El valor de «don dinero»

La Pluma

Jaime Burgos Martínez*

En estos últimos días, he recordado una columna que escribió hace cuatro años la reconocida filóloga y escritora española Irene Vallejo, con el título de Vanidades de humo, en que reflexiona diciendo que desde épocas remotas se siente fascinación por los líderes arrogantes, seguros e inflexibles―encumbrados con coraza y convicción―, que dominan la escena pública y agitan el revuelo verbal, mientras se desconfía del pensamiento que matiza y duda. Sin embargo, en momentos de incertidumbre, se imponen el aplomo inalterable y las palabras rotundas. De hecho, cuando la reflexión queda excluida del debate, la especial capacidad para atraer o fascinar (carisma) se convierte en la perfecta cortina de humo: la clave está en darse muchos humos (arrogancia o soberbia que alguien muestra en sus actos). 

Estas meditaciones, aunque, en mi sentir, se quedaron cortas, parecen pensadas sobre la realidad que vive nuestra sociedad: el Gobierno nacional, desbarajustado, que quiere llevar a este país al fondo del precipicio, pues ya se encuentra a medio camino de él; la corrupción que campea en todos los niveles de las tres ramas del Poder Público y en otros sectores, ya que no se mueve un papel sin la intervención de ‘’don dinero’’ o el malhadado tráfico de influencias, y la incursión descarada de altos dignatarios del Estado en conductas punibles…ante la mirada distante de los ciudadanos y el contemplar impasible de la justicia.

De todos los males que padecemos en este país, a mi juicio, el peor es la falta de aplicación de la justicia; no hay justicia. Una administración de justicia lenta y agobiada por la congestión (la virtualidad, irónicamente, la ha vuelto más demorada y desvergonzada), no es justicia. Si no hay justicia, pregunto: ¿Cómo se puede combatir, entre otros, la inseguridad y la corrupción? De ahí que no exista sanción social. Por el contrario, se extienden abrazos hipócritas para quedar bien con los corruptos.

A mucha gente la he escuchado decir si la justicia se ha abstenido de actuar, de manera inexplicable, en casos de enriquecimiento ilícito, soborno y prevaricato, por ejemplo, que son tan patentes (de muchachos «prósperos» de la noche a la mañana, que hacen gala de grandeza económica y política durante o después del ejercicio de un cargo público, o de una contratación ilegal), ¿por qué motivos se va a censurar públicamente a determinado individuo?

 Quizá esa gente no lo hace ―pienso―, por miedo a ser aislada en una sociedad pervertida o viciada (por otros miembros zalameros o aduladores del futuro sancionado). Aunque la sanción social no es sustancial para la democracia, sí desempeña un cometido importante en su funcionamiento y estabilidad, sin restringir las libertades individuales: promueve la responsabilidad y el cumplimiento de las normas sociales y del ordenamiento jurídico, de vital trascendencia en la participación ciudadana, la representación y el respeto por los derechos humanos.

Por ello, ha de concebirse la justicia como principio moral, esencial, en una democracia, respetando la verdad, con el fin de garantizar la igualdad de oportunidades y el trato equitativo para todos los ciudadanos, puesto que, como bien se sabe, la libertad entre desiguales lleva a la injusticia; se necesita un poder judicial independiente, sin la grave e indebida intromisión de los otros dos poderes públicos y de los organismos de control, para la aplicación imparcial de la ley.

En algunas ocasiones, la opinión pública se entera de hechos transcritos de piezas judiciales o de situaciones administrativas, publicados por los medios de comunicación, en que, a la luz de interpretaciones jurídicas coherentes, se infiere, claramente, que la decisión será en un determinado sentido; pero, más adelante, ¡oh, sorpresa!, la resolución es contraria a lo que se piensa, y de lejos se ve la mano oculta de un tercero, que no pudo hacerse invisible. ¡Qué tristeza! 

Con todos estos disparates, venidos de la mano de los que ejercen autoridad y que hacen que el país se mueva en contravía, es oportuno recordarles ―para terminar― la cruda pero real sentencia de la célebre escritora francesa de principios del siglo pasado, Anaïs Nin: «No vemos jamás las cosas tal cual son, las vemos tal cual somos».

*Jaime Burgos Martínez 

Abogado, especialista en derechos administrativo y disciplinario.

Bogotá, D. C., agosto de 2025

Sobre Revista Corrientes 5473 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com