La victoria del candidato de extrema derecha por un margen reducido no puede interpretarse como una autorización para gobernar contra la mitad del país

Editorial
La victoria del abogado de extrema derecha Abelardo de la Espriella en las elecciones colombianas abre un periodo de incertidumbre en una Colombia dividida y necesitada de diálogo y respeto si quiere evitar la senda de otros países americanos donde gobiernan dirigentes de su misma órbita ideológica. La diferencia el domingo entre De la Espriella y su rival de izquierdas, Iván Cepeda, fue de menos de un punto, 49,66% frente 48,70%, según el recuento provisional. Visto el resultado, es comprensible que existan tensiones e inquietudes, pero deberán resolverse en los cauces institucionales. Si los comicios dejan una lección, es que el vencedor no puede creer que tiene el permiso para gobernar contra la otra mitad del país.
Lo ajustado del recuento explica las peticiones de revisión. Para eso existen las instituciones electorales. Colombia cuenta con una Registraduría, un Consejo Nacional Electoral, mecanismos de escrutinio y observación nacional e internacional que han demostrado una solidez notable en un continente donde los procesos electorales suelen estar sometidos a sospechas permanentes. Quienes tengan reclamaciones deben presentarlas por los canales establecidos; los dirigentes tienen la obligación de evitar acusaciones infundadas, y es el presidente, Gustavo Petro, el primero que tiene que ser cauteloso.
Colombia no ha entregado un mandato arrollador a nadie. Ha evidenciado una sociedad con dos proyectos capaces de movilizar a casi la misma cantidad de ciudadanos. Un triunfo por un margen tan reducido exige prudencia, moderación y escucha. La legitimidad electoral otorga el derecho a gobernar; la realidad política obliga a hacerlo con límites. Ese mensaje también interpela a la izquierda, que nunca antes había consolidado una base electoral tan amplia y competitiva durante tres ciclos presidenciales consecutivos. Millones de ciudadanos respaldaron una visión alternativa del país y conservarán una representación decisiva en el Congreso y en las regiones.
La alternancia es parte natural de la democracia; la desaparición del adversario, no, y de eso la historia de Colombia tiene tristes ejemplos. Los desafíos son demasiado complejos para ser abordados desde la revancha. La violencia sigue golpeando amplias zonas. La desigualdad es una de las más altas de la región. El crecimiento necesita más impulso. La implementación de la paz requiere correcciones, pero también continuidad institucional. Ninguno de estos problemas admite soluciones simples.
Colombia no necesita vencedores que humillen ni derrotados que desconozcan. Esto exigirá del vencedor aparcar la retórica divisiva al estilo de Trump y obligará a todos una disposición sincera al diálogo. Si no, la fractura será temible. Cuando un país aparece partido en casi por mitades, gobernar significa construir puentes. Esa será la verdadera prueba del próximo presidente.
