Duro y a la cabeza (correo a Juan Gossaín)

Por Oscar Domínguez Giraldo, Medellín

Don Juaaaannnn, como te decía Guillermo Díaz Salamanca en La Luciérnaga.

Oite en la Caracol y leite en El Tiempo contándonos el origen del título del nuevo libro “Que les den carcel por casa”  que te impusieron los amigos del Sarmiental, en su advocación de Intermedio Editores. La patria te premie por darles duro a los corruptos de todos los pelambres que Dios en su extraña bondad nos dio.

Creo que te leo desde que te reportabas desde San Bernardo de Viento con unas crónicas para El Espectador que arrancaban con unos lides cortos y contundentes como una muerte repentina, y perdón por el fúnebre paralelo. 

Con razón los mandamases del canóndromo te ficharon y a Bogotá fuiste a dar cuando la ciudad ya no tenía tranvía, pero si trolebuses, esos armatostes con aire de pájaros bobos con cargaderas que nos causaban estupor a los cachacos. Bogotá era un aguacero perpetuo.  (Como eres miembro de la Academia de la Lengua, propongo esta definición de cachacos: sujetos que conocieron el mar primero en fotos o en películas). 

Desde mi anonimato de cinco estrellas, como estudiante de periodismo en la U de Antioquia, sentía algo parecido a la felicidad cuando leía ese tsunami de metáforas que eran tus insólitas y originales crónicas. (Estudié tres o cuatro semestres de periodismo pero como no ganaba ninguno me retiré luciendo como diploma de grado el tres raspao que me puso en literatura mi profesor Elkin Restrepo, quien también sigue en la brega. Pa qué más títulos que el tres de un poeta-pintor-maestro-editor).

Juan Gossaín, periodista Foto El Tiempo

Cincuenta años después frente al pelotón de fusilamiento de la vejez, sigues dándole a la tecla, aunque encuarentenado por orden del “Mocoso” Duque, como lo bautizó Hommes, nuestro líder de la revolución de las canas, o de los pájaros caídos, como se autoproclaman más certeramente  los miembros (nada eréctiles) de una tertulia de muebles viejos que también están encerrados por estas calendas.

Tú y Javier Ayala, primer comedor de papel de la tierra colombiana,  tu compañero de casa de inquilinato en los inicios de ambos en la nevera, eran los periodistas que más leía. (Espero que Javier te haya devuelto el ventilador  o abanico que te incautó en esa convivencia, según relataste alguna vez para Ciudad Viva, el periódico de la Alcaldía de Bogotá que dirigía el maestro Angulo).

El cartagüeño Javier era otro que no salía de primera página, fuera en El Siglo, donde se inició, luego en El Espectador y en El Tiempo. Pobres los colegas de la competencia que tenían que alimentarse de las migajas de  noticias que dejaba caer por ahí el rico Epulón del Ayala, a quien cierta oposición que no se atreve a decir su nombre, dio por muerto hace unas semanas, en pleno coronavirus.

Me alegré estrepitosamente de que siguiera en circulación entre otras cosas porque Javier fue mi jefe en una agencia de noticias, Periódicos Asociados. La dirigía en dueto con Gabriel Ortiz, de testa generosa, y quien tiene su programa de televisión en pleno reinado de Coronavirus I. Nos pagaban tan bien que nos olvidamos de cobrar cesantías… O no tenían con qué pagárnoslas que era lo mismo.

Confieso que he vivido y bebido pero también que ustedes fueron inspiración para muchos que les chupábamos rueda como lectores. Verlos ahora con el sol de los venados a la espalda trabajando con ardor de seminaristas célibes, sigue siendo una inspiración para jóvenes y viejos que evidenciamos fatiga demetal.  Estas líneas deben leerse como agradecimiento por las luces brindadas y como felicitación por seguir tan campantes como el whisky que nos gastaba Javier los sábados en la tarde antes de desperdigarnos por ahí para seguir la juerga en cafetines de la Carrera Séptima o la Jiménez.

Por cierto, El Espectador y otro diario liberal, El Correo, de Medellín, eran los únicos periódicos que compraba mi taita, liberal oficialista de toda la vida.

Algunas notas me han publicado en El Espectador a través de los años lo que halaga mi vanidad de “hombre a una nariz pegado”.

Cuando Santo Domingo llamó a Carlos Lleras de la Fuente a la dirección, y como me distinguía, dejé salir el lagarto que me habita y le pedí chanfa. Todavía espero la respuesta.

