Columna Desvertebrada. Raro elogio de la cuchedad

Selfi de este escriba 70 años después frente al pelotón de fusilamiento de la vejez. “Cómo nos cambia la vida, tomá ese espejo, mirá”, se puede cantar con el tango de mi tocayo Óscar Larroca.

Por Óscar Domínguez G.

En las inefables redes sociales o en crochés de “proustáticos, de pronto se pone de moda la discusión sobre el momento en que empezamos a envejecer. 

Víctor Hugo decía que los 50 años son la vejez de la juventud y la juventud de la vejez.  Perogrullo y su secta de obvios sostienen que tan pronto nacemos empezamos a envejecer. Para los polacos la vejez no le salió nada bien a Dios. Quiero mucho a los polacos, empezando por Chopin,   pero estoy en desacuerdo. A mi edad, no me cambio ni por Dios mano a mano, como reza una amiga atea. 

 La vejez me entró por los pies.  El andamiaje que sostienen las piernas pesa demasiado.  Adonde llego  busco la tierra prometida de un asiento. Subo o  bajo escaleras pegado de los pasamanos. Con gusto invitaría a su inventor a trago y viejas. 

Bajo las escaleras de lado lo que reduce las posibilidades de que el talón se roce contra el escalón y estas carnitas sigan «cuesta abajo en su rodada». A estas alturas del partido, nos tenemos terminantemente prohibidas las caídas.

Este escriba el día de su primera comunión. (Estudios fotográficos Garcés  prestó el traje, el misal, el rosario. Yo aporte la cara de “yo no sé nada, yo llegué ahora mismo, si algo pasó, yo no estaba ahí”).

Envejecer es escoger fiesta y cambiar de médicos. Los mejores son los que acompañan a sus pacientes hasta la tumba. Un amigo galeno, Hipócrates Mejía, también añoso, afirma: «No nos estamos volviendo viejos. Ya somos viejos.  Tomémoslo como un regalo de la biología».

En ese otro yo que es mi mesita de  noche, “se mecen altaneras” pepas de todos los pelambres. Incluidas pastillas para la memoria que olvido tomar.

Claro que mi salud es tan buena que si me sacan el ficho tan pronto termine de escribir esta columna, sería el más aliviado del cementerio. Y el más rico: soy millonario en buena salud y tiempo libre. También me gustaría tener mala memoria. Pero el hombre propone y Alzheimer dispone.

Por supuesto, estoy al día en el seguro exequial. Me daría pena que  familiares y amigos tuvieran que hacer pacífica vaca para financiar mi entierro. (“Poema a la piedad”, llamaba Gandhi a las vacas).

A los lectores que me han seguido hasta aquí les juro por Nacho, mi chihuahua, que la he pasado del carajo desde cuando era piernipeludo, “anticristo de la calle”, chinche, masa o chinga en la semántica de antes. Entonces no era del barrio,  era el barrio, como dice  bellamente mi sucesor en Aranjuez, el rapero Gambeta, de Alcoliykoz, en el lúcido cara a  cara que publicó este diario  con otro ilustre aranjueceño, Gilmer Mesa, el Borges de la cuadra. Nos podemos dar por bien servidos del codazo generacional con este par de iluminados.

En pleno ocaso, a muchos nos da por publicar en «nuestras» redes fotos de la primera comunión, de cuando tamborileábamos en la banda de guerra, o se peleaban por  nosotros los fotógrafos que tomaban instantáneas en Junín. A nuestra vanidad le gusta recordar aquellos tiempos en que «teníamos salud, sonrisa, juventud y nada en los bolsillos». 

Redondeo esta faena sugiriendo que no se pierdan  la vejez, ese paseo de día entero con sancocho de olla, pelota de números y pantaloneta en la cabeza.

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