Crónicas con olor a gladiolos (13) Óscar Castro o el arte de morir en la calle

Fotografía de Castro por Ernesto Aponte para la revista El Malpensante

Por Óscar Domínguez G.

Sus colegas le preguntaban adonde le podían enviar correspondencia. Respuesta: “Envíamela a Óscar Castro, el mundo”. La correspondencia se le debe enviar ahora a: Óscar Humberto Castro Rojas, lote 17, tumba 524-1, Campos de Paz, Medellín. También se la pueden enviar a la Torre del Ajedrez, en la Unidad Deportiva Atanasio Girardot, donde hay una sepultura ficticia alterna para uso de enemigos de visitar cementerios.

Fue un rebelde con y sin causa. Vivió su vida, no permitió que se la vivieran. Fue máster en soledades, generosidad, ajedrez, bohemia, lecturas, viajes, tangos, parques. Rabiosamente independiente, tenía el mundo, la calle, por hábitat.

Castro andaba ligero de equipaje. Cero maletas. “Para eso están los almacenes”, alegaba. Una vez llegó a Nueva York en la dulce acompañaba de un libro. Nada de ropa. Un hombre así es sospechoso de todo. El Tio Sam casi lo deporta.

Está en el podio de los mejores al lado de Carlos Cuartas, Luis Augusto Sánchez, Cuéllar Gacharná, Gildardo García,  Alonso Zapata, Boris de Greiff – quien lo apodaba el Mulato-, para mencionar solo la vieja guardia. “Para mí fue el más talentoso”, comentó Javier Henao Hidrón, ducho en escaques. Henao también respira eternidad hace rato.

La última participación de mi tocayo en un torneo fue en el tradicional festival de San Antero, Córdoba. Días después enrocaría para siempre en una calle de Medellín. El almanaque decía que era abril, mes en el que también nació.

Castro, el misterioso, dormía en hoteluchos de dos pesos, en un salón de billar. O en los parques. El catre dependía del tamaño de su billetera.  Su amor por los parques era la insólita forma de disfrutar la libertad que se regaló. 

Una anécdota ilustra esa devoción. En Viena, la policía lo sorprendió en plena faena onírica en un parque. Le pidieron papeles. Confirmados los datos, le dijeron que podía retomar el sueño donde lo había dejado. Pero en el hotel.

Óscar Humberto, modelo 1953, cinco veces campeón nacional, subcampeón mundial juvenil en Suecia, en su inglés de ajedrecista y derrochando migajas de alemán, imploró  que lo dejaran dormir allí. Aunque Strauss no lo crea, la severa policía accedió.

No era raro verlo dormir en el Parque del Periodista, epicentro de la bohemia de Medellín. En la banca de parque, en la Avenida la Playa, después de una rumba, Castro se fue volviendo eternidad. Al principio se reportó la muerte de un “don nadie”. Murió en su ley; murió de vida, bohemia, talento, informalidad, excentricidad. 

En la sala de velación Villanueva llovieron hermanos como orquídeas. Seguramente no los conocía. Muchos no se conocían entre ellos. Había partido cobijas con su árbol genealógico. De su familia decía que era disfuncional. Norbey Rodríguez, su pupilo Roberto Bustamente Vélez, “el Señor”, como le decía Castro, y otros trebejistas de la liga lo despidieron jugando hasta la madrugada. 

Desde el más allá, en su posición decúbito dorsal, Castro los habría podido derrotar en unas simultáneas. Como había pulverizado a grandes maestros como el excampeón mundial Petrosian, Geller, Sigurjonsson. Las partidas que les ganó – el tío Google se las regala- son tan bellas que provoca darles un tardío pésame. O felicitarlos. Hay derrotas que mejoran currículos. 

No le importaba ganar sino jugar hermosas y contundentes partidas. Decía Allí estaba la ética y estética de Castro, el ajedrecista cuyo comportamiento en el tablero recuerda a Bobby Fischer. ( O a Luzhin, personaje de la novela La Defensa, de Nabokov).  No le gustaba recorrer caminos mogollos. Pronto buscaba la confrontación. No nació para la vida fácil dentro ni fuera de los 64 escaques. Vivió a la enemiga.

En su forma de ejercer el ajedrez había belleza, talento, arrojo, audacia, originalidad, estudio, rebeldía. Daban ganas de sacar a bailar a la dama de su ajedrez. Con una de sus damas de carne y alma, Marcia Schvartz, pintora argentina, amasaron un hijo, Bruno.

Departí con él en varias ocasiones. En el Club Lásker, de Bogotá, calle 22 con 7ª. tomábamos tinto. Otra noche escuchamos tangos en El Viejo Almacén, también en el centro capitalino . Edmundo Rivero era uno de sus preferidos. Un personajes como él da para muchos cuentos a cuatro manos entre Borges y   Bioy Casares.

Se graduó como mecenas de vagabundos. Ejemplo: Un colega suyo español contó que de regreso al hotel, encontró a un hombre que dormía en la calle en pleno invierno madrileño. Se quitó su chaqueta y lo cubrió con ella. Le advirtieron que en uno de los bolsillos estaba la plata del premio. “¿Se imaginan su alegría cuando descubra el dinero?”. Daba de lo que tenía y de lo que le hacía falta.

En Praga se ganó en un torneo una artística figura del ajedrez en cristal de Bohemia. No reclamó el premio. Lo monitorearon hasta que le hicieron llegar el trofeo a su casa en Medellín. Se lo regaló al primer amigo que se enamoró de él, cuenta su hermana Olinda quien se ha impuesto la tarea de conservar su legado. Cuando le lleva flores a Campos de Paz, le oye decir: “Negrita, sácame de aquí…”. Palabra de Olinda.

Luis Alberto Palinuro Arango, su amigo librero de Medellín, sintetiza: “Un generoso, en eso era inmensamente rico. Lo era a manos llenas, con todo lo que recibía, y así esperaba que fuera el prójimo”. 

Leontxo García, cronista de El País de Madrid, quien lo paladeó, dijo de Castro que fue “un genio que no quiso ejercer como tal”. Y reprodujo la partida que le ganó al soviético Petrosian, la Boa, llamado así porque abrazaba a sus rivales y después los ahogaba…

En Manizales tenía su club de fans. “Era el hombre más libre que conocí en mi vida”, resumió Luis H. Aristizábal. En un perfil para la revista El Malpensante, el escritor y filósofo caldense lo llamó  “El último samurái”. (Líneas pasadas por el quirófano para latonería y pintura).

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