De película…»El desahogo»

Colombia 2-1 Brasil. Foto AS Colombia

Esteban Jaramillo Osorio.

Se gana con talento, pero repetir las victorias, requiere carácter. 

En esa tarea está la selección nacional. Fue, ante Brasil un histórico triunfo, diría un “triunfazo”, para entrar en la exageración que caracteriza el fútbol, pendiente como siempre del siguiente partido.

El resultado perfecto, pero el partido imperfecto. No fue, en general, bien jugado. Ni rotundo el dominio, pero si efectivo, porque Colombia se arrimó muchas veces a zona de gol, así la pelota no fuera manejada con criterio en los metros finales del ataque.

Abusar del triunfalismo es peligroso, porque termina en espejismo.

Se construyó la velada futbolera, tan emotiva, desde los golazos de Lucho Díaz que olieron a revancha…Lucho, la cara visible y predilecta del partido, un hombre feliz, con visión de triunfo y acción para conseguirlo, ídolo en el reconocimiento general, por el drama de su padre, con feliz desenlace.

Sintonizó Colombia con su público.

Público activo que coreó a sus ídolos y no desaprovecho la oportunidad para, con sonora rechifla, repudiar a su presidente.

El mejor plebiscito lo hizo Barranquilla, como reflejo de un país acostumbrado a agigantarse en la adversidad, indignado por la zozobra, agobiado por las estrecheces económicas y la ausencia de oportunidades, acorralado por la impunidad y la inseguridad. País, en rebeldía con la autoridad de turno, que se resiste a la indiferencia.

Para Lorenzo, el entrenador, fue una oportunidad para la reconciliación. Sumaba contradictores, por su fútbol con dudas, sus inseguridades estratégicas, los bandazos e inconsistencias en las convocatorias y las alineaciones. 

Esta vez, como poco ocurre, dio en el clavo en los relevos y presentó un equipo técnico, con altibajos, con mayor seguridad en la retaguardia, laborioso y corajudo en el medio juego, creativo con James que mejora día a día y Ríos, revulsivo sorpresivo con aportes innegables.

Con actitud de triunfo, confianza colectiva y buen diseño del libreto, que le permitieron salir del atasco inicial, frente al rival cotizado sin respaldo físico, que quiso, afectado por las lesiones, jugar con base en su historia y no con rendimiento sostenido.

Fueron variadas las emociones en la noche, que pusieron al borde del infarto a Lucho padre.

La posesión, que tanto pregonan los resultadistas, amantes de las métricas, que desdibujan la esencia, la sensibilidad y la fantasía del juego, volvió a ser menospreciada por Colombia, que edificó su victoria desde el fútbol pragmático, efectivo, con goles sonoros.

La Selección, tan acostumbrada a sus amores intensos y a los rechazos sin freno, no limitó sus esfuerzos ante Brasil ni le mostró miedo. Su plan de juego se impuso en una legítima victoria.

Una noche de fajadores y estilistas, que le vio un empuje a la eliminatoria, de revanchas, de cobros y respaldos públicos.

Hay fútbol, señores. Hay país, hay vida, se acabó la indiferencia de quienes, con infinidad de razones, reaccionan ante el presidente. 

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