
Enrique Santos Calderón
En la recta final de la campaña electoral, los candidatos se quitan los guantes.
Desaparecen las apariencias. Afloran vísceras, temores ocultos, angustias y rencores reprimidos. En una contienda política cada vez más polarizada y tensa, los tonos se endurecen y las pretensiones de cordialidad son reemplazadas por el cuestionamiento frontal del adversario.
Paloma Valencia anuncia con vibrante vehemencia que con ella los colombianos van a conocer lo que es “la mano dura” de una mujer con pantalones. Y, en un arranque a lo mero macho, se burla de los “cobardes” escondidos tras chalecos antibalas y urnas blindadas. Al que le caiga el guante…
Sergio Fajardo pasa del reposado tono profesoral a uno de enérgica denuncia de los peligros que para la democracia representa un personaje como Abelardo de la Espriella y este, consciente de su apogeo mediático, pide disculpas por la grotesca referencia al tamaño de su mondá como atractivo electoral. Algo que podría ganarle votos en Cereté y alrededores, pero que lo pinta tal cual es.
“Decir que gana el voto femenino por lo grande que lo tiene habla únicamente de su pequeñez”, dijo, en su mejor salida hasta el momento, el vice de Paloma, Juan Daniel Oviedo, quien le recordó que no se trata de “la Colombia de quien tenga el miembro más grande, sino de una Colombia más grande”. Abelardo se había burlado de la homosexualidad de Oviedo y este le respondió en forma.
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A menos de quince días del primer encontronazo en las urnas, entre encuestas contradictorias y creciente beligerancia por las redes, se multiplican los puyazos y vainazos que se cruzan los aspirantes a la Presidencia. No sorprende y no es, por fortuna, la violencia verbal que incendió a Colombia en el pasado. Aunque siempre está la discusión sobre las formas. El “tonito”, como dicen los paisas.
Gustavo Petro lamenta la manera implacable como la oposición ha cuestionado su mandato (y ciertamente ha sido dura), pero —si de formas se trata— él no se queda atrás en cómo se refiere a figuras e instituciones que lo contradicen. Para la defensora del Pueblo, Iris Marín, “lo reprochable no es que el presidente disienta de una decisión”, sino que, con un estilo “agresivo y descalificador”, ejerce “una violencia simbólica con lenguaje político estigmatizante”.
En un país tan propenso a la violencia, es válida la inquietud sobre el efecto que todo esto puede tener sobre un panorama electoral en el que pululan los grupos armados. Pero sin caer en exagerados alarmismos. Las elecciones parlamentarias de marzo fueron totalmente pacíficas y confirman una tendencia alentadora. Pese a la compra de votos, la presión armada sobre muchas comunidades y otras aberraciones y corruptelas que aún corroen el proceso electoral, el país ha evolucionado mucho en este terreno.
Ahora enfrenta una prueba mayúscula. Una democracia donde pueden votar más de cuarenta millones de ciudadanos es algo serio. Y hacia dónde se inclinen los indecisos —más del veinte por ciento según sondeos— resulta crucial. Si es que votan, porque el abstencionismo sigue siendo enorme y el que logre atraerlo puede ganar.
Uno de los favoritos es Abelardo de la Espriella, a quien no conozco personalmente, pero debe ser un tipo con encanto personal, picardía costeña y un ego casi tan grande como su miembro viril. Asegura que su pasado profesional de abogado de paras y traquetos no compromete su futuro como presidente de la República, aunque abundan dudas al respecto. El caso actual de Alex Saab, su amigo y defendido, revive muchas de ellas.
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¿Abelardo es una alternativa de liderazgo firme o un salto al vacío lleno de interrogantes?, se pregunta con razón el diario La Libertad de Barranquilla. ¿Es un exponente natural de la “cultura traqueta” que hace décadas permea a este país, o el macho decidido que requiere una sociedad hastiada de la extorsión y el secuestro? ¿Es, como él se proclama, un blanco de las calumnias del establecimiento de “los de siempre”, o “un muñeco peligroso y más mentiroso que Pinocho”, como ironiza la columnista Carolina Sanín?
Podemos caricaturizar o especular, atacar a unos y defender a otros en los pocos días que quedan, pero lo clave es que se respete el proceso y que la gente que quiera hacerlo pueda votar sin amenazas ni sobornos. No es demasiado pedir en una de las democracias más antiguas del hemisferio.
P.S.1: Pésimo síntoma el ataque de vándalos encapuchados contra la sede de Paloma Valencia en Bogotá. La violencia política comienza por esta clase de desmanes, que deben ser reprimidos sin contemplaciones. Bolillo y policía es lo que a veces toca.
P.S.2: Como parece que mi pasada columna sobre el “voto útil” se prestó a confusiones, quiero reiterar que el próximo domingo votaré por Sergio Fajardo y, si no pasa a segunda, lo haré el 21 de junio por el “mal menor”, que no sería el candidato De la Espriella.

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