Los Danieles. La hija de María del Carmen

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

En los meses previos a la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 las universidades eran campos de batalla. De batalla ideológica, pero también de reclutamiento de juventud soñadora que pudiera ser seducida por la lucha armada. Una sinfonía de protestas, discursos, asambleas y todo tipo de conspiraciones estudiantiles que pedían un cambio de contrato social. 

Hacia finales de 1990 y durante el cierre de semestre, la Universidad Distrital de Bogotá no fue la excepción. En medio de las revueltas, la maestra María del Carmen, quien estudiaba su licenciatura para la básica primaria, corría embarazadísima para entregar su último final del semestre. Cuando salió del salón, con ojo de mamá águila divisó a su hija de segundo semestre de Biología aupando la pequeña revolución de esa tarde. La maestra, que estaba próxima a graduarse, cruzó otra vez corriendo la plaza de la universidad para advertirle que se acercaban policías armados. 

Un poco antes de esto ya se había enterado del activismo de su hija. A inicios del semestre le pidió a su mamá/maestra que le explicara algunas particularidades sobre el orden constitucional. Ella, fiel a su proceder, la sentó en la mesa del comedor y le enunció los temas que debía buscar en los libros de la biblioteca de la casa. Unos días después, cuando inició el proceso para elegir al representante estudiantil para la constituyente, mientras debatían los más reconocidos y curtidos en la política universitaria, el moderador anunció que también participaría una mujer y además joven estudiante de segundo semestre de Biología. 

María del Carmen era para ese entonces una normalista de la Escuela Distrital María Montessori. Desde 1972 perteneció a la carrera docente. Hija de dos liberales de trapo rojo que migraron de los municipios de Viani y Une en Cundinamarca, en donde las tías tenían que esconder a los rojos entre las hojas secas de los árboles para que no los mataran. 

“En este país tan injusto había que hacer algo; el estudio me hizo de izquierda”, explica la maestra. Esa lucha la vertió también en su trabajo como miembro de la Asociación Distrital de Trabajadoras y Trabajadores de la Educación y por esa vía de FECODE. “Amé el magisterio y me siento muy orgullosa de haber pertenecido al sindicato más fuerte de Colombia”, dice altiva. Hacía finales del siglo pasado, madre e hija presenciaron el genocidio de la UP en  el seno de su comunidad. La maestra retirada recuerda que a muchos maestros del sindicato también los asesinaron, cuando no los desaparecían. 

La petisa revoltosa de la distrital redirigió sus esfuerzos hacía el movimiento estudiantil de la Asamblea Nacional Constituyente. La profesora Catalina Botero, otra de las líderes de ese esfuerzo, recuerda el momento preciso en que se acercó a una de las mesas de inscripción: “Buenas, yo quiero hacer parte de esto”, dijo. Con esa misma determinación lideró protestas y apareció en medios de comunicación exigiendo, a los 18 años, que el presidente y el registrador les pararan bolas a los estudiantes. 

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Era inevitable que la joven precoz de la constituyente se sumiera en una carrera académica intensa: Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales en el Externado de Colombia, máster en Administración Pública y Política Urbana de la Universidad de Columbia, y doctorado en Ciencia Política en la Universidad de Northwestern. Cuando iba a graduarse de Columbia viajó a Bogotá para acompañar a su madre en el periplo hacia Nueva York. Ya en pleno vuelo le confesó que a ella le gustaban las mujeres. La maestra, católica ferviente y libre pensadora, vio la angustia en la cara de su hija y le dijo “este es mi problema, no el tuyo, tú eres perfecta tal y como te trajo Dios al mundo”. 

Años después, la investigadora se dedicó a develar los vínculos de los paramilitares con el poder en Colombia y de ahí el salto a la política electoral fue inevitable. En las tarimas se ubicó en el centro, aunque sus discursos y programas sean en su mayoría de izquierda tecnocrática. 

