
Ana Bejarano Ricaurte
Nada de lo que hoy ocurre es novedoso, pero eso no amaina el nerviosismo. (Circula un meme en redes sociales: no se sentía tanta tensión en Colombia desde que Betty pasó el balance real en la junta de Ecomoda).
Hace poco celebramos los 80 años del maestro Daniel Samper Pizano y, para agradecer el agasajo, me regaló el libro Política y Periodismo de Tomás Rueda Vargas. En esa recopilación encontré la columna Entre dos fanatismos publicada en el periódico La Linterna del Calibán en 1911. “La intransigencia liberal no es en Colombia inferior a la intransigencia conservadora y, para terminar, observaba el escritor republicano [se refería a Alfonso Villegas Restrepo] que tanto valía ser teniente de un caudillo que en nombre de sus ideales políticos hubiera conducido media nación a la matanza, como serlo de otro caudillo que en nombre de los suyos reprimiera durante el alzamiento al contrario”, dijo el pensador bogotano. Esas, más otras reflexiones de la política colombiana de inicios del siglo pasado, se sintieron dolorosamente relevantes.
Tal vez son las redes sociales, u otro dispositivo de este capitalismo de la vigilancia, pero todo lo que aumenta el consumo de uñas mientras esperamos el pronunciamiento de las urnas ya pasó antes o en otro lugar.
Por supuesto, apareció en Colombia un candidato ultra que representa todas las cosas del neofascismo que amenaza con tomarse el orden político global. Un señor que hace alarde de que es un outsider de la mano de políticos corruptos y tradicionales; que jura perseguir las luchas igualitarias; que anuncia un gobierno con Biblia en mano y todas las cosas que esa receta para políticos de la ultra derecha promete en el mundo. Abelardo De la Espriella no se ha distanciado del guion que sirvió a otros verdugos de la institucionalidad, como ocurrió en Brasil, Argentina, El Salvador o Estados Unidos.
Con el fin de entronarse en la campaña, el candidato ultra, hizo uso de todas las estrategias digitales disponibles para enlodar a sus críticos, contendores, y, en general, para enturbiar el debate público de distintas maneras, mientras ello terminara beneficiándolo.
También empleó a su medio de comunicación consentido para difundir propaganda disfrazada de periodismo y para hostigar a su contendora en la derecha. En otras latitudes el esfuerzo mediático implicaba crear medios de comunicación hechizos y hacerlos pasar por informadores relevantes y verificados. En Colombia no fue necesario porque el Fox News de acá lleva en campaña desde hace por lo menos un año, y estos últimos días ha arreciado con una especial desvergüenza por su candidato neofascista.
La desinformación reinó (aunque hoy veremos nuevas y más poderosas manifestaciones) y la inteligencia artificial sirvió especialmente para vender mentiras y falsedades, así como para deformar a los críticos o competidores. La misoginia buscó silenciar a las feministas, o incluso a las candidatas que reniegan de ese movimiento, y recordó que este es un país de machotes, como el senador electo del abelardismo Alejandro Bermeo, acusado de violentar a su expareja. (Eso sí es un caso de extrema coherencia).
El candidato del Gobierno se apalancó en la no muy tímida campaña que adelantó el presidente a su favor, y se relamió en las mieles del aparato estatal para empujar sus banderas. Aprovechó también para recoger firmas para reescribir la constitución política; al fin y al cabo, ¿qué populismo de este siglo no ha vendido los problemas de la gente como consecuencia exclusiva de las ausencias o excesos de las normas?
En ese vaivén, el centro político se convirtió en una posibilidad inverosímil y aburrida, porque ¿quién quiere escuchar programas sobre políticas públicas cuando todo se puede reducir a emociones y clamores populares fabricados? Lo importante es que ninguna opción que llame a la mesura o ecuanimidad sea viable. Por eso era imprescindible negarle a la opinión pública los debates y conversaciones difíciles entre distintos: mejor todos encerrados en su propia cámara de eco.
Las encuestas distorsionaron las decisiones de muchos colombianos y los encuestadores siguen llamando mordaza a una ley que quiso ponerles reglas. Esto, mezclado con la moda de los sondeos en redes sociales, que muchos políticos hacen pasar por mediciones válidas, permiten concluir que la única certeza de hoy es que nadie sabe qué es verdad y qué es mentira.
Familias, amistades y empresas fracturadas por divisiones políticas y hastío frente a la cosa pública de un sector que piensa que, aunque todo esto parezca excepcional, es lo mismo de siempre. Que bajo el nuevo andamiaje digital subsiste la misma política con los mismos clanes y clientelismos que trabajan para el mejor postor sin distingo ideológico.
Qué cansancio este ciclo interminable. Todos ven el abismo en el contrario, y tal vez algo de razón tiene ese diagnóstico apocalíptico, porque de eso se trata ahora la democracia. Ahora y siempre, diría Tomás Rueda, mi tatarabuelo, otro despistado progresista de centro que no se hallaba en el escenario político de su tiempo. Uno que, a pesar de los disfraces, es el mismo de otros lados y también el mismo de siempre.

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