Abelardo resultó stalinista

La historia de Colombia censurada y mutilada en el Museo Nacional por orden del presidente Abelardo de la Espriella. Foto Revista Cambio/Google

Por Gustavo Álvarez Gardeazábal

Crónica 1458 de Gardeazábal

Stalin, el dictador soviético, se cita siempre como ejemplo de cuando un gobernante cree que la historia se construye con olvidos decretados y que los museos solo pueden guardar y mostrar a la posteridad las gestas y los recuerdos de los vencedores.

Lo que acaban de hacer Abelardo Magnus, pistola al cinto, y su incultísima ministra de Cultura en el Museo Nacional parece más que una medida ridícula, un ejemplo de cómo a Stalin se lo puede imitar en una democracia como la colombiana donde los gobernantes son escogidos o despedidos con votos .

La perentoria orden del presidente de borrar de la memoria colectiva los símbolos de un período de la vida patria como el que vivimos cuando el Comandante Pizarro fue capaz de hacer la guerra y de firmar la paz hasta ser asesinado dentro de un avión por los esbirros del estado que lo custodiaban, resulta casi igual a cuando Stalin dio la orden de modificar la  fotografía que le tomaron a Lenin bajando del tren en San Petersuburgo el día que retornó del exilio para que en ella desapareciera Trosky y  lo pusieran a él en su reemplazo.

Desde aquél  día la cultura, las artes y la literatura soviética se hicieron por decretos, callando o entronizando obras y autores.

Pero si al mismo tiempo se consigue que de las paredes del Museo Nacional se descuelguen pinturas del inolvidable   Luis Caballero  porque hizo desnudos mariquísimas, la actitud del gobernante  puede llegar a ser calificada como la de los costeños corronchos y homofóbicos.

El olvido de los pueblos no se ordena por medio un decreto presidencial. Tampoco se entroniza a los hacedores del arte  bramando ante sus gobernados   consignas religiosas   como las de Viva Cristo Rey para que así los seleccionados queden benditos y los demás malditos, esperando el fuego eterno del olvido. Abelardo debe recordar que en gustos no hay disgustos y que la popularidad se gana o se pierde a pulso, no decretándola.

Gustavo Alvarez Gardeazábal

Octubre 19 del 2026

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