
La foto más reciente de la informalidad en Colombia muestra un país donde más de la mitad de los trabajadores sigue fuera de la formalidad. ¿Por qué la informalidad resiste incluso con crecimiento, qué palancas deberían activarse en 2026 y qué riesgos se profundizan si la aguja no se mueve? Análisis.
Por: Juan David Cano
En Colombia, la informalidad no es un fenómeno marginal ni transitorio, sino un problema estructural. Según el último informe del Dane, el 55,4 por ciento de las personas ocupadas en el país trabajaban en condiciones de informalidad en el trimestre móvil agosto-octubre de 2025, una reducción de apenas 0,2 punto porcentuales frente al mismo trimestre de 2024.
En términos simples, más de la mitad de quienes trabajaron en ese periodo no contaban con un vínculo laboral que les garantice cotización plena a salud y pensión, ni estaban insertos en una unidad productiva formal.

La brecha no tan notoria entre cabeceras versus rural
Aunque la informalidad no se distribuye de manera uniforme, afecta tanto en la ciudad como en el campo. En zonas rurales, la proporción de informalidad fue 83,2 por ciento en el trimestre reportado. En otras palabras: en el campo, la informalidad no es la excepción; es la norma.
En contraste, el boletín reporta un 43,7 por ciento de informalidad en 23 ciudades y áreas metropolitanas. Aunque es mucho menor que en la ruralidad, incluso ahí, donde están las empresas grandes, la administración pública y buena parte del empleo asalariado, cuatro de cada diez ocupados siguen siendo informales.

La informalidad también tiene territorio y género
Las diferencias regionales refuerzan esa dominación de la informalidad. En el trimestre analizado, el Dane identificó a Sincelejo (68,8 por ciento), Valledupar (64,7 por ciento) y Cúcuta A.M. (62,7 por ciento) como las ciudades con mayor informalidad. En el extremo opuesto se ubicaron Bogotá D.C. (34,8 por ciento), Manizales A.M. (36,2 por ciento) y Tunja (39,4 por ciento), con menos, pero no lo suficiente para marcar una diferencia.

A nivel nacional, el 57,8 por ciento de los hombres ocupados trabajaba en la informalidad, frente al 52,2 por ciento de las mujeres. Aunque la proporción femenina es menor, en ambos casos la informalidad sigue siendo mayoritaria, una señal de que el fenómeno atraviesa sectores, oficios y tipos de vínculo laboral.

¿Por qué Colombia sigue atrapada en la informalidad?
El problema no se limita al trimestre móvil entre agosto y octubre de este año.Desde hace décadas, el trabajo informal ha superado o se ha mantenido cerca del 50 por ciento del empleo en Colombia, incluso en periodos en los que los gobiernos de turno celebran aumentos en la ocupación o repuntes del crecimiento económico.
En 2025, por ejemplo, BBVA Research proyecta que la economía del país crecerá alrededor de 2,5 por ciento. En paralelo, el mercado laboral ha mostrado señales de recuperación: la tasa de desempleo nacional se ubicó en 8,2 por ciento en octubre de 2025, su nivel más bajo para ese mes en la última década.
Aun así, la informalidad está por cerrar el año en la mitad de la fuerza laboral, lo que plantea una pregunta fundamental: si la economía crece y el desempleo baja, ¿por qué la informalidad no cede?
El profesor del Departamento de Finanzas de la Escuela Internacional de Ciencias Económicas y administrativas (EICEA) de la Universidad de La Sabana, Wilson Rodríguez, respondió a CAMBIO desde la lógica de inversión y horizonte empresarial.
Su punto central es que el empleador no contrata formalmente solo porque un año le fue bien; contrata formalmente cuando cree que el crecimiento va a durar. “El empresario no está mirando en un año o en dos: él está mirando en un horizonte de tiempo mayor y solamente generará empleo (formal) siempre y cuando él vea que ese crecimiento de largo plazo va a ser sostenido”. En otras palabras, lo que dice Rodríguez es que el crecimiento de 2025 puede ser real, pero si el sector privado lo percibe como frágil o transitorio, no se convierte en empleo formal adicional.
El profesor de economía y gobierno de la Universidad EAN, Juan Diego Lobo, coincide en el diagnóstico de persistencia, pero ubica la causa en un terreno más estructural: la falta de productividad. “Estamos como tal en un país en el que la estructura productiva (tiene) un fenómeno persistente de bajas productividades”, explicó.
En otras palabras: si las empresas producen con baja eficiencia, tienen menos margen para pagar formalidad. Y eso se agrava porque, como él mismo explica, “cerca del 90 por ciento de las empresas en Colombia si no son micro, son pequeñas empresas”. Las microempresas son negocios de menos de 9 personas. Allí donde predominan los comercios familiares, talleres y tiendas de barrio, con márgenes estrechos, cumplir con las reglas laborales y los costos asociados a la formalidad se dificulta. “Estos costos administrativos y costos de parafiscales vienen a ser una barrera a la entrada en la formalización laboral”, concluye Lobo.

