Amarcord (En dialecto emiliano quiere decir Me acuerdo)

Selfi, del maestro Angulo desenfocado, con su otro yo, una orquídea.

Al alimón, Guillermo Angulo y Óscar Domínguez entrelazan recuerdos

Escritor, fotógrafo, viajero impenitente, ha sido editor y desde hace unos años jardinero (orquidiota, dicen en Venezuela), el maestro Guillermo Angulo, con 93 años bien vividos , comparte recuerdos carnosos y divertidos con su amigo, Oscar Domínguez, con eróticos 75 abriles, quien los complementa. El Amarcord del maestro de Anorí se publicó en la revista Soho. El suyo y el de Domínguez fueron publicados en El Tiempo. (Lo de Domínguez va entre paréntesis).


GAG: Me acuerdo de los primeros besos que vi en Medellín, en el cine del barrio San Benito, administrado por religiosos. Había un cura que se paraba debajo del proyector y tapaba el haz de las 24 imágenes por segundo con una escoba cuando intuía el peligro inminente de que en la pantalla los actores se fueran a besar. No alcanzábamos a ver ni siquiera la mitad, a través de la despelucada escoba.
(ODG: Eso nos pasaba a los chinches de Aranjuez, en Medellín, con el cine-manga que nos presentaba el párroco, Hernando Barrientos Cadavid. El proyectorista (¿¡) era el mismo don Pedro, el sacristán, que tocaba el órgano. Con las mismas manos nos ocultaba los besos de Jáne y Tárzan, nombres que pronunciábamos con tilde en la a para no parecernos a nadie. Misiá Margarita Mejía, una jericoana madre de un cuñado, me contó alguna vez que el primer pecado que confesó fue el de haber deseado dar un beso como que el que se dio una primita suya con su novio de ocho años). 

GAG: Me acuerdo de cuando vivía en Maracaibo, y una señora me denunció por nudista. La disculpa era el calor, pero la señora se tenía que encaramar en un cajón para verme, por encima de la tapia. 
(ODGUn amigo nos financiaba trago y el bus desde Envigado hasta Laureles dizque para ver viejas desvestirse a través de las ventanas. En los ojos de nuestro amigo había una variada colección de cucos y brasieres. En cambio en los de nosotros también. Desde entonces tengo pulso de voyerista). 
GAG: En la cárcel, un colombiano me dijo: 
—Tenga cuidado que aquí en la noche se lo tiran a uno, y ni siquiera le pagan.
Afortunadamente, Manuel Mejía Vallejo, que era periodista en el Diario de Occidente, de Maracaibo, me rescató antes de llegar la noche. 
(ODG: Yo siempre he tenido la libertad por cárcel. Solo una vez, en la década del cincuenta, me metieron a la bola —carro de la policía— por jugar fútbol en la calle 92 de Aranjuez. Mi llanto convenció a la ley de que darle patadas al balón no era ningún delito: era nuestra vida).

