A propósito del mundial (13)Fútbol para lelos

1930, Primer Mundial de fútbol organizado por la FIFA. Participaron Uruguay y doce seleccionados invitados (9 de América y 4 europeos). Se disputó íntegramente en Montevideo y duró 17 días. * Argentina llegó a la final y perdió el título ante Uruguay, que se impuso por 4-2. El último gol fue convertido por Héctor Castro, quien fue llamado en el tiempo como el "Divino Manco" por su brazo sesgado desde los 13 años por una motosierra. * Guillermo Stábile fue el goleador del torneo con 8 goles y autor del primer triplete en la historia de los Mundiales.

Por Óscar Domínguez Giraldo

Retomo estas píldoritas balompédicas que encontré guaqueando  a pocas horas de la finalísima entre España, tío, y Argentina, che.

Obdulio Varela, mediocampista y capitán de Uruguay que le ganó  a Brasil el mundial-50, en su patio del Maracaná, celebró anónimamente la victoria en los bares de Rio, bebiendo cerveza y abrazado a los vencidos que nunca lo reconocieron. De regreso a Montevideo, se disfrazaba de vecino para que no lo identificaran.

Los uruguayos que ganaron las olimpiadas de fútbol de los años 24 y 28, jugaban por amor al arte de dar patadas.  Les pagaban en felicidad. En la felicidad que provoca jugar. Vivían de otros oficios, recuerda el escritor uruguayo Eduardo Galeano.

A  los 17 años, el español Pepe Samitier fue fichado por el Barcelona, de España, a cambio de un reloj y por un traje con  chaleco.

En Argentina a finales de los años cuarenta los árbitros eran ingleses que sabían tan poco español que no sabían pedir un churrasco ni señalándolo con el dedo en la carta, che. Tampoco existía el banco de suplentes.

El “Charro” José Manuel Moreno, argentino, rechazó  en el año 52 una oferta para jugar en el Nacional, de Uruguay. Jugó en otro (¿Danubio?) porque allí jugaban amigos suyos. Jugó para el Poderoso Independiente Medellín. En la era de internet, el brasileño Adriano regresó Rio para estar más cerca de sus camaradas.

Adolfo Pedernera, estrella de River Plate, de Argentina, de Millonarios y del Real Madrid, quien jugaba «como quien cultiva orquídeas», no quería que el partido de fútbol terminara nunca. Quería que el partido acabara como en el potrero: cuando el dueño del balón lo agarraba y se iba a dormir a casa.

El Nobel de literatura, Albert Camus, jugaba de portero pues es el lugar donde menos se gastan los zapatos. El jugador de la era del wasap tiene colecciones de zapatos que harían aparecer a la filipina Imelda Marcos  como una “pobre viejecita sin nadita” qué ponerse.

Antes de partir al más allá con la cuenta bancaria en estrepitosos ceros, el divino Mané Garrincha, del Brasil,  sentó esta jurisprudencia de vida: «Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí». Jugó un partido con el Júnior de Barranquilla. Prefirió regresar a la tierra prometida de los brazos de su amada Elsa Soares.

En 1928, el uruguayo Adhemar Canavessi, otro que jamás conoció el manicure, se bajó del bus que lo llevaba al estadio para jugar una final contra Argentina. Consideró que era ave de mal agüero para su equipo que había perdido antes con él en la cancha. Regresó al hotel y ganó su equipo.

Pedro “Perucho” Petrone, volvió  a su país después de un fugaz paso por la Fiorentina,  de Italia, el país del cineasta Passolini quien dejó dicho antes de partir: «El poeta del año debería ser el goleador del campeonato». 

Muchos seguimos copiándonos de Eduardo Galeano, y vamos por el mundo pidiendo la limosnita de una buena tarde de fútbol. 

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