Recorderis por Galán y Garzón

Luis Carlos Galán Sarmiento (Q.E.P.D.)

 Por Óscar Domínguez Giraldo

En el mes agosto fueron asesinados dos colombianos de excepción: Luis Carlos Galán y Jaime Garzón. Se cumplen por estos días  37 años del asesinato de Galán y 27 del de Garzón. Retomo notas para evocarlos.

El día de las exequias de Galán  le envíe estas líneas:

Señor Crusoe:

Amaneció bonito este domingo (agosto 21 de 1989). Por lo menos en Bogotá. Como para ir clandestinamente a misa en la mañana y en la tarde sentarse a ver  a  la selección de fútbol por televisión.

Le seguiré diciendo señor Crusoe, doctor Luis Carlos Galán, porque usted adoptó como seudónimo de faenas periodísticas el nombre del héroe de Daniel Defoe, a quien declaró su personaje inolvidable en la ficción cuando respondió el cuestionario de Proust.

Hoy en Colombia todos somos de alguna manera Robinsones despistados sobre todo pensando en la ironía que nos depara el día de su entierro en el Cementerio Central, en el pabellón de los inmortales, al lado de los expresidentes López Pumarejo, Laureano Gómez, Rojas Pinilla.

La ironía consiste en que tendremos exequias suyas en la mañana y fútbol en la tarde.

Es como si nos hubiéramos vuelto locos, los dueños del manicomio incluidos después de que fuera asesinado un símbolo (usted) que se aprestaba a imponer desde la presidencia el ritmo comunero que impregnaban sus tesis.

Le doy dos chivas, ya que usted sudó cuartillas desde el periodismo. La primera: a  partir mañana  lunes, no lo dudo, ingresará usted al santoral del pueblo en el Cementerio Central. Conoce la costumbre: cuando los demasiado buenos mueren, la gente los incorpora a la lista de sus santos preferidos y les piden milagros.

Ya veo la procesión de gente perpleja contándole sus cuitas ante la tumba donde yace una ilusión asesinada. Lo siento por algunos de los que serán sus compañeros de eternidad: usted les arrebatará flores y feligreses.

Chiva número dos: esta mañana, mientras compañeros de colegio de su hijo mayor, Juan Manuel, lo despedían con música barroca en el Salón Elíptico, cuando la multitud vio llegar a la Plaza de Bolívar a su jefe de campaña, César Gaviria Trujillo, comenzó a gritar: “Gaviria, Gaviria, Gaviria”.

Otros fueron más allá y corearon: “Gaviria, presidente”. ¿Será que los leguleyos de oficio encuentran un orificio en los estatutos que permitan sacar adelante esta opción que permita a quienes fuimos de-votos suyos, seguir al pie del cañón galanista?

Con su partida, señor Crusoe, los colombianos quedamos pagando escondederos a peso. ¿Qué pensar? ¿A quién creerle? Cuando todavía nos estremecíamos con la muerte del magistrado Carlos Ernesto Valencia, la mafia mataba en Medellín al comandante de la Policía, coronel Valdemar Franklin. En la noche usted era sacrificado en Soacha, municipio al sur de Bogotá.

 Parece una campaña encaminada a insensibilizarnos, aumentando macabramente la jerarquía de los inmolados.

Imposible no recordar en estos momentos una frase de Martin Luther King citada por la magistrada Graciela de Rodríguez, a la raíz de la muerte de su colega Valencia: “Lo que duele no es la crueldad de los malos, sino la indiferencia de los buenos”. No menciono otras frases porque nos estamos volviendo una casa de citas en medio del dolor.

Recuerdo la vez – no hace mucho- que su gente le celebró sus 25 años de actividad política, allí no más, en la Calle 34 con Carrera 17. Hubo hasta mensaje de su amigo de siempre en el exilio de siempre, Daniel Samper Pizano.

Lo que más me emocionó, aparte del homenaje que se le hizo a su joven integridad y a su inteligencia sin arrugas, fue el reconocimiento que hizo de quienes fueron sus maestros.

Mencionó en primera instancia a su padre, don Mario Galán  Gómez, diminuto en estatura y abundante en años como tantos abuelos. Lo puso por encima de otros maestros suyos: los expresidentes Santos, Lleras, Pastrana, quien lo nombró ministro de Educación cuando a usted apenas le despuntaba el alebrestado bigote, a los 26 años.

Sr. Crusoe: creo que no le quito más tiempo. Así como no se muere la paz cuando muere una paloma, tampoco han acabado la fe en Colombia porque lo mataron a usted. Claro que cuando fui a la farmacia a comprar pastillas que me permitieran reafirmarme en esta utopia, me informaron que de esas pepas ya no venden…

GARZóN

Hace 27 años Colombia era una carcajada de 38 millones de personas.

Jaime Garzón Forero (Q.E.P.D.)

Lo insólito e irónico del asunto es que la carcajada era por una persona que acababan de asesinar.

Despedíamos a carcajada ventiada  a Jaime Garzón, el irreverente humorista bogotano que no alcanzó a llegar hasta sus oficinas de Radionet.

Todos los días madrugaba a su emisora a decir verdades con una cierta sonrisa.

Ese día, el  país estupefacto y adolorido, reía con el corazón en la mano para lamentar su partida y declararlo su intérprete.

Garzón convirtió el humor en  herramienta para decirle al pan-pan.

Por eso los violentos hicieron pum pum, sobre su desdentada anatomía.

Si el Papa de Roma  se hubiera muerto ese viernes, los colombianos no habríamos quedado tan achicopalados.

Hacía tanto tiempo no se producía un dolor tan generalizado por un muerto, en este país de muertos diarios.

Sólo tenía 39 años cuando murió esa flor que no la primavera, dicho sea con una metáfora robada por ahí.

Tal vez ni él mismo imaginó que había penetrado tan hondo en el sentimiento de sus paisanos.

Se convirtió en una especie de Lady Di en el sentido de que de todas partes de  Bogotá, la gente se desplazó al sitio donde fue sacrificado para depositar una asustada flor. O una enfurecida plegaria.

Quienes más desfilaron por el Capitolio Nacional, donde fue velado, fueron los ninguneados  de la fortuna. También los niños madrugaron a llamar a Radionet para leer hermosos poemas de despedida.

Hasta los del gajo de arriba cuyas vergüenzas sacó al sol, marcaron tarjeta.

¿Quién mató a Garzón? Paracos y guerrillos se atropellaron para negarlo.

Hay un condenado: Carlos Castaño, jefe de las Auc, de quien nadie sabe dónde duerme. Y si todos los días despierta. Para variar no hay un solo detenido por el crimen de Garzón.

Garzón fue humorista, politólogo, master en mamagallismo, actor de radio y televisión, alcalde del Sumapaz, periodista, lustrabotas, hombre de teatro, poeta, cocinero, escritor, rumbero, columnista, guachimán, loco, gastrónomo, enólogo, anfitrión espléndido, salvador del mundo, irreverente buscador de paz. Quijote.

Es decir, no vino precisamente a gastar ropa. Su viaje a todas las Itacas fue intenso. Todos estos oficios perdieron con la muerte de Garzón.

No cabía en el cuero, del que se salía todos los días. La monotonía no fue su fuerte. Se tenía que salir de ella a través de alguna nueva audacia. No se repetía.

Era su clave para un éxito que le importaba un comino. El día que lo mataron proyectaba viajar a una cita por la paz. Descansá en tu eterna paz, hombre Garzón.

Ahora, si se te ocurre reencarnar, dejáte venir no más. Te esperamos.

Una lágrima virtual  por un colombiano fuera de serie.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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