GAG: Me acuerdo de cuando pasaba por Guayaquil (antiguo barrio de putas de Medellín) y vi en una cantina a mi madre, sin zapatos, sentada a una mesa tomándose una Freskola. Entré y le dije: 
—Miña, a las cantinas no pueden entrar mujeres. 
Mi madre, impasible, sorbiendo su gaseosa y aireando sus pies, me dijo: 
—Ay, mijo. Yo venía tan cansada, y vi este lugar como tan decente, atendido por señoritas, que decidí entrar a enfriarme los pies y tomarme un fresquito». 
(GAG: Mi padre tenía el expreso Santa Bárbara en pleno Guayaquil. Un día me vio en la madrugada tomando aguardiente en el café Armenonville, pero decidió que ese no podía ser su vástago sino un cliente muy parecido. Lo supe después. Una noche me bajé de un bus en pleno Guayaco. Una de las pájaras de la noche tan pronto me vio, me dijo: Vos fuiste el /&%$#» que me puso conejo la otra vez, ¿no? Entró en una cantina, volvió hilachas una botella de cerveza y salió detrás de mí. No sabía la vieja que yo era corredor de cien metros planos. Lo habría hecho bien como raponero, pero Dios me tenía para otros menesteres como palabrotraficante).
GAG : Me acuerdo de cuando Ligia, mi hermana mayor consiguió novio. Era maestra en Anorí y todas las tardes, al salir de clases, se sentaba frente a la alcaldía con mi tío Arturo —que era el alcalde— a ver pasar la misma gente. Un día el panorama cambió: empezó a atravesar la plaza lentamente en su mula un personaje nuevo: alto, buen mozo, con cara de extranjero. Mi tío lo miró y le dijo a mi hermana: 
— Te tenés que casar con ese tipo. 
—¿Y vos lo conocés?— le preguntó Ligia. 
— No, dijo mi tío. Es la primera vez que lo veo. 
—Y entonces ¿por qué me tengo que casar con él?
Y mi tío, que era gallero, jugador de dados y sobre todo, sabio, le dijo: 
—Porque más vale calavera de míster que antioqueño entero. 
El final feliz fue cuando el recién llegado resultó ser un médico italiano, conoció a mi hermana, se ennoviaron, se casaron, vivieron felices y comieron perdices durante más de medio siglo. 
(ODG: Yo era chaperón de una de mi tia Judith cuando su novio la invitaba a vespertina al teatro Alamede. No veía nada a partir del primer paquete de mecato que me daban. Su amigo Mejía Vallejo diría: en la historia de su hermana Ligia hay una novela, mínimo un cuento. Mis hermanas todas se casaron a mis espaldas. No comieron perdices pero han sido felices. Creo).
GAG: Me acuerdo de la primera vez que fui a París. No tenía idea de francés. En el restaurante leí boudin y lo pedí sin entender. Cuando me lo trajeron le dije a una amiga: 
—¿Venir hasta París a comer morcilla? Mejor me hubiera ido pa’Envigado. 
(ODG. La primera —y única vez— que estuve en París, la ciudad no me “epató”. Me pareció que ya lo conocía por las películas. Y por uno que otro libro. Puro déjà vu, que llamamos (¿¡) los franchutes. Podía haberme quedado de vacaciones en el pequeño apartamento de mi hermana, en el bulevar Sully Morland, que tenía un circo al borde de la quiebra: se le habían crecido tres enanos, su principal atracción. En el mismo piso donde vivía mi hermana conocí una madame nonagenaria que de pronto sacaba el gato —sí, el gato, no el perro— a pasear por los alrededores. Preferí regresar a Cocorná a pasar el fin del año en una casa que todavía no tenía luz. Esa madame me persigue con su eterna soledad. Me sonrió amablemente y desapareció para siempre detrás de la puerta de su apartamento).
GAG: Me acuerdo de cuando mi hermana Morelia y yo estábamos comiendo queso y tomándonos un vino tinto. Ella, al llevarse el camembert a la boca y aspirar el fragante olor, se detuvo, me miró y me dijo en paisa: 
—Eh, ave María, Guiller; siempre es que hemos progresado mucho, ¿no? Nacidos en Anorí y comiendo este queso tan hediondo. 
(ODG: En una «cata» te quesos pornográficos una sobrina le preguntó a su mamá. «Mami, y estos quesos de qué país son?». «Mi amor, de Holanda». “Pobres holandeses, mami»).
GAG: Me acuerdo de cuando mi hijo mayor tenía doce años y el menor seis. Por lo tanto el mayor era el que debía saberlo todo, como si fuera el sabio de la familia. (Hoy las cosas se han invertido). Entonces el menor le pregunta al mayor: 
—Hermano ¿por qué el piano trae teclas blancas y negras? 
El mayor comprendió que se jugaba su prestigio en la respuesta y le contestó sin vacilar: 
—Las teclas negras solo se tocan en los entierros». 

selfi de odg, enfocado, con su otro yo futuro.


(ODG: ¿Y Andrea por qué no tiene pipí?, le preguntó a su hermanita mi hijo, Juan, a los cuatro o cinco años. – Yo sí tengo, ¿pero no ve que lo tengo escondido?, le respondió mi hija. En otra ocasión, mi hija se lamenta: «Papi, nosotros sí que les preguntamos cosas a ustedes, ¿no?». «Pregunta, Andreíta, que para eso estamos los padres». «No, es que ustedes nunca nos saben responder»).

