Ñapa: Avaro retrato de Judas (Boceto de Leonardo da Vinci)
Por Óscar Domínguez Giraldo
Como Jesús quería estar rodeado de gente libre de estrés, optó por unos pescadores para armar la banda de los doce.

Pedro (foto) fue el primer llamado. Al principio, solo le dictaba la pesca. Pero terminó enviándoles cartas sofisticadas a sus feligreses de Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. Inclusive escribió una bella carta que suelen utilizar poquísimos novios a la hora de contraer matrimonio. Sigue siendo más taquillero Pablo tal vez porque habla de “casarse o abrasarse”.
Pedro era durito de cerviz para aprender. Pero pescando rápido no se nota. Tal vez lo escogió Jesús porque era una caja de música, extrovertido. Un encanto de tipo. Parecía un testigo de Jehová.
Cuando Jesús andaba por el lago de Galilea vio a Pedro y a Andrés, su hermano. De una los pescó a los dos. «Yo os haré pescadores de hombres».
Este Pedro, nacido en Betsaida – aunque se la pasaba en Cafarnaum-, era casado.
Nadie supo si era buen marido o no. Parece que la iba mejor con la suegra. Le demostró su afecto cuando a ella se le subió la fiebre. Casi revienta el termómetro de arena. Pedro llamó a Jesús y sanseacabó.
Lucas (4,38) dice que el hijo del carpintero le curó la fiebre. Bien por Jesús que se gastaba una fina ironía: inició la revolución femenina a través de la suegra de Pedro, quien al principio hacía esta broma cuando se le iba la mano en vino: “¡Cómo creer en alguien que no sabe nadar y prefiere caminar sobre las olas!”.
Al principio, Pedro se llamaba Simón. Jesús lo rebautizó Pedro que quiere decir piedra. Menos mal todavía no se habían inventado los sicólogos: no habrían aceptado el cambio de nombre. Le habría podido crear complejos.
Pedro también era adivino. Según Mateo (16,16) una vez Jesús les preguntó a quemarropa quién creía que era él. Pedro respondió: «Tu eres el Mesías y el hijo de Dios vivo». Allí quedó con palanca para toda la vida.
Los amigotes de Jesús eran tres no más: Pedro, Santiago y Juan. Los demás eran los demás, como en la canción de salsa. La primera vez que lo acompañaron en exclusiva fue con motivo de la curación de la hija del jefe de la sinagoga. ¡A Jesús siempre lo persiguió el eterno femenino! Hasta le inventaron chisme con la Magdalena. Y le cayeron encima porque no condenó a la mujer que le dio estatus al adulterio.
Recordemos que esa fue la única vez que Jesús escribió. Lo hizo en el suelo, pero ni siquiera los sabuesos de National Geographic o de History Channel han podido averiguar lo que escribió.
Pena me da con los dueños de estos canales, pero yo sí lo averigüé: “Estos tipos tienen huevo”.
¿Y ante quién se transfiguró Jesús sino ante ellos tres? El terceto volvió a tener el privilegio de estar con el Maestro en la agonía de Getsemaní. Fue la única vez que Jesús sintió temor y angustia (Mc. 15, 33). Ese día, el Galileo tenía la moral a la altura del betún. De ñapa, los tres se le durmieron. Al fin los despertó para darles el noticionón de que Judas lo iba a entregar y les pidió que lo acompañaran.
Cuando prendieron a Jesús, «uno» sacó la espada y cortó oreja en Getsemaní, sin oír ningún aviso. Mateo y Marcos no identifican al tal «uno». Juan asegura que fue Pedro. Si lo dice Juan, “Garganta profunda” de Jesús, pónganle la firma.
Una vez prendido Jesús, Pedro lo siguió de lejitos, caminando raro, como los cojos como Antonio Navarro, para que no lo identifiquen. Pero una criada lo hizo quedar como un zapato. Pedro negó tres veces a su Maestro. A la tercera negativa, el gallo cantó por segunda vez. Jesús se lo había anticipado. El gallo sería sacrificado después para un tremendo sancocho “trifásico” (de tres carnes).
