Hoy hace cinco años falleció en Bogotá el exmagistrado y escritor antioqueño Javier Henao Hidrón. Retomo las palabras que leí en la Casa de Antioquia, en Bogotá, la noche que presentó uno de sus libros.
Por Óscar Domínguez Giraldo
Javier Henao Hidrón no sufre del estrés de los autores que sueñan con convertirse en best-sellers. A muchos mortales nos gusta soñar con agotar toda la edición, que nos vendan pirateados en el semáforo, ser besuqueados por las reinas de belleza y pasear en carro de bomberos.
Curado de esa clase de espantos, Henao Hidrón considera suficiente placer escribir por puro amor al arte. Darle su personal interpretación a los sucesos que de alguna forma estrujan su inquieta imaginación de estudioso. Ahora ha vuelto a sorprender con su libro de crónicas que recoge un periplo por Roma y Grecia que hizo en compañía de Mónica, la dama del ajedrez de su vida, y de su hijo Gonzalo.
El autor decidió que nada de lo humano le sea extraño y escogió la trinchera periodística, el libro, la cátedra universitaria, el ejercicio profesional del derecho, la inteligente tertulia a bordo de algún tinto, los viajes, el tablero del ajedrez, para no pasar incógnito en la vida.
No tiene el periodismo, en su acepción de columnismo o periodismo de opinión, como su modus vivendi que ya se lo dan los códigos desde su profesión de abogado. No tiene el afán de posar de periodista, así reflexione y profundice más que muchos de nosotros en los temas de nuestra arisca y variopinta realidad.
García Márquez define el periodismo como un museo de minucias efímeras. La historia, sobre todo en nuestro medio, esta cambiando a cada minuto. Con frecuencia nos sucede que nos levantamos con un país distinto al que dejamos al acostarnos. El periodismo de opinión como el que practica Henao Hidron con sus columnas de prensa escapa a la definición del hijo telegrafista de Aracataca, y conserva una actualidad que le permite el traje de luces del libro que empieza a circular.
El autor es parco con su biografía. Como que no le importa mucho contar quién es. Sabemos que es abogado de Antioquia; ha sido docente en universidades de Medellín y Bogotá, ex magistrado del Consejo de Estado. Prefiere que sus libros hablen por el: Constitución Política de Colombia comentada; Panorama del Derecho Constitucional Colombiano; El Poder Municipal; Uribe Uribe y Gaitán caudillos del pueblo; Fernando González, filósofo de la autenticidad, son algunas de sus obras cuyos títulos definen los ambientes en que se ha movido.
Digo que algunas porque este paisa de cabello blanco que lee al mismo tiempo cuatro libros y a todos les hace tremenda disección para no perderse detalle, anda en permanente ebullición intelectual. Quién sabe cuántos libros más vienen en camino. Ha enriquecido el arte de pensar y de decir las cosas con sus columnas. En ellas se mezclan el rigor del abogado con el buen decir que exige el periodismo. Es claro, directo, no se va por las ramas.
Gracias a un juego que lleva 20 siglos y sigue tan campante, como Lola en sus quince – me refiero a ajedrez, claro- oí hablar de Henao Hidrón por primera vez. Corrían los años 60 y el nombre de un ajedrecista con sus señales particulares empezaba a pisar duro en el mundo de los escaques.
En mi condición de eterno pato del ajedrez, descubrí que en el Club Maracaibo, supongo que también en el bar Metropol del fallecido viejo Herbert, y en la liga de ajedrez de Antioquia, supieron pronto de los jaques y mates, enroques cortos y largos de un jugador que habla pasito, como para no incomodar a nadie. Es el único bípedo implume cuya voz parece el reflejo de una paz interior que sus interlocutores le envidiamos.
Esa voz siempre despaciosa le viene de cuna, pero la ha perfeccionado en el ruidoso silencio del ajedrez, un juego que, contrario a lo que piensan sus amables detractores, no tiene nada de quieto. Lleva por dentro una permanente procesión de bulliciosa belleza y creatividad. El ajedrez, por supuesto, tiene su puesto en varios de los pequeños ensayos que integran esta obra.
Desde su condición de “fernándologo” de la mejor ley, Henao Hidrón ha contribuido al conocimiento del maestro que de boina y bastón tomaba cerveza Clarita en el Bar Georgia, en el Barrio , de Envigado, mientras los patos del andén de ese municipio, lo contemplábamos lelos desde mesas vecinas, calladitos la boca, para no interrumpirlo en su silencio o en la tertulia con algún afortunado de turno.
Solo una persona disciplinada, organizada, que retiene todo lo que lee, inútil para todo lo práctico hasta el punto de que no pone a calentar agua para un tinto, no arregla una plancha o una fuga del agua, dueño de una tranquilidad que intranquiliza a su entorno, se puede dar el lujo de tantos rigores intelectuales que van tomando la forma de libros como una manera de perpetuar su paso por este descuadernado país que le tocó en reparto al hombre de Internet.
Cómo será de metódico que ha sacado tiempo parte para aceptar temporalmente la presidencia de de de Antioquia. Le tocará exprimirle idesa a favor del terruño a tantísmo paisa principal que trabaja en esta ciudad de Don Gonzalo que nos ha acogido a los integrantes de la diáspora.
Su entorno dice que es el mejor padre de familia. Se demoró para hacer el enroque largo del matrimonio, pero al chino Gonzalo, el hijo y a la vez polo a tierra de Javier y Mónica, le figuraron un padre y una madre de toda la cayana. Es familiero, como se dice en la pampa argentina, la tierra de su mujer, che. Es de los que escoge fiesta, uno de los espléndidos regalos que nos damos quienes no somos viejos pero hace mucho tiempo somos jóvenes, para seguir citando argentinos como un tal Borges.
Eso sí, el libro que se presenta en sociedad tiene una lamentable amnesia: el autor nos queda debiendo la crónica sobre cómo conoció a la dama del tablero de ajedrez de su vida. Mientras se anima a escribir la historia, les anticipo que la pareja está capando Guinness Record porque se conoció un 28 de diciembre, Día de Inocentes, durante un viaje de Mónica a Medellín, por invitación de un alumno suyo en Buenos Aires. Mónica visitaba la casa del cotizado soltero Javier quien ese día estaba en casa.
Ese día el azar jugó con las piezas blancas y desde la apertura le deparó dama de carne y hueso con el siguiente saldo: en la apertura de la relación, a los siete días, en víspera del regreso de ella a Buenos Aires, se comprometieron en matrimonio. El de Javier y Mónica fue un insólito final de rey contra dama que terminó coronado en la epístola de Pablo. Este aperitivo da para la novela autobiográfica que nos debe el dr. Henao Hidrón. Buenas noches.

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