Albalucía Ángel: “La libertad me ha permitido llegar a los 90 años”

Albalucía Ángel, en Bogotá, el 8 de septiembre. NATHALIA ANGARITA

La novelista colombiana recibe el premio León de Greiff en reconocimiento a su obra literaria tras haber sido ignorada durante décadas por escritores del ‘boom’ latinoamericano y agentes literarios

CAMILA OSORIO

Bogotá – 

En un lugar de la literatura colombiana donde conviven el feminismo, la ciencia ficción, la medicina natural y la historia de la violencia, nació la escritora Albalucía Ángel. La novelista pereirana que cumplió esta semana 90 años fue reconocida este viernes por su contribución a las letras colombianas con el premio León de Greiff, un reconocimiento que llega al final de su vida. “Dicen que somos las escritoras silenciadas, pero mentiras, somos las ignoradas”, dice en entrevista con EL PAÍS. Ignorada a pesar de que vivió en Europa con los grandes del boom, de Carlos Fuentes a Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, pero más cantando rancheras para ellos que encontrando su apoyo o el de sus editoriales amigas. Cuenta, por ejemplo, que no obtuvo la bendición de Carmen Barcells, la poderosa agente literaria. 

Pero Ángel siguió escribiendo y su novela más conocida en Colombia, Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), es lectura obligada para entender el horror que vivieron millones de colombianos tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en abril de 1948. Menos conocidas son las mujeres galácticas en su novela Tierra de Nadie, su feminismo pionero en Misiá Señora y Las Andarriegas, su reivindicación de lo andrógino en Dos Veces Alicia o sus entrevistas a las mujeres ignoradas de las letras en De vuelta del silencio. A Albalucía la llamaron loca más de una vez, un insulto que poco le importa a quien incluye en su literatura desde a Lewis Carroll como al pensamiento kundalini. “Loca pero nunca bruta”, dice. 

Pregunta. Varias vacas sagradas de la literatura le dijeron por años que usted no era buena escritora. ¿Dónde consiguió la seguridad para insistir? 

Respuesta. Creo que porque tuve una abuela que era la partera del pueblo, Leo, y cuando yo entraba a un lugar, ella y cinco tíos decían: “acá entra la reina Victoria”. Yo era una fiesta. Ella me daba mucha fuerza, mucha seguridad de que yo era auténtica. Mi madre, que era Virgo, en cambio, me decía que yo no dejaba hablar. Yo era una criatura extraña, fuera de tiesto, que disque muy intelectual, y esa atención me dio mucha fuerza. Y mi mamá, a quien le agradezco también, me bajó el ego, para que no me creyera que yo podía ser una estrella antes de tiempo. Mi madre me atajó, mi abuela me aumentó. 

P. ¿Y los escritores del boom con los que se cruzó le impulsaron o le atajaron?

R. A Gabo lo crucé en Barcelona cuando yo vendía café, me ofreció su casa y me lo tomé en serio. Era una cosita chiquitica. A media cuadra vivía Marío Vargas Llosa, y todos los domingos venía Julio Cortázar, aparecía Pablo Neruda, y yo cantaba hasta las dos de la mañana. Yo cantaba rancheras y a Julio le gustaba el vallenato. Yo oía los diálogos de Cortázar con Mutis sobre jazz, y Mario y Carlos Fuentes hablaban de política. Yo era alucinada, pero nunca se dijo ahí si yo escribía o yo no escribía.

Albalucía Ángel muestra uno de sus libros.NATHALIA ANGARITA

P. ¿Nunca les dijo?

R. Nunca, y el Gabo sí sabía que yo escribía. Tiempo después, Carlos Fuentes me preguntó un día si yo escribía, y les preguntó “¿Sabían que Albalú era escritora?“ Alguien respondió: “Se perdieron las gambas al ajillo”. Eso fue todo. El único que me dio un espaldarazo fue Pepe Donoso. Luego, muchos años después, hice un libro sobre mujeres escritoras, De vuelta al silencio, que arrancó en Costa Rica con un simposio de mujeres gigantesco. Allá estaban Luisa Mercedes Levinson, Nélida Piñón, Ana Istarú, Claribel Alegría, y entrevisté a muchas de ellas.

P. En una entrevista del 2019 dijo: “Los premios póstumos y los premios a los 90 años me ofenden”. ¿Le ofende recibir estos reconocimientos hasta ahora?

R. ¡Ja! Lo dije porque me ofende cuando dicen que somos las silenciadas porque era mentira, no estábamos en silencio: éramos las ignoradas. A Elena Poniatowska le dieron el premio Cervantes a los 81 años, después de que se murieron Carlos Monsiváis, Octavio Paz, Carlos Fuentes. Acá en Colombia la excepción es Piedad Bonnet, que es una gran poeta [y recibió el premio Reina Sofía], pero francamente seguimos en la cola. Solo después de que se mueren los sagrados varones a las mujeres se les puede ofrecer un premiecito. 

P. Usted no solo se identifica como feminista, sino como una persona andrógina, y en los años setenta ya hablaba de androginea en Dos veces Alicia. ¿Cuándo se descubrió como una persona andrógina?