Parece que los suizos llegaron al adn de ese gallo para perfeccionar sus relojes, algunos de los cuales se retrasan un segundo cada mil años, así que este aplastateclas no vivirá lo suficiente para constatar lo de este segundo.
Siempre me llamó la atención el Pedro francote, echado pa’ delante, campechano, con cierto parecido al fallecido papa Francisco.
Se inventó un falso alzhéimer tempranero (falso positivo diríamos en tiempos del dueto Petro-Benedetti) cuando negó a Jesús. Le hacía siesta a un atardecer. Al final salió adelante y ahí tiene a la Iglesia marchando.
A Pedro no le gusta la Semana Santa porque desde el lunes le están recordando sus tres amnesias. Si por él fuera pasaría agachado la Semana Santa y aterrizaría en Pascua. O mejor, en las fiestas que en su nombre se celebran a finales de junio en varias ciudades del mundo. Pero sobre todo en Huila y Tolima.
Avaro retrato de Judas
(Ñapa)
Por estos días se me dispara la solidaridad con la madre de Judas, y con el ninguneado apóstol al que Leonardo da Vinci pinta en la Última Cena con la cara que uno quisiera para su mejor enemigo.

Judas Iscariote, apóstol de Jesús, en el dibujo de Leonardo da Vinci.
“Estoy segura de que mi hijo no traicionó a nadie porque amaba a los hombres de su raza…”, dice Ciborea por boca de Jalil Gibrán, el poeta del Líbano, y los poetas son mentirosos que suelen decir verdades como puños.
Agrega: “Era un hijo muy cariñoso; también era el único. Bebió la vida en este seno ya seco. Ensayó sus primeros pasos en este jardín, agarrado siempre a estas hoy temblorosas manos que en aquellos tiempos eran más frescas que las uvas del Líbano”.
El libre desarrollo de su personalidad o libre albedrío que llaman, apenas le alcanzó a Judas para ejecutar el libreto anticipado por los profetas, esos poetas al revés que andan dispersos en el antiguo testamento. Sin Judas, el nuevo testamento se iría de bruces.
Quizá da Vinci lo pintó feo (el del boceto) para justificar la obesa factura que le pasó a Ludovico Sforza, el cacao de Milán que le encargó la pintura. Como los pintores pecan y empatan Da Vinci también pintaría a la enigmática Monalisa.
El pensamiento del artista sobre su personaje está incluido en un bello libro, “Leonardo, el vuelo de la mente”. El autor, Charles Nicholl, inglés de profesión, lo dijo casi todo sobre el hijo de Catalina y Ser Piero. Aunque fue Albiera, su madrastra, quien crió al chiquitín. ¡Bravísimo, Albiera!
Ante el acoso para que terminara el cuadro, le explicó al paganini del Sforza que Judas “ha de ser pintado con un rostro que exprese toda su maldad”.
Y agregó con sevicia: “Así que desde hace un año, tal vez más, todos los días, por la mañana y por la tarde, acudo al Borghetto, donde hay la más baja e innoble ralea, gentes muchas de ellas depravadas y perversas, con la esperanza de encontrar un rostro de tan maligno personaje”.
Martín Scorsese, premio Príncipe de Asturias de las Artes 2018, en su película “La tentación de Cristo”, se suma al sanedrín de defensores de Iscariote y lo presenta como amigo del Galileo. Dios no ha rectificado al cineasta.
Rafael, un ocurrente hermano lego carmelita que recitaba la Biblia en múltiples tonos, defendía esta tesis: Judas se salvó por ser “un trabajador de la pasión” y “los trabajadores de la pasión no se pudieron condenar”.
Un retroactivo pálpito me dice que el hijo de Ciborea era un buen tipo; anticipado Sabina, era un anarquista que respetaba los cocuyos, los semáforos de la época.
Al final, Jesús y Judas se reconciliaron. Dios lo perdonó, “es su oficio”. “Os ruego – pide Ciborea a través del poeta del Líbano – que no me preguntéis nuevamente por mi hijo. Lo amé y lo amaré hasta el final de mis días”. (Líneas pasada por el taller de latonería)
