Por Guillermo Romero Salamanca
El 6 de julio de 1986 el Papa Juan Pablo II llegó a la devastada Armero, divisó una inmensa cruz de cemento, se arrodilló frente a ella y encima del barro oró largamente. En silencio. Lloró también. Miles de personas que le acompañaron quedaron mustias y la transmisión de televisión se hizo en voz baja.
Era la oración de un Pontífice sobre las ruinas de un campo santo y de una región donde fallecieron cerca de 30 mil personas luego de la erupción del volcán Nevado del Ruiz, el 13 de noviembre de 1985.
Colombia pasó unos días de oscuridad. Primero fueron las guerrillas del M-19 que a plomo y fuego ingresaron al Palacio de Justicia con un saldo indeterminado de víctimas el 6 de noviembre de 1985.
El país aún no se reponía del nefasto acontecimiento cuando la naturaleza atacó con fuerza en el Tolima e inundó con agua, lava y barro la región de Armero.

En silencio, ante una gran cruz en mitad del camposanto de Armero, el papa Juan Pablo II se arrodilló, rezó y lloró por las víctimas de la avalancha que borró la población. Foto archivo/Google
El Papa viajero conoció las noticias al instante y semanas después programó la visita a Colombia que se realizó entre el 1 y el 7 de julio de 1986—visitó a Bogotá, Chiquinquirá, Popayán, Medellín, Bucaramanga, Armero, Tumaco, Cartagena, Barranquilla y Santiago de Cali.
El Papa Juan Pablo era un ser espontáneo, natural. Se recuerda la sorpresa que tuvo Aura Ligia, una cocinera del Seminario de Santiago de Cali. Ella estaba preparando los alimentos cuando el pontífice abrió la puerta, se dirigió al lavaplatos, abrió la llave, se lavó las manos y cuando se las secaba con el trapo de las ollas, entonces ella, aún asombrada, le alcanzó un limpión sin usar y se ganó una sonrisa.
Ese era Juan Pablo II. Sencillo. Al Papa polaco le fascinaba esquiar y practicó este deporte hasta los 73 años. Es recordada la historia de un chiquillo que se lo encontró en la pista. Los dos hicieron un par de bajadas por la montaña. El pequeño le decía a su mamá que estaba esquiando con el Papa. La señora no creía hasta que el mocito se lo presentó.

El pontífice Juan Pablo II rodeado de los fieles católicos en Medellín 1986. Foto GRS/Google
Karol Jósef Wojtyla nació en Wadowice, Polonia el 18 de mayo y murió el 2 de abril de 2005. Su pontificado empezó el 16 de octubre de 1978 hasta su muerte.
Toda su vida estuvo llena de lecciones. Doña Emilia, madre de Karol, decía que su pequeño Lolek sería un gran hombre.
En 1927, después de que el piloto americano Charles Lindbergh cruzó el Atlántico con su aeroplano, le preguntaron al pequeño Karol:
– ¿Tú que querrás ser cuando seas grande?
– Seré piloto –respondió.
– ¿Y por qué no sacerdote?
– Porque un polaco puede llegar a ser un segundo Lindbergh, pero no puede llegar a ser Papa.
No fue aviador, pero recorrió 1.140.000 kilómetros. “¿No se supone que debo ser el Papa de todo el mundo?”, solía decir.
El 16 de octubre de 1978 a las 13.45 la deportista polaca Wanda Rutkiewicz llegó a la cumbre del monte Everest. Hasta ese momento, ningún montañista polaco había conquistado esa cima, ella era también la primera mujer europea que lo conseguía. Ese mismo día y hora, monseñor Karol Wojtila fue elegido como Papa 264 de la Iglesia.
El 10 de junio de 1979, Wanda se encontró con él en Cracovia, durante su primera peregrinación a Polonia y le entregó una piedra conmemorativa de ese evento. Juan Pablo II le comentó:
-El buen Dios quiso que en ese mismo día los dos subiéramos tan alto.
Para Juan Pablo II todo era normal.
Monseñor Slawomir Oder, sacerdote encargado de promover la causa de canonización de Karol Wojtyla, contó una historia sobre lo sucedido cuando un periódico publicó fotos del Papa en traje de baño, lanzándose a la piscina de Castel Gandolfo.
“Cuando la noticia llegó a colaboradores del Papa, cundió el pánico: “¡Una foto del Santo Padre en bañador!”. Parecía que la Iglesia tendría que afrontar una crisis de comunicación.
Cuando le informaron, Karol Wojtyla comentó, como si se tratara de lo más normal del mundo: “¿De verdad? ¿Y dónde lo podré ver publicado?”.
“Y es que le daba igual”, comenta monseñor Oder. «Lo que parecía algo gravísimo, pasó como algo totalmente normal, que no afectaba ni a la vida ni a la misión del Santo Padre».
Era un hombre de memoria prodigiosa. Amante del teatro, la poesía y el canto. Poco después que el poder cambió de manos en Polonia de los nazis a los comunistas, él y sus compañeros seminaristas volvieron al seminario, pero las cañerías se habían congelado y las letrinas se encontraban en un estado de profundo caos. Sin inmutarse contribuyó a limpiar todo.
Según él mismo, el día más feliz de su vida fue cuando canonizó a la hermana Faustina como la primera santa del milenio. Con la venta de sus libros “Cruzando el umbral de la esperanza”, contribuyó con la reconstrucción de iglesias destruidas en Yugoslavia.
San Juan Pablo II tenía una ética laboral increíble, y uno de sus secretarios le describió como un “volcán de energía”. Trabajaba entre 12 y 16 horas diarias. Escribía unas 3.000 páginas anuales. Se sabía los nombres de los obispos, de los porteros, de los conductores y de los diplomáticos que le visitaban. Fue el primer Pontífice en visitar una mezquita.
Le fascinaba reír y reírse de él. Era el Papa de la alegría, de la esperanza y de la paz mundial.
Fue un encuentro de cuatro pontífices porque también estaba Benedicto XVI.
San Juan Pablo II en Colombia –Así lo reseñó La Arquidiócesis de Bogotá