Como primera alcaldesa de Bogotá impulsó políticas públicas progresistas y feministas, como la de las manzanas del cuidado y la rolita. La pandemia del COVID-19 se atravesó para sacar a relucir otra faceta: en ocasiones soberbia y autoritaria, o con manifestaciones xenófobas en contra de la población venezolana. (Nada que no le pasen a cualquier machote de la izquierda sin problema). 

Los crímenes de lesa humanidad que se cometieron durante el paro ocurrieron también mientras Claudia era alcaldesa. Aunque inicialmente apoyó a los manifestantes tras el asesinato del abogado Javier Ordóñez, durante el estallido social asumió una postura conservadora que pedía reiteradamente el fin de las protestas y la protección de los bienes públicos y privados.   

La maestra, orgullosa ante todo de criar “críticos sociales”, la sentó varias veces durante la alcaldía (y siempre) en la sala de su casa en Engativá para regañarla y criticarla. “Ella me escucha en silencio y me pregunta por qué, como aprendió a hacerlo en esta casa”. 

Desde la Constituyente de 1991, Claudia además cuenta con amigas que la alertan con sinceridad sobre los delirios del poder, sobre sus errores comunicacionales, sobre las alianzas con algunos señores cuestionables de la politiquería. “Somos a prueba de fuego porque la vida nos unió por medio de las ideas y causas compartidas”, me dijo una de ellas. 

A la maestra le cambia la cara cuando habla de la reforma de Uribe a la educación en Colombia y cómo echó al traste con la formación de los maestros. Le pasa lo mismo cuando denuncia la politización de FECODE; de cómo se han plegado al gobierno y de las divisiones que ahora existen en el sindicato de maestros de Colombia. Cuenta que se encontró a un directivo y le dijo “saludes al presidente de FECODE: el presidente Petro”. 

Lo mismo le pasa a Claudia cuando habla sobre las desilusiones que siente tras el primer gobierno de izquierda. Para ella el matrimonio entre la corrupción y las viejas maneras de hacer política fue una traición imperdonable, así como la falta de método para impulsar los cambios sociales en los que ella también cree. 

El petrismo fervoroso no soportó las críticas que provenían de Claudia y emprendió contra ella una exitosa campaña digital para deformar su imagen y la de su esposa, la política de la casa: la senadora Angélica Lozano. Dice María del Carmen que la lealtad que comparten Angélica y Claudia es el regalo más grande: amar a una persona con la que también se hace equipo y proyecto de vida. Otro caso en el que la vida acercó a Claudia a mujeres progresistas y dedicadas a pensar en las desigualdades de su país. 

La respuesta virulenta del petrismo tal vez se explica porque la oposición torpe y extrema de la derecha hace crecer a la izquierda mesiánica del Pacto Histórico, pero la que proviene de su mismo sector ideológico evidencia con mucha contundencia sus costuras. Se ganaron además ataques falsos de cierta propaganda que intentan disfrazar por periodismo. 

Tras tres campañas juntas, doña María del Carmen Hernández sigue acompañando a su hija a volantear y a convencer votantes en las calles. Es excepcional cómo se funden la una en la otra. Basta ver fotos de la joven maestra y parece ser la misma que hoy es candidata a la presidencia. 

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Bogotá, 1980. Archivo personal

A los cuatro años perdió a su hermana de tres, quien cayó por una claraboya mientras jugaban en el techo de la casa. María del Carmen solo pudo seguir porque quedaba Claudia. Ellas se miran y se hablan como esas personas que se han salvado muchas veces. La candidata sabe que ella es en virtud de su madre; nada la conmueve como ella, nadie la aploma ni la llama a la reflexión como su mamá. 

María del Carmen se siente orgullosa de haber criado a una mujer incómoda como ella. Incomoda porque está dedicada a pensar e intentar “domesticar el poder y el abuso”, incluso si viene de sí misma o de la izquierda que la crío. Dos mujeres, como muchas otras, que se rehúsan a aceptar que unos señores en el poder autoricen quién puede ondear las banderas de la justicia social en Colombia.  

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Engativá, 22 de mayo de 2026
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