Los Danieles. Jugando a la guerrita

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

La del pasado 28 de febrero era una mañana aparentemente normal en la escuela primaria femenina de Shajareh Tayyiba en Minab, sur de Irán. Una multitud de niñas y maestros se había reunido para las clases habituales. Faltaba poco, sin embargo, para que el instituto donde estudiaban y jugaban las alumnas se convirtiera en un colosal cementerio. 

Todo ocurrió en cuestión de segundos. De repente pareció como si lloviera fuego del cielo. Un mortífero misil se precipitó sobre la escuela y su estallido produjo la destrucción de parte del edificio y la muerte de decenas de personas.

Con un sorpresivo golpe letal de los ejércitos de Estados Unidos e Israel había empezado otra guerra en la región, esta vez con Irán como objetivo. En el bombardeo murieron 168 alumnas y decenas más quedaron heridas. Muy pocas alcanzaron a saber qué estaba ocurriendo. También fallecieron catorce profesores. Según la sabiduría popular, la primera víctima de una guerra es la verdad. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, dio la orden de bombardear y muy pronto activó también una batería de mentiras. Su primera declaración acusó a Irán del asesinato de las menores. “Ya saben —dijo a la prensa—: estos iraníes son muy poco acertados con sus municiones. No tienen tino. Irán es el autor del atentado”.

Entonces entraron en acción la prensa y entidades defensoras de la paz. Algunos diarios europeos y estadounidenses acudieron a fuentes diversas, altas tecnologías de imágenes y consulta con especialistas, y demostraron que el autor de la agresión era el ejército notrteamericano y que el arma destructora había sido un cohete Tomahawk made in USA. La mentira continuó su espiral y se afirmó que podía tratarse de un proyectil robado y empleado por los iraníes para culpar a Washington. 

“Estados Unidos no mata niños y nunca ataca objetivos civiles”, declaró falazmente el secretario de Guerra (hasta hace poco, Defensa), Pete Hegseth, un sujeto deleznable que pohibió las fotografías en sus ruedas de prensa porque en ellas sale “desfavorecido”. Pero una investigación interna de las Fuerzas Armadas lo contradijo y aceptó que la responsabilidad era suya y se debía a un error por manejar datos obsoletos y elementos de comprobación inadecuados.

La CIA se había vuelto a equivocar. En 1999 ya había confundido un blanco en Belgrado con la embajada china. Sin la intervención de los periodistas y de científicos imparciales la historia les habría anotado el crimen a los propios iraníes. 

Tan cínica como la explicación de los mapas viejos es el propósito de la guerra de la que es cómplice, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, autor de la masacre de 73.136 gazatíes. Según Trump no hay que preocuparse, pues no se trata de una guerra. Es solo “una pequeña excursión para deshacernos de un mal elemento”. Estaba, pues, jugando al excursionista. Y jugando cobró las cabezas de varios sátrapas musulmanes que fueron reemplazados por satrapitas sucesores, como pasó en Venezuela y seguramente ocurrirá en Cuba.

Mientras tanto, el pasatiempo se salió de las manos del ogro anaranjado, y provoca daños y catástrofes que empeoran el planeta, trátese de aranceles, desmonte de normas protectoras de la naturaleza o agresión a otros países, como casi siempre que él interviene. Subieron los precios de los combustibles y de muchos alimentos; se paralizó, encareció o redujo el transporte marítimo y aéreo; más de media docena de países se ven directamente afectados por los proyectiles, desde los vecinos árabes y Turquía hasta la isla mediterránea de Chipre, que sufrió un ataque de dron que puso en guarda a la Unión Europea. 

La revista The Atlantic rememora que presidentes anteriores a Trump, concluyeron, al sopesar un posible ataque armado contra Irán, que era peligroso para la región y costoso para el orbe. Se producirían miles de muertos inocentes, el precio del petróleo subiría, la economía podría sufrir un frenazo inconveniente y el conflicto se expandiría a toda la región. Todos sus predecesores recomendaron otras soluciones. 

Hasta que llegó este megalómano volátil y dispuso la “pequeña excursión”. Solo después de iniciar la nueva guerra entiende que calculó mal la aventura y menospreció la respuesta iraní. El gasto militar pesa ya en el presupuesto del Pentágono: solo la munición de los primeros dos días le costó 5.600 millones de dólares. La agencia Reuters reveló hace dos días que la propia inteligencia gringa reconoce que cayó el mandamás iraní pero su régimen sigue incólume y embravecido. 

Nos queda mucho sufrimiento por cuenta de este enfermo cuya reelección desacredita la democracia como sistema electoral y a Estados Unidos como ejemplo del supuesto “mundo libre”. 

Ahí vienen los vices

La elección de candidatos a la vicepresidencia de Colombia es una alegre feria electoral, pero no propiamente tranquilizadora. 

Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo ofrecen un grave problema: detrás de ellos se proyecta la sombra ominosa de “Uribe, mi papá”. ¿Será, en consecuencia, el suegro del pobre Oviedo? 

La llave entre el guacamayesco Abelardo de la Espriella y un tipo discreto y conservador como José Manuel Restrepo es como a ver a santa Teresita del Niño Jesús haciendo strip-tease en una taberna de marineros. 

La escogencia de la líder indígena Aida Quilcué para la papeleta de Iván Cepeda no parece una decisión con el ojo puesto en el gobierno sino en las elecciones. Dios no lo quiera, pero ¿qué hacemos si fallece Iván?

Edna Cristina Bonilla, pareja electoral de Sergio Fajardo, fue sobresaliente secretaria distrital de Educación, pero hay poco tiempo para que los electores distingan (como se dice en Boyacá) su cara, nombre y trayectoria. 

Y sigue a estos dúos un etcétera que a duras penas titila en el radar electoral.

Sobre Revista Corrientes 5478 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com