¿Quién prepara tu ensalada?

Ensalada. Foto cocinafacil.com

Por Jesús González Barcha, MD

Mary Tifoidea

Hice mi año rural, ese periodo en el que a uno como médico recién graduado lo mandan a ejercer donde más se necesita, en un pueblo de la Ciénaga de Zapayán. Era 1989. No había electricidad, no había acueducto, no había alcantarillado. Vivíamos, literalmente, en condiciones de higiene ambiental del siglo XVIII. Y fue ahí donde vi varios casos de fiebre tifoidea casi al mismo tiempo. Pacientes de familias distintas, con fiebre persistente, dolor abdominal, un deterioro lento pero claro. No tenía laboratorio para confirmar con cultivos, así que tuve que hacer lo que hoy suena casi romántico en la medicina: pensar clínicamente y conectar el contexto. 
La fiebre tifoidea necesita algo simple: agua contaminada, manos sin lavar, alimentos manipulados sin higiene. Es una enfermedad elegante en su forma de transmitirse y traicionera en su comportamiento. Puede tardar entre 7 y 14 días en dar síntomas, lo que permite que una persona infectada siga su vida normal mientras la bacteria ya está haciendo su trabajo. Y en algunos casos, incluso después de la infección, la persona puede seguir siendo portadora durante años, eliminando la bacteria sin saberlo. 
Hace un mes estaba en un restaurante con mi familia, y me encontré con una ensalada particularmente sabrosa, de esas que uno quiere repetir sin pensarlo dos veces. Y de repente, cosas del cerebro, me vino a la mente la historia de Mary la Tifosa. Mientras todos hablaban, yo, con el tenedor en la mano, pensé en algo que casi nunca pensamos cuando comemos fuera de casa: quién preparó ese plato, con qué agua se lavaron esos vegetales y qué historia invisible podía haber detrás de algo que solo parecía delicioso. 
Mary la Tifosa era una cocinera en Nueva York a principios del siglo XX. Nunca se sintió enferma, nunca tuvo los síntomas clásicos de la fiebre tifoidea, pero era portadora de Salmonella Typhi (la bacteria de esta historioa). Preparaba alimentos para familias y, sin saberlo al principio, fue responsable de múltiples brotes. Se estima que infectó al menos a 50 personas, algunas de las cuales murieron. El problema era invisible. No había tos, no había estornudos, no había señales evidentes. Solo comida… y una bacteria viajando silenciosamente de plato en plato.

La fiebre tifoidea no necesita grandes escenarios para propagarse. Se transmite por contaminación fecal a través de agua, alimentos o manos sucias. La bacteria entra, pasa al intestino, luego a la sangre, y puede afectar múltiples órganos. Tiene un período de incubación de una a dos semanas, lo que permite que la persona siga con su vida normal mientras ya está infectada. Y en un pequeño porcentaje de casos, entre el 1% y el 5%, la persona se convierte en portadora crónica. Es decir, puede seguir eliminando la bacteria durante años sin saberlo. Mary Mallon era uno de esos casos. Y lo más inquietante es que durante mucho tiempo no aceptó su condición. Para ella, la idea de ser peligrosa sin sentirse enferma simplemente no tenía sentido.

Por eso, la próxima vez que tengas enfrente una ensalada fresca, bien presentada, aparentemente perfecta… vale la pena hacer una pausa breve, casi incómoda. No para dejar de disfrutarla… sino para recordar algo simple: detrás de cada plato hay manos, hay agua y hay hábitos. Y en salud, esos pequeños detalles no son pequeños.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com

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