A manera de despedida les comparto esa carta. Felicidades y sigan así septuageniales ilustres  que van muy bien. od

Foto Darío Arizmendi, Javier Ayala y Juan Gossaín, en El Caguán, en tiempos del presidente Pastrana. La silla vacia vendria después. (odg)

La lagartada a Lleras de la Fuente

Designado director de El Espectador:

Suerte, salud, longevidad y mucha circulación.

Entre los eventos que me habría gustado cubrir como reportero están la “campaña” de Jesús en Galilea, el desembarco de Cristóbal Colón a quien sus hambrientos marineros estaban a punto de convertir en bisté a caballo, y su entrevista con don Julio Mario, el hombre de las galletas.

Lo digo porque si bien él tiene la plata, a usted el dinero se lo dieron en temperamento. A partir de esta premisa los veo hablando,  nivelados por lo alto, en la ciudad de los rascacielos y de Woody Allen. ¿Cómo y de qué hablaron? Pago por leerle alguna vez esa crónica al mejor estilo del Bachiller Cleofás Pérez, su padre, que de Dios goce… Aunque me temo que habrá que esperar sus memorias.

Su  platudo jefe fue embajador ante el imperio chino, la mata de sus antagonistas políticos. Usted fue embajador ante el imperio gringo. De nuevo, quedan en paz.

¿Cómo decirle no a un señor que puede desayunar, almorzar y comer hasta el año tres mil en el exclusivo restaurante neoyorkino “El 21″con la plata del bolsillo derecho? Lo cierto es que usted le aceptó la chanfa como director de El Espectador después de la defenestración del doctor Rodrigo Pardo y punto. 

Que los dioses le sean propicios, doctor Lleras, y que el turno no le toque jamás a usted a la primera enojada suya… o de don Julio Mario, como creo que tienen que decirle todos los subalternos sin excepción alguna.

Usted ha sacrificado una candidatura para pulir una dirección de un periódico centenario en el que siempre me gustó colaborar…. Como ve, estas inofensivas letras de felicitación se han convertido, en un dos por tres, en feroz lagartada.

De los alvaristas se decía que se agachaban y se les caía una hoja de vida. Como yo no soy alvarista, no le incluyo mi respectivo ridiculum vitae pero si alguna vez usted, doctor Lleras, cree que…, ejem.., o sea…, mejor dicho, bueno, al grano: si considera que  puedo escribir mis columnas y hacer reportajes o entrevistas para su centenario periódico, no es sino que me haga una señita. (Como estoy jubilado, le informo que “sólo” estoy disponible de 8 a 8). 

No es por hacer puntos con el nuevo director, pero le cuento que mi insomnio ha sido camellar en El Espectador.

No tiene que nombrarme jefe de nada. Me contentaría con poder escribir. Lo demás vendrá por añadidura, como dice el libro gordo de Dios. No el diario de todos los Santos, sus competidores, que quién sabe que estarán pensando con su nombramiento, si están pagando escondederos a peso, o si  creen que de ese curubito no los baja nadie. 

Entre otras cosas, porque se preocupan de hacer un mejor periódico todos los días. Estos tipos trabajan como si estuvieran de cuartos o quintos en circulación. O como si el periódico fuera del vecino…

Dr. Lleras: sea cual fuere el desenlace de esta sospechosa felicitación, le deseo lo mejor y tocaré madera para que la circulación de El Espectador crezca “como crecen las sombras cuando el sol declina”.

Buen viento y buen a-mar, od

P.S. Le encimo esta anécdota que me contó un gourmet-gourmand paisa: un día, un empresario antioqueño invitó a su ilustre padre ( de nuevo q.e.p.d.) a almorzar en Nueva York. No sé si almorzaron en “El 21”. Lo cierto del caso es que como eran nuevos en esa plaza, los ubicaron en una mesita perrata, donde todo el mundo se tropezaba con ellos. El anfitrión antioqueño le dijo al dr. Lleras: “Presidente, le garantizo que en menos de cinco minutos nos cambian de lugar”. Y pidió la carta de los vinos. Sólo un gourmet consumado podía ordenar como él hizo. Efectivamente, su plan no falló: “Perdón, señores”, se disculpó un maitre próximo a un ataque de nervios y al asfalto, “su mesa no es ésta. Por aquí, por favor”. Vale! 

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