El lamento de la izquierda

La izquierda colombiana se prepara para ejercer la oposición a la extrema derecha que llega al poder. Foto Notiguayaquil./Yahoo

Por Carlos Alberto Ospina M.

La extrema izquierda nunca aprendió a perder porque se cree el ombligo del mundo, y la verdad revelada de la creación y el futuro de la humanidad, no consiente que millones de ciudadanos hayan ido a las urnas y decidido que otros gobernaran.

Para una persona civilizada de cualquier nivel de formación o estrato socioeconómico, las reglas democráticas y la aceptación de los resultados electorales demuestran coherencia ideológica. En este sentido, la coyuntura actual de Colombia ofrece el ejemplo inquietante de una transición marcada por acusaciones infundadas de fraude, cuestionamientos de mala fe a la legitimidad del sistema de elección y llamados rimbombantes a desconocer las disposiciones adoptadas por las autoridades competentes.

Semejante mensaje hace parte del Plan B de aquellos que no reconocen la derrota en franca lid. Por esto, siembran dudas sobre los comicios y, en particular, acerca de las instituciones encargadas del proceso para producir desconfianza en la gente e incrementar su capital político a base de mentiras.

El drama comienza cuando pasan de manejar el erario, nombrar funcionarios incompetentes, inaugurar obras inconclusas, ocupar titulares por los múltiples actos de corrupción y disfrutar de las ventajas del capitalismo, a sentarse en la banca de los desocupados.

La abstinencia política o la viudez del poder es la espada de Damocles para los que se autodenominan progresistas. Tanto así que desde su perspectiva el país entró en caos generalizado e imaginariamente se acabaron las reformas sociales debido a que ellos o los suyos no gobiernan. Todo es un desastre a pesar de haber dejado el país en ruinas.

A partir del 7 de agosto de 2026, el lamento de la izquierda consistirá en calificar de desastre cualquier reforma del gobierno: rechazará un anuncio de control fiscal sin leerlo, guardará silencio ante un resultado positivo del sector agroindustrial, omitirá mostrarse de acuerdo con el control de las organizaciones criminales, negará un avance en la justicia distributiva, rechazará los informes sobre la reducción de las desigualdades económicas y obstaculizará la ampliación de los derechos civiles, laborales y colectivos, entre otras sinrazones por el hecho cierto de perder las pasadas elecciones.

La narrativa es predecible: la democracia es legítima y maravillosa cuando ganan las votaciones. Ahí exigen respeto institucional y reclaman gobernabilidad. En caso contrario, hablan de fraude, anarquía, paramilitarismo e intervención extranjera.

La obsesión del Pacto Histórico y de su delirante líder radica en poner palos a la rueda absolutamente a todo, no importa si la iniciativa coincide con programas que defendieron años atrás, o si existe evidencia concreta de que beneficia a estudiantes, trabajadores, campesinos, empresarios o pensionados.

Petro y Cepeda nunca han buscado que le vaya bien al país, porque la redundante pesadilla de ambos es que le vaya mal al gobierno contrario a su ideario político. Para ellos, la alternancia es una tragedia y no la esencia de la democracia.

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