
Daniel Samper Pizano
“Hay que parar a Trump: es hora de decir no a los reyes”. ROBERT DE NIRO
Donald Trump no pierde el tiempo. En la misma semana puso en riesgo la seguridad del planeta, destrozó la estabilidad económica mundial, condenó al hambre a miles de personas que perderán sus cosechas por falta de insumos agrícolas y propició cientos de muertes en las guerras que ha sembrado.
Inconmovible, su partido, el Republicano, acaba de destinar más de mil millones de dólares a un salón de baile que se construye en la Casa Blanca y, lo que es más indignante, la plata saldrá de una partida destinada a la política de inmigración.
En otras palabras, el pretexto final para financiar el bailadero de Trump serán los inmigrantes latinoamericanos, que constituyen la casi totalidad de los que detienen, maltratan y expulsan las autoridades de Estados Unidos.
Es imposible seguir adelante sin explicar que la famosa y discreta ala oriental de la Casa Blanca, que tanto vimos en el cine y la televisión, ya no existe. La mandó demoler hace unos meses el inquilino actual, como si se tratara de su propiedad privada, pese a las protestas de arquitectos e historiadores. Hoy de ella solo queda un lote de 8.300 metros cuadrados donde el rey de Gringolandia levantará un comedor y bailadero para agasajar a sus amigos ricos. El nuevo anexo triplica su capacidad, que era de 300 invitados y ahora será de 900.
Resulta monumental la desproporción entre la Casa y la pista de perreo; es como si a un gato cojo le trasplantan una pata de hipopótamo. El gusto de la decoración —blanco níveo y dorado rechinante— recuerda a una narcomansión o un motel de carretera. Aunque el subterráneo albergará oficinas de seguridad y un refugio, la función principal del edificio es la de escenificar los vanidosos festejos con que el sultán neoyorquino se celebra a sí mismo y a los suyos.
Parece razonable, pues, que dos de cada tres ciudadanos estadounidenses se opongan a este pegote suntuario llamado a figurar en los anales del kitsch y el mañé, término que para otros latinoamericanos es sinónimo de mersa, grasa, siútico, naco, fresa… En fin, allá espera la delicada filigrana de sus pelucas color zanahoria, el arco del triunfo francés que se alzará Washington y la colosal estatua que presidirá su monumento cuando se vaya. Gustavo Petro, en prenda de amistad, bien podría obsequiarle una réplica dorada del Bolívar desnudo.
Como es habitual, alrededor del repelente personaje y sus hazañas se extiende una trinchera de mentiras, esa salsa en que sirve Trump los platos diarios que da a tragar a sus ingenuos seguidores.
La primera es que todo era gratis. “El país no lo pagará, lo pagaré yo”, advirtió en septiembre de 2025. Un mes más tarde amplió el filantrópico círculo: “El 100 % de la obra la pagaremos yo y unos amigos míos”.
En diciembre, febrero y marzo reiteró que no gastaría en el proyecto “ni un solo dólar de los contribuyentes”. Sin embargo, para entonces el presupuesto inicial de 200 millones de dólares había subido a más de 300.
En abril, so pretexto del reciente atentado fallido, tres congresistas conservadores hablaron de 400 millones y propusieron que los fondos provinieran del tesoro público, no de donaciones de los empresarios amiguitos del jefe. Este aplaudió la idea, que pasó de salón de baile a llamarse Proyecto de Modernización del Ala Este.
Finalmente, hace cinco días emergió un gigantesco mico en cierto proyecto de ley republicano. El gorila propone destinar mil millones de dólares a las obras de plataforma de bailoteo y algunas oficinas subterráneas. El monto global forma parte de una partida dedicada a la seguridad migratoria. De la chequera de Trump y las donaciones de sus amigos no se supo más. Pero el portavoz presidencial David Ingle habló por todos. “La Casa Blanca felicita al Congreso por su acierto al asignar estos fondos”.
Los congresistas demócratas criticaron que se destinen miles de dólares “a arrogantes y vanidosos” rumbódromos mientras avanza “la más cruel campaña de deportaciones”.
Las principales víctimas son los inmigrantes hispanoamericanos, sin los cuales no existirían muchos centros de desarrollo gringos. A fines de 2025 habían sido expulsados de Estados Unidos 200 mil latinos, y a 300 mil más se les impidió entrar al país. Entre otros, fueron expulsados 111 mil mexicanos y 6 mil colombianos. En cambio, solo fueron obligados a salir 120 suecos, 39 noruegos y 2 islandeses.
Es abominable que un solo personaje tenga el poder de decidir y deteriorar la vida de millones de personas inocentes —recuerden a Gaza—, a menudo poniendo conejo a las leyes nacionales e internacionales. ¿Se darán cuenta los votantes que eligen a Mister President, en su mayoría tipos rústicos y desinformados, del daño mundial que alcanzan las decisiones de su elegido? ¿Los granjeros de Indiana, que acaban de apoyar a los candidatos trumpistas, sabrán la repercusión que sus papeletas logran en el África o Suramérica? ¿Se les ha ocurrido que el alza de la gasolina dejó en tierra a miles de estudiantes que volaban en aerolíneas de bajo costo y no recuperarán lo que pagaron por sus billetes?
La hija de trece años y el marido de Francesca Albanese, relatora de la ONU, siendo norteamericanos, fueron castigados por el gobierno gringo y demandaron al presidente y tres ministros —entre ellos el inefable Marco Rubio— por imponer sanciones desproporcionadas. Si muchos de los ciudadanos del mundo que han sufrido injusticias y deterioro por cuenta de la administración Trump lo denunciaran, algunos electores quizás captarían la responsabilidad que les cabe en la debacle que sus gobernantes han armado.
No taxation without representation, proclamaban los padres de la revolución estadounidense (1775-1783): “Nada de impuestos sin representación política”. Más de dos siglos después, miles de millones de personas pagan en el mundo el gravamen de los yerros, abusos e injusticias del delirante enfermo que gobierna a Estados Unidos.
Y mientras millones de inocentes sufren, a Trump que le quiten lo bailao.

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