Vender espejitos por oro

Promesas y sorpresas políticas. Foto CARACOL/Google

Por Carlos Alberto Ospina M.

No sorprende el grado de cinismo de la izquierda radical que posiciona mentiras por todas partes a manera de estereotipo y cortina de humo para intentar atenuar la paternidad de múltiples injusticias, desigualdades, fracasos e incumplimientos, no haciéndose responsable de dichos yerros.

A nivel mundial y nacional, esta corriente ideológica ha creado la industria violenta del cinismo a base de tergiversar la realidad y culpar a los demás de su congénita incapacidad para producir con equidad y brindar una visión de desarrollo integral.

Nadie puede negar que la realidad objeta el discurso debido a que ciertos sectores zurdos no revisan sus errores, puesto que su néctar es el caos, el resentimiento, el odio y la profundización de la lucha de clases. Sin ese ideario, distintos sectores populares dejarían de ser borregos y fieras hambrientas en las calles.

El deterioro paulatino de la credibilidad del mal llamado progresismo y el fracaso en las urnas son la oportunidad perfecta para impulsar el método de engañar a sujetos sin actividad funcional, porque la incoherencia no les genera vergüenza y la responsabilidad es una carga que siempre debe llevar otro. En suma, es una caricatura repetida que no tiene capacidad de sorprender.

El truco es elemental: fabricar un culpable, vender espejitos por oro e insistir en la conspiración local e internacional. Ellos creen que son propietarios exclusivos de los méritos. Este fenómeno también atraviesa a todas las corrientes ideológicas, partidos y movimientos que se presentan moralmente incompatibles entre sí. Sin embargo, cuando la supervivencia política depende de ocultar los resultados adversos, las diferencias doctrinarias se resbalan como agua entre los dedos.

En Colombia, el ejemplo es patético. Muy lejos de la honestidad intelectual, el cambiar de opinión se ha convertido en una virtud democrática, cuyo fin es impedir la distinción entre la verdad y el ruido mediático. Así, remplazamos un escándalo por otro, cada denuncia por una acusación y el incumplimiento de la Paz Total por una nueva batalla retórica a modo de feria de distracciones.

Al parecer, la anomalía es una costumbre colectiva. Igual de grave es percibir cómo algunos sectores de la ciudadanía aceptan que la deshonestidad merece una excusa y la contradicción, un aplauso, en vez de que los principios pesen más que las conveniencias y la veracidad esté por encima de la victoria de una facción.

La izquierda sabe a ciencia cierta el valor de esta dinámica. Por eso, recurre a la constante exhibición y propagación de mentiras para aumentar la rabia social, la desigualdad, la violencia, la corrupción y la desconfianza institucional. Lo que les importa es ver los toros desde la barrera y el mundo arder.

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