Por Carlos Alberto Ospina M.
Otra de las grandes hipocresías del actual sistema es la adhesión circunstancial a causas movidas por campañas institucionales, discursos, declaraciones y numerosas publicaciones en redes sociales que, en el fondo, demuestran un alto grado de superficialidad en la interpretación de estas.
Vivimos en un mundo que exhibe solidaridad, al mismo tiempo que aplaude, coopera y comenta, pero que cada vez encuentra más dificultades y contradicciones para practicarla por convicción. A menudo, esta actitud nace de una exaltación pasajera, una imagen de sensibilidad frente a los otros o una puesta en escena predestinada a tranquilizar conciencias.
Millones de personas expresan indignación ante el sufrimiento ajeno, reaccionan a los desastres que dominan la agenda informativa y colaboran en campañas de apoyo colectivo. Sin embargo, a la par, presenciamos el fortalecimiento de una cultura individualista, fragmentada, materialista y competitiva, donde la indiferencia ante los problemas estructurales de la sociedad crece a la misma velocidad que las manifestaciones de empatía. La abundancia de comunicación no ha producido un sentido ético propio; al contrario, en muchos casos ha generado saturación sensitiva.
Esta confusión fundamental termina identificando solidaridad con compasión. La caridad o la compasión son, como tal, emociones pasajeras, mientras que la fraternidad es una disposición constante del espíritu. Esa diferencia certifica que los sentimientos son volubles, circunstanciales e inconsistentes. De este modo, así como aparecen con intensidad en medio de una tragedia, también desaparecen con rapidez a medida que el dolor se integra en el paisaje cotidiano.
La solidaridad no brota de la lástima ni de la necesidad de aprobación social. Nace de la comprensión profunda de nuestra humanidad compartida y la disposición permanente a hacer el bien.
En principio, no se pueden descalificar las expresiones de participación ciudadana; al fin y al cabo, forjan beneficios reales que a la postre hacen más llevadera la situación de los afectados. A partir de ahí, se abre paso una solidaridad consecuente que transforma el dolor inicial en tranquilidad y esperanza de vida.
La ayuda genuina no depende del impacto de una noticia, la presión de la opinión pública o la magnitud de la desdicha, puesto que emerge del juicio reflexivo sobre la inclinación natural hacia el bienestar integral: después de todo, nadie puede realizarse al margen de los demás.

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