Desvertebrada. Viaje a las raíces

Luis y Geno por los días de su matrimonio. El mismo día se casaron varias parejas. Pasaron la luna de miel en la vecina Santa Bárbara, en casa de los suegros de la novia, Carlos, de El Retiro, y Ana Rosa, natural de San José de la Montaña, en La Ceja.

Por Óscar Domínguez G.

Caminar por la casa donde berrié e hice caquita por primera vez hace 77 años y monedas me conmovió hasta la silla turca. Ese regreso me llevó a imaginar a la comadrona redondeando su faena, y  a este lindo bebé atacando la producción láctea de mamá  que de ñapa me iba instalando vocales y consonantes en el disco duro.

Gatear por toda la casa me permitió descubrir  la aventura, el agua, el viento, el paisaje, el llanto, la risa, el dolor. Quiebro algo para regalarme el sonido. Ya habrá tiempo de ponerle nombres al sol, al frío, a una mesa, al gato  que me mira despectivo desde sus siete vidas. Las campanas de la iglesia vecina hablan de la existencia de Dios.

No salimos del asombro mientras recorremos la casona con la complicidad de Samuel, su amable dueño. El retorno a esa primera casa lo hicimos los seis hijos vivos de Luis, santabarbareño, y Genoveva, montebellense. Que no falten fotos en el templo donde se matrimoniaron  a las heladas cinco de la mañana del 16 de febrero de 1942.

Los hermanos Luis Fernando, Óscar Augusto y Rosa Rubiela, en brazos de mamá Geno, a la entrada de la casa en La Travesía.  (Año de 1947)

El novio la había enamorado con su pinta   y unas cartas de amor que le alborotaban la bilirrubina erótica a uno de los 18 vástagos de Lubín y Ana, nacida en La Ceja, del cual Montebello fue corregimiento. (Por cierto, en esa época, María Cossio, fue la primera inspectora).  

En cada metáfora dibujada con encabador y tinta negra, el enamorado Luis María se jugaba el pellejo. Una de las cartas termina así: “Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro mi doliente corazón”.

Pero cualquier día el romeo desertó de la vereda El Bosque donde soñaba su julieta. María Genoveva, el nombre completo de la frágil montebellense, lo regresó al redil con este telegrama: “Tu silencio no opónese recordarte”. De ese telegrama de cinco palabras, nacimos  nueve petacones. Gracias, Marconi, por los favores recibidos.

Solo los tres mayorcitos, Fernando, Óscar y Rubiela, nacimos en la casa de La Travesía, a pocas cuadras de la Plaza de Bolívar de Montebello, erigido en municipio hace 110 años. Los demás, Amparo, Lucy del Socorro y Pía, nacieron  en otras parroquias. ¡Pobrecitos!

Algunos hicimos los 52 kilómetros desde Medellín por la via Caldas-Versalles-Montebello; el resto de la tribu llegó por El Retiro. 

Suso Giraldo, uno de los 6.744 habitantes del municipio,  nuestro pariente remoto, insólito y rebelde cronista de 99 años, nos atiende la visita de médico en el marco de la plaza un día de ocio burocrático. Esta circunstancia nos impidió chocarle los cinco claveles al alcalde Virgilio Garzón. El cuasicentenario Suso conoce la historia de nuestra familia con puntos y comas. Nos cuenta cosas que ignorábamos. 

A raíz de la violencia que se desató por el asesinato de Gaitán, nuestros abuelos  y padres tuvieron que alzar el vuelo de Montebravo por su condición de liberales. 

De jóvenes íbamos de vacaciones  a la casa de la tía Aura, manos de seda, como la llamaba su hermana Judi, fallecida hace unos meses. Aura, a quien le tocó hacer las veces de mamá y papá a raíz de la muerte de su esposo, José Antonio Villegas, hizo de la alegría un oficio. Mal de los Giraldos.

Para el próximo viaje nos esperan las riquezas hídricas y forestales de Montebello y la capilla de Sabaletas, patrimonio arquitectónico nacional, “donde Antioquia empezó a rezar”, nos recuerdan los paisanos Octavio Bedoya y Whiter Cuervo. No tuvo presa mala esta parábola del retorno.

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