El papa Juan Pablo II saludó a Colombia con un beso a su suelo al llegar el 1º de julio a Bogotá
En 1986, Colombia recibió con alegría y esperanza la visita del Papa Juan Pablo II, quien recorrió diez ciudades del país durante siete días en los que se vivió una profunda renovación espiritual (Radio Nacional de Colombia, 2017; Semana, 2017). Su llegada a Bogotá el 1 de julio fue especialmente significativa, pues en medio de un contexto marcado por la tragedia de Armero y la violencia del narcotráfico, el pontífice trajo un mensaje de fe, paz y reconciliación (Noticias Caracol, 2017).

El Papa fue recibido por el presidente Belisario Betancur y, siguiendo el gesto de su antecesor Pablo VI, besó el suelo colombiano como señal de cercanía y respeto hacia el pueblo (Semana, 2017). En la capital se congregaron millones de fieles que lo acompañaron en lugares como la Plaza de Bolívar, el parque Simón Bolívar y el sector de El Tunal. Allí dirigió palabras firmes y esperanzadoras, invitando a la guerrilla y a los actores de la violencia a abandonar las armas y abrazar la paz (Noticias Caracol, 2017).
El 27 de abril de 2014 el Papa Francisco canonizó a Juan XXIII y a Juan Pablo II.

Juan Pablo II saludó de mano a los fieles católicos boyacenses en su visita a la basílica de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá.
Con los jóvenes en El Campín compartió cantos y un mensaje que los animaba a ser protagonistas del futuro de Colombia (Noticias Caracol, 2017). Durante sus encuentros en la Catedral Primada y con comunidades eclesiales, Juan Pablo II insistió en la misión de los sacerdotes, en la dignidad de los campesinos y trabajadores, y en la importancia de la familia y la fe como cimientos de una sociedad reconciliada (Radio Nacional de Colombia, 2017).


En los estadios de futbol de Bogotá y Medellín el papa Juan Pablo II se dirigió y bendijo a los jóvenes colombianos. Fotos archivos medios y nunciatura apostólica
Su mensaje fue acogido como un bálsamo en tiempos convulsos y quedó grabado en la memoria de los colombianos como un llamado al compromiso cristiano y a la unidad (Noticias Caracol, 2017). El paso del Papa por Bogotá no solo fue un acontecimiento religioso, sino también un signo de esperanza en medio de la adversidad. Hoy, a casi cuatro décadas de aquella visita, su recuerdo sigue vivo en quienes lo vieron, y su legado continúa inspirando a la Iglesia en Colombia a trabajar por la paz y la fraternidad (Semana, 2017).

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