarse.

Edgar Rice Burroughs y su creación: Tarzán, rey de los monos. Foto Yahoo
Mr. Edgar fue arriero sin caballo en Idahao, frustrado buscador de oro en Oregón, ferroviario sin tren en Utah, hombre de negocios sin éxito, vaquero sin caballo, policía o ‘tombo’ en Salt Lake City, vendedor ambulante en Poccatello.
Claro que no vendía una Coca-Cola en el desierto, pero mejor: si hubiera tenido éxito ¿quién nos habría inventado a Tarzán? A Edgar no le gustaban los lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, ni los sábados. Prefería vivir siempre en domingo. Por eso Tarzán es sinónimo de domingo, el día que veíamos sus películas en los cinemas paradisos de barrio. Ese día la muchachada leía, alquiladas, revistas de los personajes de las tiras cómicas.
Cualquier día, Mr. Edgar incursionó en la publicidad. Tampoco daba pie con bola. Menos mal tuvo tiempo de conseguir novia. Su ‘darling’ se intitulaba Enma Centennia Hubert. Finalmente, se casaron y fueron felices, pero en vez de dedicarse a comer perdices tuvieron a Tarzán.
Otros dicen que Tarzan, como también le decíamos con acento en la primera a, nació de un ocio publicitario de Edgar Rice. Dicho de una vez: agradezcámosle a los publicistas porque gracias a uno de ellos, Tarzán de los monos existe desde tiempos.

Cuando nació Tarzán papá Edgar tenía unos 40 años y decenas de fracasos laborales encima. Cualquier día estaba en la agencia de publicidad escribiéndole otra carta a Enma -no Emma- Centennia con quien se casó para tener con quién hablar.
Como no le fluía nada para justificar el salario, en una hoja en blanco se puso a garrapatear la historia que llevaba por dentro. El tipo de la historia es Tarzán. Fácil.
Según el fallecido librero Felipe Ossa en su imprescindible obra “Cómic, la aventura infinita”, “con Tarzán nos encontramos ante la más famosa historieta que tiene como campo de acción la selva africana y a un salvaje (pero blanco) y no tan salvaje, como protagonista. Fue, además, la pionera de las historietas de aventuras, pues su publicación se inició el siete de enero de 1929”. Tarzán tuvo como dibujantes a Harold Foster, Rex Maxon y Burne Hogarth, el mejor de todos.

Según el escritor y filosofo español Fernando Savater, poquitos como E.R.B. han sabido mantener el interés de lector que «adolescente eterno, pide más y pregunta en cada pausa: ‘Y después´”?
Y hasta aquí me trajo el río. Don Edgar, gracias por regalarnos a Tarzán, Sin él los domingos de la infancia habrían sido aburridísimos. (Líneas pasadas por latonería y pintura).

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