R. Mi padre perdió el primer bebé, que era un niño, fue horrible. Luego, a los siete años me regaló un machete chiquitito, me puso unas botas, me llevó a pescar: yo era un muchachito. Nadie se clavaba en las rocas como yo, pescaba como yo, y mi madre no decía nada, le daba lo mismo. En la universidad, en un coro, me ponían a cantar con los hombres. Y cuando llegué a Europa, a Barcelona, me corté el pelo muy corto y me vestía con pantalones en plena época de Franco. Siempre fui un personaje andrógino, desde que estaba con mi papá me sentía totalmente liberada de ser mujer o de ser hombre.

P. También ha contado que no quiso cumplir con el mandato de la maternidad.

R. A los siete años le dije a mi madre “yo no puedo tener hijos en este mundo tan horrible”. Me había tocado ver lo de Hitler, pues por la noche mi padre escuchaba la BBC en castellano y yo oía todo lo que pasaba y me iba a la cama con todo eso. Cuando le dije a mi mamá “no puedo tener hijos”, ella me dijo “me parece muy buena idea”.

P. ¿Se quedó más bien con la curiosidad de explorar la violencia? Su libro La Pájara Pinta es una mirada coral del Bogotazo.

R. Cuando volví a Colombia, después de un accidente en el que casi me muero, me voy a Bogotá cuando se cumplen 25 años de la muerte de Gaitán, y mucha gente hablaba de eso. Me encontré luego un muchacho que me dijo ‘de sardino, la policía nos tiraba los fusiles’. Encontré mucha gente en la calle que habla del 9 de abril, y luego me conseguí el libro de [Joaquín] Estrada Monsalve, y La Violencia en Colombia y otro de Jaime Arenas. Llené mi cuarto de periódicos y empecé a llorar con lo que leía todos los días. Hubo muchos libros sobre el 9 de abril, pero creo que La Pájara Pinta es más profunda porque mucha gente no quiso decir la verdad de lo que pasó ese día. Rojas Pinilla negó la matanza del circo de toros toda su vida, por ejemplo. La Páraja Pinta es la historia desnuda. Gloria Gaitán me dijo luego que leía el libro en los aviones, cuando tenía tiempo, y lloraba cada vez.

Albalucía Ángel, en Bogotá.NATHALIA ANGARITA

P. ¿Impactó porque Colombia no es capaz de creerse su violencia?

R. No la cree, siempre ha sido mejor negarla, porque hoy como antes siempre hay personas con poder implicadas, militares o políticos. 

P. Entiendo que a [al comandante guerrillero] Carlos Pizarrotambién le gustaba mucho el libro…

R. Eso me contó un muchacho del M-19: “Carlos nos hacía leer La Pájara Pinta en las trincheras, y la teníamos que comentar”. 

P. Se dice mucho que estamos regresando en la historia, a una versión más conservadora y de derecha que gobernó la primera mitad del siglo XX. Usted, que tiene 90 años, ¿se siente de regreso?

R. No, en realidad es una vuelta de tuerca. La vuelta de tuerca es lo mismo, pero más apretado. Hasta que no se pueda apretar más, y todo se incendia. Estamos en la última vuelta de tuerca y esto tiene que colapsar, la historia está muy apretada. La ciencia ficción del señor Elon Musk, y de Facebook, que le da la comidita a los niños, va más allá de Bradbury y de Asimov. 

P. ¿Siente que la edad le da una perspectiva privilegiada de la historia?

R. Entre más subes, más puedes ver. Eso es llegar al noveno piso: ves el mismo paisaje, pero no es el mismo, porque tienes más amplitud.

P. ¿Cuál es el secreto de su juventud? Parece 20 años menor

R. La libertad. Yo fui una mujer libre.

P. ¿Y qué lleva siempre unos palos en medio del pecho?

R. Me puse el palito de rosas cuando cumplí 50 años cuando empezó a llegar mi esencia, Arathia, que soy yo. Sin la rosa no puedo respirar, me ayuda cuando me elevo y empiezo a trabajar con la rosa una energía que no existe. Luego, cuando llegué a Noruega, empezó el palo del abedul, que se volvió también muy importante para mi, primordial.

P. ¿Por qué dice que ya no cree en la literatura?

R. Lo vengo diciendo desde que surgieron las clases de creación literaria. Gracias a Dios, como diría mi abuela, nunca fui a una. Aparecí un día en México en la casa de Elena Poniatowska, ella estaba con Carlos Monsiváis y otras chicas, y vi cómo ella quitaba y ponía una coma. Me dije ‘¿Esto qué es?’ Eso era la creación literaria. Hoy en día, veo que es la inteligencia artificial la que recorta, dice, pone. Y si no le gusta, cambia. Ahora leo poca literatura, me gusta más leer textos científicos, pero incluso cuando leo artículos de EL PAÍS, veo lo que la gente comenta y noto que la inteligencia artificial les dice qué decir. Lo mismo me pasa cuando leo los comentarios de El Espectador: qué comentarios tan impecablemente hechos, tan artificialmente hechos.

Albalucía Ángel, escritora colombiana.NATHALIA ANGARITA

P. Ya que sigue la actualidad, como escritora, ¿qué opina de que la nueva directora del ICBF ya no diga ‘niñas’, o ‘niños y niñas’, sino ‘niñez’?

R. Estaba esperando esa pregunta. Me parece un atropello de lesa humanidad a la inteligencia y, por supuesto, a la identidad femenina. Tratar de emparedar la primera letra del alfabeto, como en los tiempos patriarcales, en aras de una falsa premisa, es un exabrupto fuera de texto.

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