¿Qué palancas activar en 2026 para romper la inercia de la informalidad sin destruir empleo?
Pero, entonces, ¿qué se puede hacer para cambiar la situación de la informalidad en Colombia? Para Rodríguez, cualquier estrategia de formalización pasa primero por recuperar condiciones macro que estimulen la inversión para generar más empleos.
“Las palancas tienen que ser una estabilidad política muy importante”, sostiene, junto con el fortalecimiento de las relaciones comerciales, en especial con Estados Unidos. A eso suma la seguridad como condición básica. “Tiene que haber paz, tiene que haber una estabilidad en seguridad en Colombia, porque la inestabilidad interna que estamos viviendo no genera buenas perspectivas a futuro”.
El economista también pone el foco en la relación entre impuestos y confianza ciudadana. “La gente puede pagar impuestos más altos siempre y cuando los vea revertidos en su día a día”, afirma. Cuando eso no ocurre, el incentivo a permanecer en la informalidad aumenta. “Cuando tú no ves revertido los impuestos que pagas, siempre vas a querer tener trabajos informales o pagar menos impuestos de lo que deberías estar pagando”.

Lobo coincide en que la formalización no se logra con una sola política, pero enfatiza la necesidad de intervenir directamente los costos laborales. “La formalización laboral actualmente es costosa, porque las cargas laborales para el empleador son elevadas”, afirma. En su opinión, uno de los debates inevitables debe ser el umbral de cotización. “El salario mínimo no debería ser la barrera que nos imponga esa restricción a la formalización”.
La idea, explica, no es eliminar aportes, sino ampliar la base de cotizantes. “Si flexibilizamos esa cuota inferior de aportes, la idea es cubrir a una población mucho más grande”, incluso si los aportes individuales son menores. A eso suma incentivos tributarios bien diseñados, sin una focalización extrema que termine haciendo inviables los programas, y la posibilidad de subsidios temporales que no se conviertan en cargas permanentes para el presupuesto.
¿Qué riesgos vienen si todo sigue igual?
Con este reto pendiente a superar, los riesgos de tener un mercado principalmente informal no pasan desapercibidos. Rodríguez va directo al riesgo social: “El riesgo más grande es que las personas no puedan cotizar ni hacer una pensión”,advierte. En ese escenario, “se puede quebrar el sistema de salud y el sistema de pensiones, porque no hay cotizantes que puedan soportar esos costos futuros”.
Lobo amplía el horizonte y lo conecta con la dinámica demográfica. “Si persistimos con informalidades que ronden el 55 por ciento, nos encontramos con problemas de mediano y largo plazo en términos de crecimiento económico”, afirma. La informalidad, dice, frena la innovación, limita la productividad y reduce la capacidad de las empresas para crecer.

A eso se suma el envejecimiento poblacional. “Colombia es un país que está envejeciendo”, señala Lobo, con generaciones nuevas cada vez más pequeñas. El resultado es una ecuación compleja: menos trabajadores futuros y una alta proporción de informales hoy. “Vamos a tener menos colombianos que puedan aportar activamente al sistema pensional”, advierte, lo que incrementa la presión sobre las finanzas públicas y reabrirá debates sobre edades de jubilación y niveles de aporte.
La última radiografía oficial disponible muestra que Colombia entra en la antesala de 2026 con una informalidad estructuralmente alta, una brecha territorial profunda y un aparato productivo que sigue empujando a millones de trabajadores por fuera de la formalidad. El desafío ya no es solo crear empleo, sino transformar las condiciones que hacen que, incluso cuando la economía crece, la formalidad no avance.
