Evocación de Carlos Pizarro

Carlos Pizarro Leon-Gómez Foto Alerta Roja

Por Óscar Domínguez Giraldo

(Como la nueva administración no desea ver a Carlos Pizarro Leongómez en el Museo Nacional, rescato este perfil del asesinado líder del M-19) od.

En busca del tiempo perdido en la guerra, el jefe del M-19,  Carlos Pizarro, cambió  la incomodidad del mosquito, el jaguar y la anaconda de las montañas por las luces y semáforos de la ciudad, y firmó la paz con el gobierno del presidente Barco.

No sospechaba entonces que en su lucha tendría que sufrir en pleno vuelo de un avión de Avianca, a un sicario eficiente, enviado especial de los paracos, que interrumpió su andadura el 26 de abril de 1990.

Poco a poco, de regreso a la civil, Pizarro había dejado de lado la dialéctica del fusil por ese aparato que convierte el silencio con teléfono en documentos: el telefax. En sus intervenciones por televisión se dejó seducir por el telepronter que vino a conocer de regreso a la civil. Por la paz se dejó meter el gol de admitir un apuntador en su oreja.

Este cachaco de rancia cuna, nacido sobre el nivel del charco en Cartagena, se bajó de su pinta a lo Che Guevara para enfundarse el traje de ejecutivo que lo mostraba como un egresado “bien” de , donde le tiró línea el célebre decano de derecho, el padre Gabriel Giraldo, hecho en Marinilla, Antioquia.

Pizarro tuvo el valor y la audacia de rectificar, una actitud que no se vende en la tienda de la esquina. Fue antípoda político de sí mismo, y condujo a sus ilusos y malolientes “guerrillos” por y hasta la tierra prometida de las ideas.

Carlos Pizarro en diálogo con periodistas en las montañas del Tolima cuando avanzaba el diálogo con el gobierno Barco. Al lado de Pizarro aparece Rafael Pardo, entonces consejero presidencial para la paz. Entrevistamos a Pizarro, Javier Darío Restrepo, Rafael Gálvez y odg. (Foto Colprensa)

Pero el crimen que no respeta pinta tampoco respetó al nuevo Pizarro, el de sombrero blanco de bacán, de ala caída. Con esa teja empezó a barajar y a dar nuevo.

Muchos nos seguimos preguntando a quién le sirven muertos como Pizarro, un señor serio, de sonrisa avara. Su actitud contrastaba con el mamagallismo sin piedad del M-19, que a su muerte quedó en manos de ese Woody Allen pastuso, el ex gobernador y exsenador Navarro Wolf, el de ruidosa pata de palo para no pasar de incógnito en la vida.

Pizarro tenía un sexapil físico-político que ponía a levitar a las damas, sin distingos de sexo social o político.  A su paso arrancaba  suspiros entre el eterno femenino.

Una vez que Pizarro coincidió con el presidente Barco en el centenario de la presencia lasallista en Locombia, los servicios se seguridad del estado detectaron  que más gente se hizo retratar con el comandante “Papito”.

Fallecido Pizarro muchos resultaron sus amigos, o cantaron tangos con él, o tomaron trago  en equis coctel. Es más, resultó tanto pato que iba a votar por él, que con semejante respaldo tenía garantizada la presidencia.

El sacrificio de Pizarro fue otro callo encima de los callos que nos han nacido a los colombianos que pasamos de un muerto ilustre a otro más encopetado. Hemos convertido minutos de silencio en un mundo de frases  inútiles. Como éstas que acabo de compartir.

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