GAG: Me acuerdo de cuando Gabriel García Márquez me escribió: 
Cuando llegues a Roma, si yo no estoy, ve a Piazza Italia número 2. Tocas el timbre y va a salir una señora gorda, con una toalla en la cabeza, cantando ópera. Pregúntale por Fernando Birri, que él sabrá dónde estoy. 
Cuando salió la señora, tal como Gabo me la había descrito, cantando La donna è mobile, me tuve que reír. Y ella se molestó mucho. Le pregunté por Birri y respondió, furiosa: Lástima que se haya ido a América, porque ese sí era un suramericano bien educado. Insistí, dejando pasar la alusión, preguntándole: ¿Y Gabriel García Márquez?. Y ella me respondió con un fuerte acento romano: A quello lì, chi lo conosce? (A ese, ¿quién carajo lo conoce?). 
(ODG: Las tres veces que ví a García Márquez, en Washington, Madrid y Estocolmo, me dio culillo hacerle preguntas. Me tupí. Eso sí, en Estocollmo le tomé fotos de puro chambón. En una de ellas —la única que conservo— aparece su amigo, Nacho Martínez, el del restaurante El Triángulo, de Nueva York. También está en la foto, además del maestro Escalona, el coronel Nolasco Espinal, de san Pedro de los Milagros, Antioquia, mi compañero de cuarto en el Amaranteen Hotel de Estocolmo. El entorno de Gabo lo acusó de ser un espía de la CIA. Nunca creí que fuera espía. Finalmente, lo absolvieron de cargos. En las noches, mi coronel guardaba toda la ropa que había llevado en su maleta. ¿El argumento? El antiguo combatiente de la guerra de Corea decía que había que estar preparados para cualquier eventualidad. Don Gabo no se enteró de que este brillante «reportero” estuvo cubriendo la entrega del premio). 

GAG: Me acuerdo de Gabo preguntándome: ¿Has oído a los Beatles. No me interesan —le dije—, apenas sí los he escuchado de paso, como quien oye llover. Y él me dio un consejo que parecía orden: A los Beatles hay que sentarse a oírlos con toda seriedad, como si fueran Mozart. 
(ODG: Veo que su amigo Gabo no ha oído a los Rolling Stones. Habría dicho lo mismo, pero hablando de estos abuelos setentones).

GAG: Me acuerdo de cuando leí en el diario Avui, de Barcelona, la pregunta que a don Guillermo Díaz Plaja, de la Real Academia Española, le hizo un periodista: ¿Es cierto que en Colombia se habla el mejor castellano de América?. Y él contestó: Pues mire usted. Yo he pasado por el aeropuerto El Dorado y me han preguntado: ¿Le provoca tinto o perico? Y yo he respondido: Lo único que he comprendido es «le». 
(ODG: Ese cuento de que aquí se habla el mejor español, creo que es de un embajador (léase lagarto) boliviano. Desde entonces, vivimos de ese cuento). 

GAG: Me acuerdo de mi paseo ecológico, invitado por las Farc (la culebra estaba viva), en el que me cuidaba un guerrillero que tenía un fusil con mira telescópica. Él me prestaba la mira con todo y fusil para que yo comprobara si lo que había en la copa de un árbol era un cardo o una orquídea. 
(ODG: Maestro GAP, ¿usted estuvo secuestrado o fue de camping, como diría Silvio Berlusconi? Nuestro embajador en la OEA diría que se fue a engordar)

GAG: Me acuerdo de mi firme decisión: si llegara a escribir mis memorias las titularía Memorias del alzheimer, y las dedicaría así: A don Alois, sin cuya abnegada ayuda estas memorias hubieran quedado plagadas de recuerdos de verdad. 
(ODG: Mis memorias se llaman: De anonimato nadie ha muerto. Pero nadie se ha acordado de comprarlas. Me tocará hacer lo que he hecho con mis demás libros para que se agoten: comprarlos para regalarlos. Soy best seller de libros regalados…).

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: [email protected]

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