
Ana Bejarano Ricaurte
Caigo rendida ante las historias públicas de amor, en especial ante aquellas que parecen épicas novelescas y unen a personas excepcionales. En estos días de emocionalidad desbordada, el discurso de la exprimera dama de los Estados Unidos Michelle Obama a su esposo, el expresidente Barack Obama, durante la apertura de su centro presidencial en la ciudad de Chicago, me conmovió hasta las lágrimas. Fue un discurso portentoso lleno de respuestas a la política del odio de Donald Trump, en el que se tomó el tiempo de cantar alabanzas a su esposo. Lo hizo con la cabeza en alto, como quien ama desde la admiración.
Entre las virtudes que resaltó Michelle de su esposo, dijo que se había ocupado de ser un buen primero; un buen primer presidente negro, que jamás perdió de vista lo que significaba esa gesta para la comunidad afroamericana, pero también para el país. Hoy es el penúltimo domingo de otro primero, el primer presidente de izquierda en Colombia.
Tendrá que pasar el tiempo para dimensionar los efectos reales de la presidencia de Gustavo Petro. Lo cierto es que el país sí cambió. Cambiaron las formas y representaciones que vimos en la Presidencia de la República y también el panorama político. Tanto así que Petro ayudó a elegir a un sucesor que promete meterlo preso. A pesar de los cambios que impulsó el primer presidente de izquierda, parece que no fue consciente de la responsabilidad histórica que sobre sus hombros recayó.
Hacia el final de su mandato, cuando el desorden de su errático estilo de liderazgo y la seducción de sus discursos intergalácticos ya lo tenían consumido, Petro se dedicó a reivindicar los símbolos de la guerrilla del M-19. Es como si el presidente no fuese consciente de que ese ha sido el principal motivo de estigmatización y violencia política en contra de la izquierda en Colombia.
Se entregó a ensalzar los símbolos del grupo armado al que perteneció, para que no quedara duda de que los mandatos de justicia social que él enarbolaba eran los mismos que para muchos sirvieron para justificar la demencial solución del alzamiento en armas.
Se consagró también a sumir sus ideas de progreso en discursos eternos, con pocas políticas públicas eficaces y serias, en medio de un gobierno desordenado sin un liderazgo contundente y entretejido con todos los corruptos de siempre. Se consagró a los símbolos y a las palabras, en lugar de trabajar arduamente para que sus promesas se convirtieran en realidad.
Prometió que promulgar leyes y entablar una batalla con el Congreso de la República para que acogiera sus propuestas sin chistar iba a transformar el país. La obsesión santanderista de Petro de la que reniega hizo mucho daño a Colombia y se parece tanto a la de muchos otros políticos con las mismas fijaciones. Vendió la idea de que el cambio depende de una y otra ley y no de que dejen de comprarse las conciencias para pasarlas y ejecutarlas. Fungió como agitador en las calles y en las redes sociales, sin contemplar las consecuencias tenebrosas para su gestión y para sí mismo. Ensució las banderas de la lucha feminista con las que se hizo elegir y llenó su gobierno de acosadores y hombres violentos a quienes defendió llamándolos “locos”.
Al final pareció que Petro nunca quiso ser el primero sino actuar como uno más, otro patriarca politiquero consumido por sí mismo, enamorado de la gestión que cree que hizo. Se rodeó de aplaudidores y adoratrices, y fue incapaz de ejercer un centímetro de autocrítica. Y aunque así hayan comportado otros presidentes, era muy importante que Petro supiera diferenciarse e hiciera un esfuerzo adicional para ser un buen primero.
Ser un buen primero también implicaba aceptar que se le aplicarían distintas reglas y maneras de medirlo; que era una gesta que podría abrir puertas y cambiar realidades y que no serviría de nada pedir que lo trataran como a los mismos de siempre. Fue un mal primero que dio papaya sin sosiego al establecimiento que quiere destruirlo y a cualquier opción progresista que aspire a ser poder real.
Ahora Petro se inaugura como otro primero: el primer líder de la izquierda que cuenta con casi trece millones de personas que votaron por reelegir su proyecto político. Aunque muchos también lo hicieron para detener la ultraderecha del presidente papucho, cuenta con un caudal que puede ser un verdadero contrapeso. Ojalá en esta ocasión, como dijo Michelle, entienda y respete la importancia de ser un buen primero.

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