
Daniel Coronell
Muchos recordarán a Germán Vargas Lleras como un cascarrabias. Sus explosiones emocionales, el coscorrón y la caricatura que hicieron de él, terminaron consolidando esa imagen. No obstante, yo lo recuerdo, por lo contrario: era un hombre con gran sentido del humor, capaz de reírse de sí mismo y de encontrar la comedia en las situaciones más tristes o trágicas. Detrás de su rostro adusto había un especialista en sátira política, que disfrutaba burlándose del poder, el mismo poder que recorrió hasta el penúltimo escalón.
Lo conocí en 1989 poco antes del asesinato de Luis Carlos Galán, de quien fue muy cercano. Vargas tenía 27 años y fue una de las revelaciones de la época. Fue nombrado secretario general del Partido Liberal, un puesto reservado entonces para veteranos.
La nominación ocurrió en el Centro de Convenciones de Bogotá en la ceremonia de proclamación de César Gaviria como candidato único del liberalismo. La insignia roja que presidía el auditorio de pronto fue cubierta por una bandera de Colombia con la cara de Luis Carlos Galán que se desplegó, de manera estrepitosa, desde el techo. El expresidente Julio César Turbay, quien les entregaba las llaves del partido a las nuevas directivas, se asustó tanto con el estruendo, que se levantó de su silla y estuvo a punto de salir corriendo.
Recuerdo a Vargas Lleras riendo a carcajadas ante el sobresalto de Turbay. Desde esa época nos veíamos, de vez en cuando, en una relación de fuente-periodista que duró muchos años y en la que frecuentemente estábamos en desacuerdo. A pesar de eso, jamás cortó la comunicación.
Disfrutaba la hospitalidad del restaurante Pajares Salinas de Bogotá, el Hakkasan de Miami y sobre todo el Cipriani, un italiano donde nos vimos varias veces junto con Tata y Luz María.
De todos esos encuentros recuerdo uno especialmente. Ese día, Germán se había sometido a una radioterapia de alta precisión en un reconocido hospital de Florida. Estrenaban un equipo que reducía los efectos secundarios del tratamiento. Los médicos habían ratificado que el tumor que tenía era benigno y que lo más seguro es que sus ramificaciones pudieran eliminarse milimétricamente.
Estaba feliz y lleno de ánimo. Recordó las veces que había escapado de la muerte: un libro cargado con explosivos que le voló tres dedos en su oficina del Capitolio en el año 2002; un carro bomba que explotó a su paso en 2005 y cuya autoría siempre atribuyó al DAS; un accidente terrible en un crucero donde una ola lo arrastró y lo estrelló contra el fondo marino desprendiendo su cara del cráneo; un helicóptero que entró en emergencia en Sandoná, Nariño, que fue grabado mientras se precipitaba a tierra y justo cuando el piloto recuperó el control a unos metros de la tragedia.
- Con esta ya son cinco las veces que me he salvado. Todavía me quedan dos de las siete vidas del gato –sonrió mientras probaba un trago.
- Cuatro porque en Estados Unidos dicen que los gatos tienen nueve vidas –le contestó Tata.
- Claro, aquí todo es más caro –remató Germán.
Esta semana también murió Dean Lermen, mi mejor amigo y compañero de universidad. Él había quedado ciego en la adolescencia y dedicó su vida a que las personas con limitaciones físicas tuvieran oportunidades plenas. Fue un pionero de la audiodescripción de películas y televisión para personas ciegas. Impulsó la edición de obras de literatura universal y textos académicos en lenguaje Braille. Dueño de una cultura inmensa, era profesor universitario y una autoridad mundial en materia de educación incluyente. Es la persona con la que más he hablado en mi vida. Me hará falta siempre.
El tercer adiós es para un colega que no conocí. Mateo Pérez Rueda, de 23 años, director del medio El Confidente de Yarumal, Antioquia. Fue torturado y asesinado por hombres que han hecho parte del llamado frente 36 de las disidencias, al mando de alias Calarcá. El presidente Gustavo Petro afirma que el autor del homicidio es un disidente de las disidencias llamado Edison Chalá Torrejano, con quien no hay negociaciones. Sea como sea, las autoridades deben evitar que este crimen quede en la impunidad.

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