Desvertebrada. Cultura metro

Estación del tren de Envigado “Manuel Uribe Ángel”. (Fotógrafo Melitón Rodríguez. Archivo de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín).

Por Óscar Domínguez G.

Si el primer hijo es la prolongación de la última muñeca, al decir de Víctor Hugo, el inocente tren de mi infancia fue la cuota inicial del metro de Estocolmo, el primero que conocí. Me impactó tanto que le puse las dos manos para que se detuviera, ante las risotadas del circunspecto público sueco. Casi me dan el Nobel a la ingenuidad.

El segundo gran metro en mi prontuario fue el de Hamburgo. Nos enseñaron a lidiarlo dos colombianos de excepción: el vicecónsul Otto Gutiérrez, y el gerente de Proexpo-Hamburgo, Tomás Elejalde, padre del actual gerente del metro de Medellín.

En la hanseática ciudad hicimos migas con el pastuso Lucho Fernández Martínez, conductor del metro. A mi recientemente fallecido amigo y colega, Arturo Menéndez., y a mí, nos hizo esta insólita invitación: sentarnos a su lado en la cabina. 

Al lado de Lucho “aprendí” a manejar ese aparato. Como estaba en construcción el de Medellín, ofrecí gratuitamente mis conocimientos a las autoridades. Silencio mudo.

Ha sido tal mi afición por esta clase de “ascensores acostados” que soy vicepresidente perpetuo, o sea, el Francia Márquez de la Asociación de Gamines del Tren, ASOGAMTRE, que orienta Ofelia Peláez, escritora, ducha investigadora musical y un hacha como asesora de Discos Fuentes.

Pero nunca imaginé que sería víctima de la cultura metro. La padecí la vez que entraba al sistema pensando en los huevos del gallo. No iba solo: me hacía dulce compañía un bombón que me estaba chupando. Pues la vieja, perdón, la funcionaria del metro que me pilló con las manos en la masa, me electrocutó con esta prohibición: Señor, no se puede entrar comiendo al tren. 

Jamás habían coartado gastronómicamente el derecho al libre desarrollo de mi personalidad.  Chupar  bombón es como chuparse el arcaico pirulí de esa primera patria que es la niñez. Como soy un anarquista que respeta el semáforo, copiándome de Joaquín Sabina,  obedecí a regañadientes.

Con el procedimiento quedé más despistado que un corrupto al que le dan la cárcel por cárcel, no la casa, que es lo usual. La próxima vez  que me coarten mi derecho al bombón procederé a enviarles  mi batería de abogados: De la Espriella, Lombana, Granados, Iguarán, Bernal Cuéllar. O los que exprimen sin piedad al dueto Gilinski.

No tomo represalias ni soy sapo: Soy croactivo en la semántica del exalcalde Antanas Mockus. Como voraz consumidor del sistema debo denunciar que la cultura metro cojea de varias de sus patas.

Los tableros electrónicos de muchos alimentadores no funcionan y algunos conductores están relajados: no esperan que los pasajeros instalen las cuatro letras, arrancan cuando los viajeros  no han puesto todo el esternocleidomastoideo en tierra, los frenazos abundan, informan mal a los usuarios sobre destinos varios.

El sapo, perdón, el croactivo Domínguez, sugiere una alineada al tradicionalmente amable y eficiente gremio al mando de las naves.

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