Así pasó: 1948, El bogotazo

Gaitán, ya fallecido, y los médicos que intentaron revivirlo en la Clínica Central de Bogotá.

Por Jairo Ruiz Clavijo

¡Lo mataron, lo mataron! El mismo grito invade a toda Colombia, no e necesario decir a quien ni porqué. Jorge Eliécer Gaitán muere al salir de su oficina de tres disparos hechos por un hombre que nunca ganó lo suficiente para comprarse un arma de fuego, pero que  fue señalado como el responsable por un elegante hombre de gris que esperaba apoyado en un automóvil negro. 

Gabriel García Márquez, el joven reportero, nunca se atrevió a decir si realmente Roa Sierra fue el asesino y lo mandaron matar para que no contara nada o si lo utilizaron para ocultar al asesino. Siete décadas después continúa la investigación exhaustiva,

El pobrerío se desprende de los cerros como un alud e invade a Bogotá como un huracán de dolor y de la ira rompiendo vidrieras, volcando el tránsito en las vías e incendiando edificios. En el centro de la ciudad las ruanas indias y las alpargatas obreras, manos curtidas por la tierra o por la cal, manos manchadas de aceites de máquina o betún. En torbellino acuden los estudiantes y los camareros, las lavanderas del río y las vivanderas del mercado, las siete amores y los sieteoficios, los buscavidas, los buscamuertes y los burcasuerte.

Del la multitud se desprende una mujer llevándose cuatro abrigos de piel, todos encima, torpe y feliz como osa enamorada, como conejo huye un hombre con varios collares de perlas en el pescuezo y como tortuga camina otro con una nevera a la espalda.

Un joven estudiante cubano que tenía cita a las dos de la tarde con el líder ve que una avalancha humana se le viene encima. El corpulento joven se pone una gorra sin víscera. Fidel Castro se dejan llevar por el pueblo

En las esquinas, niños en harapos dirigen ell tránsito, en las cárceles  los presos revientan los barrotes, alguien corta a machete las mangueras de los bomberos. Bogotá es una inmensa fogata.

Los edificios públicos son saqueados, por sus ventanas brotan máquinas de escribir, teléfonos, escritorios, pero ningún político. Llueven balazos desde los campanarios de las iglesias y la multitud, detrás de unos tanques o montada en ellos, se dirige a Palacio.

(Arturo Alape, El Bogotazo, Memorias del olvido, Bogotá, Pluma, 1983)

Jairo Ruiz Clavijo

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