
Óscar Domínguez
Octubre es un mes de buen agüero para mí. En su jurisdicción de tiempo acabo de cumplir 42 millones, 76 mil 800 minutos, 29 mil 220 días, 960 meses, ¡80años80! Ya casi pido perdón por “haber vivido demasiado”. Si muriera ahora sería el inquilino más aliviado del barrio de los acostados.
De mis primeros 80 años viví más de la mitad en Bogotá donde desembarqué en octubre de 1964 en busca del sueño bogotano con una muda de ropa y otros chiros robados a mi hermano mayor, Fray Ferruco. El azar que me rige escogió el mes de las brujas para destetarme de Medellín que me dio la patadita de la buena suerte. No fui profeta en mi tierra. En Bogotá , pero no se notó.
Me alojé en una casa de inquilinato del barrio 12 de octubre donde la casera creyó que “ese paisa maluco” y sus cuatro compinches sin papeles de identidad se iban a volar con la cuenta. Falso positivo.
En el Chapinero bogotano me esperaba mi alma gemela, el gourmet-gourmand paisa Álvaro Vasco, quien me invitó a compartir techo, pan y vino. Ah, y me consiguió chanfa de reportero, la joya de la corona del periodismo. Con ese oficio me he ganado la vida y para la vida. Me ha ido tan bien con ese destino, como lo llamaba mamá Genoveva, que nunca conseguí plata. La plata me la dieron en gente.

La instantánea de un «septimazo» en Bogotá de Gloria Duque y el columnista o «aplastateclas» como se autodenomina el autor.
Para redondear la faena también por los lados de Chapinero irrumpió Gloria, la mujer de mis sueños e insomnios quien me convirtió en taita de dos críos, me puso a ennietecer, y hace un mes largo me graduó de viudo para el resto de mi travesía. (En la foto, Gloria y yo dándonos un septimazo en el Parque Santander, en Bogotá) ). Hay mujeres que merecen enviudar primero. Es su caso. Tiene que estar en el Wallhalla de las mujeres imprescindibles. Sólo acepto la reencarnación si la incluye a ella. Tenemos previsto encontrarnos en el más allá, segundo piso ascensor. Para seguir hablando. O callando. (Por lo pronto repito el poema que le dedicó nuestra hija Andrea a su muerte: Mi río/mi mar/mi lago de líquido amniótico/mis raíces/mi árbol/mis hojas al viento/mis alas de mariposa/mis rayos de luz).
Este estoico activista del signo libra anda ligero de equipaje. No le tengo bronca a la vida. Nos llevamos bien. Nos damos el besito de las buenas noches. No nos pisamos las mangueras. La vida y yo vivimos y dejamos vivir al “otro”. Me alegra saber que la muerte es para toda la vida.
He procurado vivir de tal forma que cuando muera lo lamente hasta el dueño de la funeraria, como quería Mark Twain. Esa asignatura sigue pendiente.
