Crónicas con olor a gladiolos (9): Réquiem por las cartas; Versos para mamá Geno

Las cartas que antes llegaban en sobres que se deslizaban por debajo de las puertas. Foto ODG

Por Óscar Domínguez G.

El correo electrónico enterró las cartas manuscritas. Los carteros de hoy solo entregan prosaicas cuentas de servicios, áridos extractos bancarios, notificaciones de un juzgado que nos busca por pisotear los códigos. 

Los perros se han quedado sin a quién morder. Por debajo de la puerta no se volvió a oír el suave murmullo de la carta que viene de lejos.

Las cartas pasaban por debajo de la puerta que era el buzón de pedal que nos tocó a muchos. La llegada de un visitante de papel de esos provocaba júbilo inmortal en casa. ¿Quién interrumpía la paz doméstica?

De pronto llegaban cadenas de oración de este tipo: Si en tres días  no ha reenviado esa carta siquiera a cien personas en el polo norte, usted se volverá pobre y bobo. Esas notificaciones también murieron.

No ha vuelto a llegar nada que huela a poesía, ternura, amistad, nostalgias. Internet nos depara el bostezo de los buzones, convertidos en olvido puro.

En casa, gracias a una hermana coleccionista de olvidos, conservamos las cartas dibujadas que mi padre le escribía a mamá Geno.

Mamá Geno y el suscrito columnista.

Eran cartas en tinta negra, como los trajes con los que se casaron con otras veinte parejas una fría madrugada. En una de ellas el novio se despedía de su amada con metáforas atrevidas como ésta: “Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro, mi doliente corazón”. 

Y como el hombre se perdió “sin motivo y sin razón”, para decirlo en letra de bolero, su estupefacta enamorada lo rescató con un escueto telegrama que felizmente llegó a su destino: “Ausencia no opónese recordarte”. El ausente regresó y entre los dos construirían después una familia de nueve petacones. (Los telegramas llegaban a la oficina del municipio, generalmente en el marco de la plaza de donde un funcionario se las apañaba para hacérselos llegar al destinatario).

También conservo las cartas de mi madre cuando estudiaba para papa en el seminario. Sus cartas empezaban siempre así: “Recordado hijo”, y por ahí se metía. 

Un párrafo después me estaba tirando  línea: manéjese bien, estudie, no pelee, no juegue tanto fútbol, mérmele a su ajedrez, no se junte con malas compañías,  rece al levantarse y al acostarse, encomiéndese a su ángel de la guarda, no olvide confesarse y comulgar, lea, respete a los mayores… (Cuando murió le dediqué un poemilla de media petaca que los no desertores encontrarán más abajo).

Para no perder el olor y el sabor de las cartas conservo en urna triclave las de algunas novias.

El primero amor que tuve me decretó el olvido con un encabezado que me dañó el desayuno de todas mis vidas. Dice con su caligrafía de pianista perfeccionada acariciando nocturnos de Chopin: “Óscar, examigo, ahora simplemente conocido”. 

Guardo esa carta de destitución fulminante en el libro “Taquigrafía Gregg simplificada”, de pasta dura, colores rojo y amarillo pollito, en el que nos enviábamos la correspondencia. 

 Otra chica que se ponía el perfume Chanel de su hermana – como yo las gafas Ray Ban de mi hermano para parecer misterioso e interesante ante el hembraje-, me notifica: “Sufrirás, todo el que me hace sufrir, padecerá”. 

Y otro amor, para no alardear más, se queja dulcemente porque deserté de su vera para irme a detrás de “esa rubia”. Me envió de regalo un beso un papel estampado con “rouge”, como se le dice al pintalabios en el tango de Óscar Larroca. 

Jesús el Nazareno también escribió a mano. Lo hizo una vez en el episodio de la mujer adúltera. 

Vendería mi alma a Dios por saber qué escribió. Con la venia de la sala, me permitió imaginar lo que estampó en el suelo: “¿Cómo voy a condenar a esta belleza que me quita el sueño?”.

Elegía por una flor (Mamá Geno, no soy poeta: perdóname si están malos estos versos…)

¡Cómo te recuerdo, hortensia silenciosa!

Ni una sonrisa me regalaste cuando besé tu mejilla fría.

Comprendí entonces que la muerte es para toda la vida.

Viendo cómo te apagabas, le retiré el saludo al orfebre de estrellas.

Nos reconciliamos (¿¡) cuando te llamó a su izquierda mano.

Fue un guiño coqueto a tu zurdera.

Dios no tiene presa mala. Dirías.

Discreta como un salmo

Te gastaste todo el protagonismo en tu prole.

Amabas la vida. Las arrugas te dañaban la comunión.

No rimaban con tu coquetería de todos los semestres.

Si no podías contemplar los sietecueros

Tampoco tenía gracia continuar en la pasarela.

Disfruta tu sabático eterno.

Desde allí sigue alumbrando nuestro ocaso.

Y celebrando otros amaneceres surgidos de tus entrañas.

En cada flor estarás tú, hortensia.

(Abril de 2015)

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